Los perros son nuestro vínculo con el paraíso.
No conocen la maldad, los celos ni el descontento.
Sentarse con un perro en la ladera de una colina
en una hermosa tarde es regresar al jardín de Edén,
donde no hacer nada no era aburrido: era estar en paz.
Milan Kundera
En los Alpes suizos, en el Sur y cerca de la
frontera con Italia, arriba y muy cerca de las nubes, a casi 2.500 metros de altura,
existe un refugio.
Está allí desde hace más de mil años. Ya
estaba por la época en que Roma conquistaba al mundo con sus legiones. Porque
detrás del paso guerrero de las águilas del Imperio, a pesar de los horrores
del combate y la dureza de las costumbres de aquellos tiempos, también marchó
la Ley, el Orden y la
Pax Romana. Y ya en aquella época, los hombres que
querían estar más cerca de los dioses que los demás levantaron en esas alturas
tan cercanas al cielo un templo a Júpiter.
Desde entonces el lugar ha sido un lugar bueno
consagrado a un Dios bueno. Porque Júpiter, aún siendo el dios de un pueblo
duro, guerrero y combativo, fue también
el dios de los jueces justos y los hombres leales que ese mismo pueblo supo
regalarle a la humanidad. De hecho, los romanos piadosos a Júpiter también lo
llamaban Iuppiter, Iovis o Diespiter, nombres todos que – al igual que
el Zeus de los antiguos griegos – se relacionan con la idea de lo luminoso, lo
brillante, lo resplandeciente. Siempre se supo que Júpiter era un dios del cielo.
Justamente por eso, para construir templos
en su honor se buscaban los lugares más elevados. La cima del Monte Albano, al
sur de la ciudad de Roma, estaba consagrada a
Jupiter Latiaris, la deidad
de los Hombres del Lacio, aquella confederación de 30 ciudades entre las que
Roma había comenzado su trayectoria como apenas una ciudad más entre todas las
otras. En Roma misma, la cumbre del Monte Capitolino estaba consagrada a él,
con su templo más antiguo y el símbolo del roble sagrado, o encina sagrada; también
presente en la tradición del Zeus de los griegos.
Por eso, también, uno de sus títulos más
antiguos es “Lucetius”, que significa “el portador de la Luz” y en el
lenguaje de los romanos giros tales como “sub Iove” – o “debajo de
Júpiter” –significaban algo así como “a cielo abierto”. Por lo tanto, no es de
extrañar que este dios bueno fuera también el custodio de muchas otras cosas
buenas. En Roma se lo consideraba el guardián de la conciencia, de la fidelidad,
del recto accionar y del sentido de las obligaciones. Fue el dios de la palabra
empeñada, el dios en cuyo nombre se concertaban acuerdos, alianzas y tratados.
Sus sacerdotes celebraban la más antigua y más sagrada forma de matrimonio: la confarreatio. La Eneida de Virgilio todavía nos sigue relatando a
Júpiter como el buen dios protector que mantiene a los héroes en el sendero del
cumplimiento del Deber para con Dios, la sociedad y la familia. Eso que los
antiguos romanos llamaban “
pietas” y que los herederos de esa misma tradición
hoy llaman Piedad. No en vano de la palabra “
Iovis” tenemos hoy la palabra
“jovial”; y no en vano tampoco el antiguo Zeus griego devino con el tiempo en
el
Deus romano, de dónde hoy tenemos la palabra más sagrada de todas:
Dios.
Así, tampoco resulta sorprendente que en las alturas de
los Alpes, custodiando y protegiendo el camino obligado de los viajeros que cruzaban
esas imponentes montañas por el paso que une lo que hoy es Italia y Suiza, los
romanos piadosos llamasen Montis Jovis a una de las cumbres más altas de
la región y construyesen allí un templo en honor a Júpiter.
Pero las
cosas que construyen los seres humanos a veces tienen destinos extraños. Nada
de lo que construimos con las manos es eterno, aún cuando durante muchos siglos
– cuando todavía no se habían inventado las cosas descartables – muchos grandes
constructores trataron de hacer obras con la mirada puesta en la Eternidad. Aún
los constructores de lo perdurable, de haber vivido lo suficiente, habrían
llegado a ver las ruinas que hoy desentierran los arqueólogos. Quizás porque lo
que construimos con las manos, por más perfecto y duradero que pretendamos
hacerlo, al final no es más que un recipiente. Algo que sirve para contener lo
esencial; algo así como una corteza o caparazón dentro de la cual podemos
encerrar y custodiar lo eterno. Al menos por un tiempo. Y pasado ese tiempo, la
estructura exterior, la caparazón, se cae; y sólo queda lo esencial – si es que
había dentro de ella algo realmente esencial que mereciera perdurar.
Los
romanos pasaron. El Imperio que construyeron se fue desmoronando. En las
nevadas cumbres de los Alpes, con el correr de los siglos, el templo del dios
bueno construido para proteger a los viajeros también se fue derrumbando. Al
final, sólo quedaron sus ruinas desafiando las tormentas de nieve, los aludes y
las avalanchas; tan frecuentes por ese paso entre las montañas y probablemente
uno de los motivos prácticos principales que también impulsaron la construcción
del refugio-templo.
De algún
modo, sin embargo, el lugar siguió siendo sagrado. Bajo los reyes sucesores de
Carlomagno – ese gran soberano, coronado Emperador del Sacro Imperio Romano por
el Papa León III en la noche de Navidad del año 800 y a quien los franceses recuerdan
como Charlemagne y los alemanes como Karl der Grosse – unos monjes piadosos
mantuvieron el lugar. El Montis Jovis de los romanos de alguna forma se
afrancesó un poco, con lo que pasó a ser conocido entre los hombres como el
monasterio de Mont-Joux.
Pero los
años siguieron transcurriendo, no sin dejar su marca y su rastro en el viejo
refugio. Hacia el sigo XI el lugar necesitaba, otra vez, una restauración. Y
fue entonces cuando un sacerdote conocido como Bernardo de Menthon, arcediano de la ciudad
italiana de Aosta, decidió darle nueva vida al viejo refugio para proteger a
los viajeros, brindarles alimento, alojamiento, y calor, con todo el cariño y
la dedicación de que son capaces los buenos cristianos, pero también con toda
la vocación de servicio de los continuadores de la Tradición de la Piedad
heredada de los Muy Antiguos.
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| San Bernardo de Menthon arcediano de Aosta |
Porque
desde San Bernardo de Menthon, el refugio
no solamente brindó amparo y albergue a peregrinos y viajeros. Siguiendo la
voluntad y la consigna de Bernardo, los monjes agustinos también oficiaron de
guías y de activos participantes en operaciones de rescate. La zona de ese paso
por los Alpes se halla cubierta de nieve y hielo durante nueve meses al año.
Las tormentas son furiosas y frecuentes. Las avalanchas de nieve, un fenómeno
casi habitual. Al principio, un monje descendía acompañando a los viajeros
todos los días hasta Bourg Saint Peter y volvía hacia el atardecer con otro contingente
mientras uno de sus compañeros hacía lo mismo en el lado italiano. Cuando los
viajeros se perdían en la tormenta, con peligro de morir congelados, los monjes
iban en su rescate.

Hay
muchas historias al respecto. Historias que demuestran algo que varios pensadores
y filósofos se han resistido tercamente a admitir: a los seres humanos no
siempre nos guía el provecho propio. No siempre actuamos según nuestra mejor
conveniencia. No todo lo que hacemos es el producto de un cálculo de costos y beneficios.
Muchas veces, muchas personas son capaces de abrir las manos para dar. Sin
pedir nada a cambio. El egoísmo y la codicia existen y pueden ser poderosas
motivaciones para muchas cosas. Pero también existen la bondad, el cariño, la
vocación de servicio, las ganas de hacer las cosas bien y de hacerlas por los
demás. Para ayudar, para poner el hombro, para colaborar, para sostener, para
proteger. Para cumplir con el mandato de la Piedad.
Bernardo
de Menthon se reunió con su Padre Celestial, de quien tan cerca había estado en
las altas cumbres de los Alpes, en el mes de junio de 1081. Un siglo más tarde,
el culto a su memoria se había extendido por Suiza, Italia y Francia. En 1681
fue santificado y desde entonces es el santo patrono de los habitantes de los
Alpes, los escaladores y los esquiadores. Hoy, el refugio subsiste y lleva su
nombre: es el Gran San Bernardo y puede ser visitado – y de hecho lo es – por miles
de turistas.
Pero la
historia no termina aquí. Por un lado, la congregación creada por San Bernardo
se ha diseminado por las montañas del mundo entero, estableciendo misiones en
Asia Central, en el Tibet, en Birmania y hasta en China. Por el otro lado, al
menos desde fines del Siglo XVII, los monjes comenzaron a usar perros. Desde
1750 en adelante los fueron adiestrando especialmente para operaciones de
rescate. Conocidos al principio como “mastines alpinos”, desde 1862 se los llama “sanbernardos” o
“sanbernardinos” y existen sinnúmero de leyendas y de pinturas que los retratan.

Son unos
animales estupendos. Enormes. Fuertes. Resistentes. Confiables. De carácter
cariñoso y amable, pero de corazón sólido y firme como una roca. De pelo blanco
y grandes manchas marrones. Hay muchos cuadros que los retratan con el
tradicional barrilito colgando del cuello en dónde llevan un poco de aguardiente
para calentar el espíritu de los expuestos a morir de frío. Hace unos 230 años
atrás, el escritor inglés Oliver Goldsmith ya los describía como:
“
... excepcionalmente
inteligentes, de noble estirpe y sorprendentes... provistos de una inteligencia
fuera de lo común. Con un olfato fantásticamente agudo, son capaces de
descubrir a un hombre cubierto por 3 y hasta 6 metros de nieve. Muchas veces
han salvado la vida de pobres peregrinos”.
Y es
cierto: registros de casi doscientos años de antigüedad nos cuentan que los
monjes de San Bernardo y sus perros han rescatado a más de dos mil personas. ¿A
cambio de qué? Mezquina pregunta. A cambio de nada. El hospicio de San Bernardo
en los Alpes suizos existe hasta el día de hoy; pero no es un hotel de cinco
estrellas. Es apenas un severo y sobrio edificio levantado como un monumento a
la bondad de la que es capaz el ser humano aún en medio de un mundo que muchas
veces parecería haberse vuelto completamente loco de codicia, egoísmo y ambiciones.
A pesar
de que hoy los peregrinos y caminantes han sido reemplazados por turistas que recorren
el milenario sendero del paso – ahora asfaltado – en veloces y brillantes
automóviles, la misión de los discípulos del Dios bueno no ha cambiado. Sigue
siendo la misma de siempre: servir. Hacer el bien. Ayudar. Dar una mano. Poner
el hombro. Salvar vidas. Y todo eso a cambio de nada materialmente relevante.
Todo eso sólo a cambio de una simple palabra de agradecimiento. A cambio de una
sonrisa, un abrazo y un emocionado “gracias”. A cambio de ese extraño calor que
sentimos en el pecho cuando sabemos que hemos hecho algo noble. Algo bueno.
Algo que valía la pena hacer.
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Estatua de San Bernardo en las afueras del Hospicio |