jueves, 3 de septiembre de 2026

HITLER, STALIN Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Denes Martos

Los alemanes lo saben todo sobre la guerra;
excepto como ganarla.
William Ebenstein.[1]

"Camarada, la guerra es siempre  una tragedia;
pero, como se sabe, la tragedia más grande de todas
es perderla.

Joseph Goebbels [2]

Dedicatoria
A los verdaderos héroes de la Segunda Guerra Mundial:
los soldados rasos rusos y alemanes.
Otto Skorzeny [3]

 Sobre la Segunda Guerra Mundial, como sobre la mayoría de todas las guerras, existen al menos dos relatos: el de los vencedores y el de los vencidos. A veces la Historia se completa con un tercer relato: el que escriben después de varios años los investigadores serios a quienes no les importan los argumentos de unos y otros porque están interesados únicamente en descubrir la verdad.

A estos terceros a veces se los llama "revisionistas" y una de las grandes ironías de la Historia es que, por regla general, terminan odiados por todos.

Es que a nadie "le conviene" la verdad, por regla general. A los vencedores no les conviene porque la verdad expone sus propios crímenes que muchísimas veces son los mismos – o casi los mismos, o hasta peores – que los de quienes figuran como vencidos. Y a éstos tampoco les conviene porque la verdad rara vez les permite seguir sosteniendo la imagen de pobres víctimas. De todos modos y como figura en la cita al comienzo, la guerra es siempre una tragedia pero la tragedia más grande de todas es perderla.

La Segunda Guerra Mundial no es una excepción. La Historia oficial ha dividido prolijamente a los Buenos de los Malos. Ha establecido, de manera supuestamente definitiva, quienes tuvieron razón y quienes estuvieron equivocados; quienes merecieron ganar y quienes solo merecieron la horca y el oprobio. La Historia ortodoxa y catedrática se estableció con una férrea voluntad de tener la palabra final y definitiva. Pero hoy, a más de 80 años de finalizada esa guerra, ese relato oficial, terminante y único, ya tiene tantos agujeros que amenaza con resquebrajarse y colapsar.

Son demasiados los hechos disputables, fáctica, ideológica y moralmente, que sencillamente no encajan en el relato oficial. Aquí nos limitaremos a poner en perspectiva solo uno de dichos datos: la relación de la Alemania de Hitler con la Rusia Soviética de Stalin.

La perspectiva de Hitler

La versión oficial de la guerra en el Este contra la URSS sostiene que después de firmar el Pacto Ribbentrop-Molotov (23 de agosto de 1939) Hitler y Stalin fueron aliados hasta que, dos años después – en junio de 1941 – Hitler traicionó el acuerdo y atacó a la URSS por sorpresa.

El revisionismo histórico desmanteló esta hipótesis. El análisis de los documentos existentes, – especialmente algunos de los que se hicieron públicos después del derrumbe soviético en 1991 –  concluye que ni Hitler ni Stalin buscaban la paz entre 1939 y 1941. En realidad, lo que ambos buscaban fue comprar tiempo.

Hitler quería evitar a toda costa una guerra en dos frentes  como el que había tenido Alemania durante la Primera Guerra Mundial. A su vez, está comprobado que Stalin esperaba que las potencias capitalistas occidentales (Francia, Gran Bretaña y Alemania) se desgastaran mutuamente lo suficiente como para convertir a Europa entera en un bocado fácil.

Por de pronto, Hitler no se hizo nunca muchas ilusiones respecto de la Unión Soviética. Gran parte de su lucha por el poder entre 1921 y 1933 consistió en un enfrentamiento constante con los comunistas y hay razones bastante sólidas para afirmar que el anticomunismo de los nacionalsocialistas fue uno de los factores decisivos que les permitió conquistar simpatías, ganar elecciones y llegar al poder. En amplios círculos alemanes la sola idea de una posibilidad de caer en una dominación soviética producía terror.

Consecuentemente, la batalla de "nazis" y "sozis" [4] durante los años de la lucha por el poder fue sangrienta y, en ocasiones, mortal.  No es ninguna casualidad que Horst Wessel, nada menos que el autor de la marcha oficial del NSDAP (Die Fahne Hoch - La bandera en alto) fuera asesinado por dos comunistas. Y no era para sorprenderse. Lenin había sido muy claro en sostener su tesis de que el éxito de la Revolución Bolchevique no dependía de Rusia sino de la conquista de Alemania. Lenin en su informe político del Comité Central, el 7 de Marzo 1918 al Séptimo Congreso Extraordinario del Partido Comunista Ruso expresó:

"Es una lección, porque es una verdad absoluta, que sin una revolución alemana estamos perdidos (...). En todo caso, bajo todas las circunstancias concebibles, si la revolución alemana no se produce, estamos perdidos." [5]

Y  antes de eso, en una conversación con G. Solomon había aclarado que su objetivo en Rusia era solo una etapa porque:

(…) no se trata de Rusia en absoluto. Rusia me importa un pito. Es solo una fase por la cual tenemos que pasar en nuestro camino hacia la revolución mundial". [6]

Y no solo Lenin pensaba así. Trotsky apoyaba exactamente la misma estrategia y eso constituyó uno de los principales motivos que lo enfrentó con Stalin quien, luego de la muerte de Lenin, comenzó a imponer su visión del "socialismo en un solo país" como estrategia de inicio para luego, contando con el poder de una Rusia desarrollada, fortalecida y convenientemente armada, avanzar sobre Europa y, dado el caso, sobre el resto del mundo.

El hecho es que la inteligencia militar alemana conocía perfectamente esta situación y Hitler, quien durante sus primeros años de lucha política había estado muy cerca del aparato de inteligencia del ejército, la conocía también y no se hacía ninguna ilusión con los comunistas. Sabía que una colisión entre una Alemania nacionalsocialista y una Rusia bolchevique era absolutamente inevitable a la corta o a la larga.

El Pacto Ribbentrop-Molotov no fue ningún acuerdo entre potencias deseosas de fortalecerse promoviendo intereses compartidos. Fue una jugada de póker político entre dos estados apostando a ver quién engañaba al otro con mayor ventaja.

La invasión de Polonia

Aparte de todos estos datos hay un hecho al inicio mismo de la guerra que necesariamente debió haber llamado la atención de Hitler y su Estado Mayor.  

Como se sabe, los alemanes cruzan la frontera occidental de Polonia el 1º de Septiembre de 1939. Lo que pocas veces se menciona es que los bolcheviques rusos la invaden cruzando su frontera oriental el 17 de Septiembre, apenas unos 16 días después. Cuando ambos ejércitos se encuentran no solamente no hay ni siquiera una escaramuza entre ellos sino que hasta organizaron un desfile conjunto en la localidad de Brest-Litovsk el 22 de Septiembre de 1939 para sellar la victoria.

No obstante, lo curioso de esto no es tanto la sincronización de ambos ejércitos y el nunca mencionado desfile. Lo que llama la atención es que Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania el 3 de Setiembre de 1939 – es decir apenas dos días después de la invasión alemana – pero se abstuvieron de hacer lo mismo con Rusia después del 17 de Septiembre a pesar de que Alemania y Rusia eran – al menos según los papeles – aliados en ese momento.  

Si Hitler necesitaba una confirmación de que Stalin no era de confiar, la no-condena a Rusia por haber hecho exactamente lo mismo que Alemania le brindó una certeza absoluta: la guerra contra Rusia no solo era inevitable; en algún momento incluso se haría necesaria.


La perspectiva de Stalin

Stalin asumía que la guerra en el oeste sería una larga repetición de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Cuando Polonia cayó en 5 semanas en 1939, Francia cayó en apenas seis en 1940 y los ingleses tuvieron que abandonar el continente europeo en Dunkerke, el jefe soviético se dio cuenta, demasiado tarde, de que había ayudado a crear un monstruo militar muy poderoso que ahora podía apuntar directamente hacia Moscú.

El rompehielos

"El Rompehielos" (Ledokol, 1989) de Viktor Suvorov [7]  es considerado uno de los libros más polémicos, disruptivos y comercialmente exitosos de la historiografía de la Segunda Guerra Mundial.

La obra inauguró la llamada "controversia de Suvorov" al plantear una tesis radicalmente revisionista sobre los orígenes del conflicto en el Frente Oriental.

La hipótesis de Suvorov sostiene que Stalin planeaba invadir Alemania y conquistar toda Europa Occidental en el verano de 1941, tentativamente en julio, bajo la operación encubierta Tormenta.

Según el autor, Stalin utilizó deliberadamente a Alemania como un "rompehielos" de la revolución comunista. Su plan consistía en dejar que Hitler destruyera las potencias occidentales y debilitara a Europa, para luego lanzar una invasión masiva desde el este y presentarse como el "liberador" del continente. Siguiendo esta lógica, la Operación Barbarroja de Hitler el 22 de junio de 1941 no fue una agresión imperialista arbitraria, sino un ataque preventivo de último minuto que se anticipó por pocas semanas a la ofensiva soviética.

Para defender su postura, Suvorov analiza datos técnicos del Ejército Rojo recopilados antes de la apertura de los archivos oficiales postsoviéticos pero muchos de los cuales fueron confirmados luego de 1991, especialmente la manipulación de la realidad por parte del periodismo soviético que veremos más adelante.

Suvorov destaca que las tropas soviéticas estaban acumuladas directamente en las fronteras, sin fortificaciones defensivas profundas, con los puestos de mando expuestos al fuego de artillería inicial y sin preparación para pasar el invierno en territorio propio.

Señala el desarrollo masivo de los tanques de la serie BT diseñados para altas velocidades en autopistas pavimentadas como las de Alemania, pero inútiles en los caminos de tierra de la URSS, y la existencia de un millón de paracaidistas entrenados, una fuerza puramente ofensiva.

Dos discursos de Stalin

Otro elemento de juicio que aporta Suvorov son algunos discursos de Stalin y la forma en que fueron tratados por el régimen. De hecho, el análisis de los discursos reales de Stalin en 1939 y 1941 es crucial para entender la geopolítica soviética previa a la invasión alemana, ya que ilustran la evolución de su estrategia: de un pragmatismo cínico que buscaba el desgaste de Occidente, a la preparación contrarreloj para una guerra inevitable.

Existen dos discursos clave — uno controvertido y otro secreto pero confirmado — que definen este periodo.

Cuatro días antes de firmar el Pacto Ribbentrop-Molotov, Stalin presuntamente pronunció un discurso secreto ante los miembros del Politburó. Se trata del polémico discurso del 19 de agosto de 1939. Su autenticidad sigue siendo objeto de debate académico. Fue descubierto en los archivos franceses en la década de 1990 y, aunque el Kremlin siempre lo tildó de falsificación, muchos historiadores revisionistas argumentan que refleja fielmente las intenciones reales de Stalin.

"Si firmamos un tratado con Francia y Gran Bretaña, Alemania renunciará a Polonia y buscará un modus vivendi con las potencias occidentales. La guerra se evitará... pero las cosas serían peligrosas para la URSS.
Si aceptamos la propuesta alemana de un pacto de no agresión, Alemania invadirá Polonia y la intervención de Francia e Inglaterra será un hecho. Europa Occidental sufrirá graves desórdenes. En estas condiciones tendremos muchas posibilidades de mantenernos al margen del conflicto y podremos entrar en la guerra cuando nos sea ventajoso"
. [8]

Stalin veía la guerra europea como una oportunidad dorada. Su objetivo no era salvar la paz, sino provocar un conflicto prolongado entre las potencias capitalistas y fascistas. Una vez que ambas partes estuvieran completamente agotadas, la URSS podría intervenir para expandir el sistema comunista por todo el continente.

El discurso secreto del 5 de mayo de 1941 (ante graduados de la Academia Militar) es, a diferencia del anterior, 100% oficial y documentado, aunque se mantuvo bajo estricto secreto en la URSS durante décadas. Stalin habló ante más de 2,000 graduados del Ejército Rojo en el Gran Palacio del Kremlin. [9]

En ese discurso Stalin rompe drásticamente con la propaganda oficial que desde 1939 pintaba a Alemania como una nación amiga. Admitió abiertamente que la guerra con el Tercer Reich era inminente. Tras las rápidas victorias alemanas en Francia y los Balcanes, el Ejército Rojo estaba aterrorizado. Stalin dedicó gran parte del discurso a desinflar el mito de la "invencibilidad nazi", argumentando que Alemania estaba exhausta, que su economía dependía del saqueo y que sus tácticas ya eran predecibles.

"Hasta ahora hemos llevado a cabo una política exterior pacífica y defensiva... Pero ahora que hemos reconstruido nuestro ejército, lo hemos equipado con tecnología moderna para el combate y nos hemos vuelto fuertes, debemos pasar de la defensa a la ofensiva. Al asegurar la defensa de nuestro país, estamos obligados a actuar de manera ofensiva. Debemos pasar de una política defensiva a una política militar ofensiva". [10]

La lectura objetiva de estos discursos demuestra el crudo realismo de Stalin.

En 1939 su prioridad era el aislamiento geopolítico. Utilizó el pacto con Hitler para ganar territorio protector (Polonia oriental, el Báltico) y desviar la agresión alemana hacia el oeste.

En 1941, al ver que Francia cayó demasiado rápido y que Hitler acumulaba tropas en la frontera, Stalin entendió que su plan de "desgaste mutuo en Occidente" había fracasado. El discurso de mayo no revela un plan detallado para invadir Europa ese verano, sino una reorientación psicológica desesperada dirigida a sus generales. Intentaba convencerlos de que, cuando la guerra estallara, la única forma de salvar a la Unión Soviética sería mediante la ofensiva militar directa, renunciando a la doctrina de la retirada.

El manejo de la propaganda oficial soviética en el periódico Pravda [11] tras el discurso secreto del 5 de mayo de 1941 es uno de los ejercicios de censura y equilibrismo político más fascinantes de la preguerra en Rusia. Muestra la enorme desconexión que existía entre las advertencias internas que Stalin daba a sus generales y el pánico del Kremlin a provocar a Hitler.

Aunque el discurso del 5 de mayo ante los graduados militares fue un punto de inflexión donde Stalin afirmó que la guerra con Alemania era inevitable y que el Ejército Rojo debía volverse ofensivo, nada de esto se publicó en el Pravda. Al día siguiente, el 6 de mayo de 1941, Pravda publicó una reseña extremadamente breve y genérica en su portada. Solo se mencionaba que Stalin había asistido a la graduación de la academia militar y que había pronunciado un discurso sobre la "importancia de la formación de los cuadros militares" y el fortalecimiento de la disciplina. Stalin sabía que la red de espionaje alemana informaría de inmediato a Berlín si el periódico oficial soviético adoptaba un tono hostil o anunciaba una doctrina ofensiva.

Pero el ejemplo más extremo de la línea editorial del Pravda ocurrió apenas ocho días antes de la invasión nazi. El 14 de junio de 1941, el periódico publicó en primera plana un comunicado oficial de la agencia de noticias del Estado (TASS). Este texto es considerado la cumbre del apaciguamiento propagandístico soviético.

Por de pronto, el Pravda directamente negó la guerra. El comunicado tachaba de "rumores absurdos y provocaciones de las potencias capitalistas occidentales (Gran Bretaña)" las informaciones que apuntaban a una guerra inminente entre la URSS y Alemania. Además el texto afirmaba textualmente que "Alemania está cumpliendo de manera tan estricta las condiciones del Pacto de No Agresión Germano-Soviético como la propia Unión Soviética", y que el movimiento de tropas alemanas hacia el este no tenía nada que ver con las relaciones soviético-alemanas.

Stalin ordenó publicar esto en el Pravda como un mensaje directo a Hitler, intentando forzar un canal de negociación diplomática de último minuto.

Durante las semanas posteriores al discurso de mayo y hasta el 22 de junio, el Pravda mantuvo una dualidad desconcertante para la población soviética. Se ensalzaba la amistad con Alemania. Se publicaban fotos de trenes de mercancías soviéticos cruzando la frontera con grano para el Tercer Reich y se criticaba duramente el "imperialismo británico". Pero en el plano interno y entrelíneas, aunque no se mencionaba a Alemania como enemiga, el Pravda incrementó de forma masiva los artículos sobre la "preparación para la defensa de la patria", el heroísmo histórico del pueblo ruso frente a invasores extranjeros y llamamientos sutiles a la vigilancia fronteriza.

El 22 de junio de 1941 el relato colapsó. La estrategia de desinformación masiva en los medios oficiales tuvo consecuencias catastróficas. Al prohibir al Pravda preparar psicológicamente a la población y a las tropas para una agresión alemana inminente, el Kremlin provocó que el estallido de la Operación Barbarroja tomara por sorpresa absoluta a millones de ciudadanos y soldados.

La mañana del 22 de junio de 1941, cuando las acciones bélicas ya se habían desencadenado, las imprentas del Pravda todavía distribuían periódicos que hablaban de la sólida paz y cooperación económica con el Tercer Reich. El periódico tuvo que ser reestructurado de urgencia en cuestión de horas para pasar, ahora sí de forma abierta, a la invocación de la "Gran Guerra Patria" como imagen convocadora para la defensa patriótica de Rusia.

Esa "Gran Guerra Patria" es lo que la Federación Rusa reivindica al día de hoy como la gran victoria rusa (y no necesariamente soviética) en la Segunda Guerra Mundial y es a lo que Vladimir Putin se refiere cuando dice que "Los que no añoran a la Unión Soviética no tienen corazón... pero los que quisieran reconstruirla no tienen cerebro".  

Conclusión

El fin es sabido. Alemania perdió la guerra por toda una serie de razones que exceden y por mucho el marco de esta nota; pero no la perdió por una estrategia equivocada de su máximo líder.  Hitler supo muy bien lo que hacía y no se equivocó respecto de Stalin. Lo que sucedió fue que hubo toda una serie de inconvenientes y errores tácticos que frenaron el avance alemán cuando ya estaba a las puertas de Moscú. Luego actuó el "General Invierno", el desastre de Stalingrado y, a partir de allí, ya no hubo forma de parar a la "aplanadora" rusa en el Este. A la misma se sumaron los ejércitos británicos ingleses y norteamericanos por el Sur y el Oeste. Alemania, atrapada otra vez en una guerra entre dos frentes, combatió hasta el final pero no pudo evitar la derrota.

Stalin, con su astucia georgiana, fue en realidad el único claro vencedor de la Segunda Guerra Mundial. Churchill y los ingleses ganaron la guerra pero perdieron su imperio. A Francia le pasó lo mismo. Con el correr de los años tuvo que desprenderse de todas sus colonias en el Medio Oriente[12], Asia [13], la India [14], el Norte de África [15]  y el África Subsahariana[16].  Estados Unidos empleó su táctica de entrar tarde en la guerra, cuando los contendientes ya se hallaban cansados, tuvo un papel razonablemente bueno en Europa pero se metió en un tembladeral en la zona del Asia-Pacífico en donde tuvo que usar dos bombas atómicas para producir la masacre de Hiroshima y Nagasaki a fin de vencer a Japón y se involucró en la geopolítica de la zona lo cual le trajo, por añadidura, las sangrientas crisis de Corea primero y Vietnam después.

La Rusia bolchevique por su parte incorporó prácticamente toda la Europa Oriental a su imperio, ya sea como países satélites bajo ocupación y control militar (Bloque del Este) [17] o como países directamente anexados a la URSS [18].

Hoy (2026), a 81 años del fin de la guerra, si alguien preguntara "¿quién perdió la Segunda Guerra Mundial?" la respuesta obvia sería " Europa". Pero hilando más fino y pensando las cosas hasta el final, alguien podría responder: "todo Occidente".

Y nadie tendría argumentos válidos para contradecirlo.


NOTAS

Los datos fueron recabados ordenados y validados utilizando Inteligencia Artificial, la cual no se ha empleado para la evaluación y el análisis histórico-político de los mismos.

[1] )- William Ebenstein nació (…) en Jazłowiec, Galitzia, como ciudadano austrohúngaro. Provenía de una respetada familia judía cuyos antepasados ​​incluían al rabino Jacob Jehoschua Falk. (...) En 1936, emigró a los Estados Unidos. (...) Al igual que muchos otros abogados germano-estadounidenses, se puso al servicio de los EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial. Trabajó para el servicio de inteligencia estadounidense, entrenando personal para la ocupación de los países del Eje.
Cf. https://de.wikipedia.org/wiki/William_Ebenstein (en alemán)

[2] )- Wilfred von Oven – secretario referente de prensa en el Ministerio de Prensa y Propaganda alemán – atribuía la frase a su jefe Joseph Goebbels. Así y todo, el dicho curiosamente también apareció en el famoso videojuego de estrategia Command & Conquer: Red Alert 2 (2000). Allí, quien la pronuncia es el General Aleksandr Romanov, el imaginario jefe de las fuerzas de la Unión Soviética.

[3] )- Dedicatoria del libro "La Guerra Desconocida" de Otto Skorzeny. Disponible en https://lanuevaeditorialvirtual.blogspot.com/2024/04/otto-skorzeny-la-guerra-desconocida.html

[4] )- Las palabras "nazi" y "sozi" fueron apócopes muy comunes en la jerga política alemana de la década de los años 1920, especialmente en Berlín, para designar a los nazionalsozialisten y a los sozialisten (nacionalsocialistas y socialistas en alemán) respectivamente.

[5] )- http://www.marxists.org/archive/lenin/works/1918/7thcong/01.htm 

[6] )- Louis Fischer, Lenin, Bruguera, Barcelona, 1966, pág. 46

[7] )- Seudónimo de Vladímir Rezun, un exoficial de la inteligencia militar soviética GRU. 

[11] )- Órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista soviético.

[12] )- Líbano y Siria: Ambos protectorados consiguieron su independencia total entre 1943 y 1946.

[13] )- Vietnam, Laos y Camboya: Se independizaron formalmente tras los Acuerdos de Ginebra en 1954,

[14] )- Los enclaves de Pondicherry, Karaikal, Yanam y Mahé fueron transferidos a la administración de la India entre 1954 y 1962

[15] )- Marruecos y Túnez: Francia les concedió la independencia pacífica en 1956.  Tras una cruenta y traumática guerra de liberación (1954-1962), Argelia logró su total independencia en 1962 mediante los Acuerdos de Evian.

[16] )- En 1960 (conocido como el "Año de África"), Francia disolvió formalmente sus estructuras coloniales en el continente, otorgando la independencia a más de una docena de repúblicas actuales, incluidas Senegal, Costa de Marfil, Camerún, Madagascar, Níger y Mali, entre otras.

[17] )- Polonia, Rumania, Bulgaria, Hungría, Albania, Checoslovaquia y la parte oriental de Alemania.

[18] )- Estonia, Letonia, Lituania, Moldavia y Partes de Polonia, Finlandia (Carelia) y Alemania (Königsberg, hoy enclave ruso de Kaliningrado). 


sábado, 4 de julio de 2026

ROMPAMOS ALGUNOS VIDRIOS

El ayer ya se fue.
El mañana todavía no llegó.
Pero tenemos el hoy.
Por lo tanto: ¡empecemos!
Madre Teresa de Calcuta

Los horizontes limitados

La enorme mayoría de las personas vive su vida sin hacer demasiadas preguntas. La vive con la atención puesta en sus cosas, en sus problemas, en sus anhelos, en sus inquietudes. Y vive esa vida como si fuese la única.

En cierto sentido lo es. La vida de cada individuo biológico es singular, intransferible y, casi con certeza, irrepetible; pero no es la única vida que existe, ni la única vida posible. En realidad, la vida de cada uno de nosotros es como una caja dentro de otra caja, que está contenida otras varias cajas. Y, por la miopía de nuestros paradigmas cotidianos, no vemos sino los límites de la primera caja que nos contiene.

En realidad, estamos metidos dentro de muchas cajas. Formamos parte de grupos humanos, somos parte de estructuras organizadas, pertenecemos a una familia, a una sociedad, a una profesión, a una empresa, a un tiempo, a una época, a una civilización, a una cultura… con su tecnología, su ciencia, sus creencias, sus mitos, sus hábitos y sus costumbres. La mayoría enorme de las personas ni siquiera tiene conciencia de que habla un idioma – lo que significa que piensa en ese idioma – que, de haber nacido en otra parte, bien podría haber sido otro. Con lo que podría haber sido la misma persona pero de un modo diferente. Porque el idioma nos condiciona y es una de las tantas cajas que, de algún modo, contiene y hasta determina en algún grado nuestra forma de pensar.

Nos levantamos, trabajamos, comemos, viajamos, nos informamos, usamos cosas, compramos cosas, pensamos, deseamos, amamos, odiamos, dormimos y, al día siguiente, empezamos todo de nuevo con una especie de presunción tácita de que nuestro Yo es el centro alrededor del cual gira todo el Universo.

Oficialmente y según lo que nos han enseñado en la escuela, es cierto que ya no afirmamos que el Universo gira alrededor de la tierra. Pero seguimos creyendo que todo gira alrededor de nosotros mismos. Nuestro más profundo inconsciente sigue siendo geocéntrico. Porque, aunque sepamos que la tierra es la que gira alrededor del sol, seguimos concibiendo al sol como un viajero del cielo. Por eso en nuestro lenguaje cotidiano seguimos diciendo que el sol “sale” por el Este “se pone” por el Oeste.

En realidad, mientras algunas personas colocan satélites en órbita, millones de otras personas siguen pensando en las estrellas con la misma infantil candidez que tuvieron los sumerios hace más de cinco milenios.

El pasado que distorsionamos.

Buena parte de esta actitud se debe a que tenemos Historia pero no somos conscientes de que formamos parte de ella. Estudiamos Historia como si la misma le hubiera sucedido a otros. Leemos Manuales de Historia y la enorme mayoría de las veces nadie tiene ni idea acerca de qué tiene todo eso que ver con nuestra propia actualidad. Egipto, Grecia, Roma, el Medioevo, son como cuentos de hadas que narran hechos sucedidos en tiempos indefinidos, en lugares lejanos, a gente extraña. Ni nos damos cuenta de que esas historias, en muchísimos casos, cuentan la biografía de nuestros antepasados.

Por otro lado, no tenemos una Historia. Tenemos varias. Tantas como corrientes de pensamiento, modas, mitos o ideologías se nos ha ocurrido inventar. Exceptuando un par de cronologías asépticas, todas las demás obras de Historia difieren entre sí. Las escritas por los católicos no concuerdan con las que escribieron los marxistas; las escritas por liberales celebran hechos que denostan los conservadores; los historiadores liberales nos presentan una Historia distinta a la que escribieron los tradicionalistas. Los economistas nos hablan de una Historia diferente a la de los políticos; la de los teólogos no concuerda con la de los artistas; la de los científicos es incongruente con la de los militares. Cada secta, cada moda filosófica, cada profesión, cada ideología tiene su propia Historia acomodada convenientemente a sus necesidades, objetivos y prejuicios. 


Para colmo, una enorme cantidad de las Historias Oficiales está directamente falsificada. Miramos hacia nuestro pasado a través de un catalejo cuya óptica se halla tallada por los anhelos y los propósitos de quienes han construido nuestro presente. Muchísimas personas no tienen ni idea de la medida en que esas Historias han sido tergiversadas, manipuladas y hasta falsificadas por los vencedores de diferentes guerras y conflictos. Es que los vencedores han usado la Historia para demostrar que sus opiniones son acertadas; la utilizan como prueba de la rectitud de sus intenciones y la imponen como Verdad con mayúscula para fortalecer su poder y justificar sus ambiciones.

En sí mismo, en muy última instancia el hecho es humanamente comprensible: todos los vencedores siempre han construido  vallas culturales alrededor de su victoria para consolidarla.  Lo peligroso es que no queremos darnos cuenta de ello y lo inadmisible es que lo neguemos a la hora de tener que sacar de la Historia real las consecuencias pertinentes. Con eso, al final se verifica lo que decía Huxley: “Quizá la única lección que nos enseña la Historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la Historia”.

Las utopías que construimos.

Con una visión así de nuestro devenir, terminamos muchas veces colocando el carro delante de los caballos. No usamos la experiencia que podría darnos la Historia para aprender cómo se hacen las cosas, o bien como no deberían hacerse. Procedemos a la inversa: dejamos correr nuestra fantasía y nuestros deseos para construir castillos en el aire

Así surge todo un cúmulo de mitos, leyendas y fantasías en las que creemos firmemente, ahuyentando nuestras dudas con el argumento que se basan en hechos "históricamente demostrados". Perdemos de vista que, con tan sólo un poco de habilidad dialéctica, con tan sólo un poco de arbitrariedad en la selección de los acontecimientos, con tan sólo un poco de licencia poética, prácticamente no hay fábula que no pueda presentarse como supuestamente fundada en hechos históricos.

Hemos construido de este modo toda una serie de utopías justificadas con mitos. Algunos de ellos totalmente irreales y otros que no son sino tremendas exageraciones de fenómenos que en realidad fueron completamente diferentes. El problema con estas construcciones arbitrarias es que no son leyendas inocentes. Nuestra mitología no es como fue la de los griegos. No es la expedición poética al reino de una fantasía poblada de personajes más o menos creíbles pero que nunca tuvieron la pretensión de ser necesariamente reales. Nuestras mitologías no son obras con intenciones artísticas sino engendros con ínfulas de verdad científica construidos sobre bases ilusorias.

Los fundamentos que presuponemos.

Dando por buenos a estos delirios hemos terminado por creer y aceptar que todo el universo se basa en ellos. El resultado es que vivimos creyendo que el mundo funciona de cierta manera cuando, en realidad, lo hace de una forma completamente distinta. Confundimos expresiones de deseos con afirmaciones de hechos.

Lo peor de todo es que, cuando aparecen los hechos que deberían hacernos dudar de la validez de nuestras fantasías, en no pocas ocasiones nos aferramos a la fantasía y nos negamos a aceptar los hechos. En el fondo, en algún recoveco de nuestro inconsciente, sabemos sin embargo que el mundo no es como desearíamos que fuese. Pero nuestra voluntad, impulsada por la fantasía del deseo, responde con un encogimiento de hombros y usamos nuestra razón para construir argumentos increíblemente rebuscados a fin de salvar la fantasía a pesar de todo.

Con este método hemos logrado fundar toda una civilización con una andamiaje cuya mayor parte no es más que una expresión de deseos. Y tratamos de sostener esos deseos con la excusa, parcialmente cierta, de que todo desarrollo y todo progreso se detendría si no nos pusiésemos objetivos lejanos aparentemente imposibles. Por desgracia, cuando la realidad demuestra que ciertos proyectos son simplemente estúpidos, en lugar de abandonar la estupidez nos enojamos con la realidad.

Afirmamos que nuestra civilización está basada en una determinada serie de elementos formales cuando la verdad es que se basa en una serie completamente distinta de factores efectivos. Con demasiada frecuencia hay un abismo entre lo real y lo formal; y demasiadas veces o bien lo negamos para no tener que admitirlo, o bien nos ilusionamos con la falacia de afirmar que en el futuro las inconsistencias se resolverán mediante el mismo proceso que las produjo.

Las personas con las que nos relacionamos.

Así como no tenemos una noción clara de las estructuras reales de nuestra civilización, tampoco tenemos una visión concreta de nuestras ataduras sociales. Realmente, en una cantidad alarmante de casos, las personas no tienen ni la más mínima noción de cómo está organizada y cómo funciona la sociedad en la que viven. Muchos creen que las personas simplemente se juntan. Muy pocos tienen una idea, aunque más no sea somera, de lo terriblemente complicado que es el funcionamiento de una sociedad de varios millones de individuos. De lo difícil que resulta disponer las cosas de tal forma que cada cual encuentre razonablemente lo que necesita y que cada cual aporte algo para que todos podamos encontrar luego algo que necesitamos.

Vivimos creyendo que nuestras relaciones personales se dan sobre una base de espontaneidad. Millones de personas creen que la vida que llevan es "natural", en el sentido que se configura por sí misma sin que nadie tenga que hacer un esfuerzo en especial para lograrlo. Y la verdad es completamente diferente.

Tenemos toda una serie de comportamientos que son típicos de la especie y de la condición humana. Ése sustrato es el único Orden Natural que rige nuestros comportamientos. Sobre ese sustrato hemos construido luego, a lo largo de por lo menos 40.000 años, toda una serie de normas morales completamente convencionales, pero que tienen la gran virtud de funcionar maravillosamente para mantener comunidades humanas bien organizadas. Lo que sucede es que últimamente estamos pretendiendo suplantar esa superestructura moral de efectividad demostrada por toda una serie de fantasías hedonistas orientadas exclusivamente a hacer posible lo placentero.

Con la idea de que “si es placentero tiene que estar permitido”, estamos comenzando a perder hasta a la estructura social básica de nuestra especie. Sin esa base, toda la superestructura se está degradando y amenaza con desmoronarse merced a un individualismo egoísta. Muchos se quejan ya de los fenómenos de degeneración estructural que se observan a simple vista, pero la verdad es que nadie hace demasiados esfuerzos por revertirlos. De hecho, muchos ya ni saben cuáles son los esfuerzos que deberían hacer en absoluto.

Las cosas que usamos.

No entendemos muy bien cómo estamos organizados para hacer las cosas; pero también entendemos cada vez menos las cosas que hacemos y usamos.

No sabemos cómo funcionan los objetos. Nueve de cada diez propietarios de automóviles no sabrían cómo averiguar el orden de encendido de un auto naftero. Costaría encontrar un empleado que supiera cómo funciona el ascensor que usa todos los días. Un ama de casa difícilmente sepa más de su licuadora que,  si pulsa el botón, las cuchillas giran. Vivimos en un mundo práctico sembrado de miles de aparatos diferentes; dependemos ya de dichos aparatos; nos pasamos la vida juntando el dinero necesario para comprarlos; trabajamos fabricándolos. Y, en la enorme mayoría de los casos, los usuarios no saben cómo funcionan.

Lo peor de todo es que no nos damos cuenta de lo terriblemente dependientes que nos hemos vuelto de estos objetos. Hemos organizado nuestras vidas dando por sentada su existencia y ni nos podemos imaginar el caos que se produciría si, de pronto, nos faltasen o dejasen de funcionar. Si cortáramos por completo la electricidad en una gran ciudad, en apenas un par de días tendríamos un sangriento caos.

Es que ya estamos organizados en función de nuestros aparatos y nuestros servicios. Lo que sucede es que cada vez hacemos más cosas con menos personas, en menos tiempo, y hay cada vez más personas sobre el planeta. Lo que hoy hace una línea de producción robotizada, hace apenas diez años atrás lo hacían cientos de operarios. Nos hemos fabricado sirvientes mecánicos, memorias electrónicas, esclavos de material plástico y motores eléctricos. De todos ellos, por lo general, desconocemos prácticamente todo lo que está debajo de la carcasa. Lo único que sabemos es lo que hacen después de apretar una tecla. Y aun sabiendo lo que hacen, seguimos ignorando supinamente el cómo lo hacen. ¿Alguno de ustedes sabe cómo funciona realmente un teléfono celular? ¿Se animarían a armar uno si alguien les da una caja con todas las piezas sueltas?

Las decisiones que dejamos tomar.

Lo que nos pasa con los objetos nos pasa también y casi en la misma medida con nuestras estructuras políticas, sociales y económicas: no sabemos muy bien cómo surgen las decisiones y cómo se distribuyen las responsabilidades. En este sentido, las opciones electorales son a los hechos lo mismo que las teclas de comando a los aparatos. Sabemos aproximadamente cual es el comportamiento que se espera del candidato pero, habiendo emitido, el voto todo lo que sucede después está completamente fuera de nuestro alcance.

En cuanto a las instituciones públicas hay un modelo formal, teórico, según el cual se supone que deberían funcionar. Pero todo el mundo sabe que la realidad es otra. Nadie tiene una visión clara de cuáles son los principios básicos por los cuales realmente se rige la actividad pública. Y los que tienen esa visión, o al menos alguna idea al respecto, se cuidan mucho de abrir la boca ya que decir la verdad implicaría mandar de paseo una buena cantidad de fantasías institucionalizadas consideradas sacrosantas. El resultado es que casi nadie sabe cómo funciona realmente nuestra sociedad y, al no saberlo, tampoco se sabe qué es lo que hace falta para mantenerla funcionando o – lo que sería harto deseable – qué deberíamos hacer para que funcione un poco mejor.

Para la enorme mayoría de la gente, las cosas simplemente suceden. Alguien, en algún lado, decide cosas que luego aparecen en los titulares. Los periodistas comentan, todo el mundo opina. Al final, algunas cosas se hacen. Otras no. Otras se hacen a escondidas. La gran mayoría nunca se entera de quién impulsó la decisión, quien tomó la iniciativa y con qué criterio la tomó. El tema se agita por unos días y luego resurge solamente si todo termina en un desastre. Y cuando el desastre ya es inocultable las responsabilidades se diluyen.

Con la moral en general y con la moral pública en particular sucede que el tema adquiere envergadura solamente a la hora de acusar a los demás. Es cierto que sería estúpido cometer la ingenuidad de pretender que los corruptos se acusen a sí mismos. Pero no menos cierto es que las acusaciones de corrupción se imputan a personas que, en una cantidad muy grande de casos, no hicieron más que proceder según comportamientos quizás inconfesables pero absolutamente habituales. Cuando no se pueden delimitar responsabilidades, es todo un sistema el que está corrupto. Por eso es que rara vez hay culpables condenados.

No tenemos idea de qué tan frágiles son nuestras estructuras. Muchísima gente vive quejándose de un montón de cosas que andan mal y ni se da cuenta de cuantas cosas andan razonablemente bien. Menos aún se tiene noción de la enorme cantidad de cosas que necesitamos todos los días para llevar la vida que llevamos. Hemos perdido de vista las características y la esencia misma de nuestras relaciones estructurales y sistémicas. Vivimos en un mundo que, mal que bien, funciona. Pero la enorme mayoría no sabe por qué funciona ni cómo funciona. Damos por sentadas demasiadas cosas. Aceptamos como normales y naturales muchísimos hechos que, en realidad, son terriblemente complicados y dependen de factores muy críticos que ignoramos casi por completo.

Las ideas que afirmamos.

Frente a todo ello, nos autoengañamos creyendo que podremos mantener el rumbo aferrándonos a lo que llamamos nuestras ideas. Pero, bien miradas, nuestras grandes ideas son muchas veces solo caprichosas expresiones de deseos. El mundo no funciona sobre la base de las ficciones novelescas que cultivamos. El universo que nos rodea, y del que formamos parte, funciona por relaciones, proporciones, probabilidades, reglas, leyes, normas y pautas bastante bien establecidas. Podemos no entenderlas ni conocerlas a todas. Pero si hemos conseguido evolucionar fue porque, al menos durante miles de años, algunos han tratado de entender poniendo cuidado de no confundir caprichos humanos con las posibilidades reales del universo. Últimamente nos hemos vuelto tan soberbios que hemos comenzado a creer que cualquiera de nuestras extravagancias entra dentro del ámbito de lo posible.

En muchos rubros no nos ha ido muy bien que digamos. Y todo parece indicar que, de persistir en esta tontería, lo único que podemos esperar es que nos irá peor. El confundir nuestros deseos con nuestras posibilidades reales es, quizás, una de las características más sobresalientes en nuestra Historia de los últimos cien o doscientos años.

El fenómeno tiene, probablemente, su explicación en los grandes logros que innegablemente hemos conquistado. Perdimos gran parte de nuestra capacidad de asombro precisamente por lo asombroso de nuestros avances científicos y tecnológicos. Pero estamos algo así como ebrios de éxito y, como todos los ebrios, no dejamos estupidez sin cometer. La ebriedad nos ha hecho perder en gran parte la noción de nuestros propios límites. Y esto no es una cuestión de optimismo o pesimismo. Mucho menos es una cuestión de descreer de la posibilidad de un gran futuro con conquistas aún más asombrosas que las conseguidas hasta ahora. La cuestión es más bien repasar un poco los ámbitos en que hemos podido avanzar con tanto éxito y compararlos con aquellos otros ámbitos en dónde los avances han sido muchísimo menos espectaculares. La cuestión, como en toda cuestión de ebriedad, es no perder el equilibrio.

El futuro que nos espera.

Con la deliberada actitud de negar la realidad objetiva tarde o temprano terminaremos metiéndonos en situaciones imposibles de mantener. La tozuda costumbre de aferrarnos a las expresiones de deseos declarándolas proyectos efectivamente realizables y nuestra manía de construir castillos en el aire solo para enojarnos luego cuando no se sostienen, constituyen actitudes que tienen el fracaso asegurado. Ya nos pasó con el imperio soviético y seguimos negándonos a admitir que el socialismo del Siglo XX en primer lugar nunca llegó al comunismo y, en segundo lugar, nunca fue otra cosa que el liberalismo del Siglo XVIII pensado hasta sus últimas consecuencias.

Por otra parte, la falta de una visión integradora de la realidad, la falta de una visión cultural comprensiva, nos está llevando a una especie de atomización producida por el desgarramiento de nuestro saber en muchas direcciones distintas sin una guía orientadora que lo estructure en un todo coherente. Estamos en el mejor camino de tener mucho conocimiento sin nada de saber.

Nos estamos volviendo más eficientes en muchas actividades. Eficiencia y excelencia son metas muy apreciadas en nuestra civilización. Pero la mayoría de nuestros intelectuales se enoja cuando se entera de que tienen un precio. No es posible lograr eficiencia ni excelencia si los intentos están contaminados de quimeras.

Hemos generado mil formas de escapismo. Desde los alucinógenos hasta la enorme industria del entretenimiento, todo está dirigido a hacernos olvidar la realidad cotidiana. De hecho, nos pesa horrores esa gris reiteración de actos casi automáticos que constituye la mayor parte de nuestras vidas. Nos fugamos de ese aburrimiento recurriendo a la pantalla del televisor. Y en esa pantalla esperamos ver, en imágenes, el mundo que nos niega la realidad de nuestra propia vida. Así, por televisión, corremos las carreras de las que nunca participaremos; miramos los partidos que nunca jugaremos, admiramos mujeres que jamás conoceremos; miramos paisajes que no visitamos; peleamos las guerras que nunca libramos y los norteamericanos han llegado hasta a ganar en la pantalla las guerras que perdieron en el campo de batalla.

Lo curioso es que nos refugiamos en esos mundos ilusorios justo en una época que ha abierto la frontera más inmensa y fantástica de todas las fronteras que ha conocido nuestra especie. Nos refugiamos en las alucinaciones justo al día siguiente de haber llegado a la luna. Es como si renunciáramos a nuestra vocación de conquista justo el día antes de lograr la posibilidad de emprender la más impresionante conquista de todas. Producimos preocupadísimos trabajos sobre el problema de la explosión demográfica y, sin solución de continuidad, protestamos airados por el costo de la investigación espacial argumentando la cantidad de escuelas que podrían haberse construido por el precio de un satélite. Nos estamos quedando sin espacio por un lado y, por el otro, denigramos los esfuerzos que pueden conducirnos a ganar el más fenomenal espacio que jamás nos hayamos imaginado.

La pasión por el cambio

Pero, aun con toda esta anarquía conceptual; a pesar de nuestras confusiones, dudas y conflictos, seguimos haciendo cosas, seguimos cambiando, articulando, modificando y transformando el mundo en el que vivimos. Seguimos enamorados del Progreso – así con mayúscula – que es uno de los viejos mitos heredados de los intelectuales de la Revolución Industrial.

El problema es que, a decir verdad, nunca terminamos de definir con precisión qué debíamos entender por "Progreso". Últimamente los grandes gurúes de la economía y de las teorías de la administración ya ni se preocupan por definir el Progreso. Ahora les basta con hablar de cambio.

El mensaje de todos los nuevos gurúes del management moderno es prácticamente unánime: El mundo cambia. Estamos inmersos en vertiginosos procesos de cambio. Quienes se resistan a él serán barridos de la escena. Quienes consigan alinearse prosperarán. Quienes sean capaces de anticiparse al cambio serán los verdaderos triunfadores del mañana. Empresas gigantescas han ido a la quiebra por no haber sabido detectar el cambio. Programas costosísimos terminaron en el cesto de papeles porque el producto diseñado se había vuelto obsoleto aun antes de salir de la línea de montaje. Productos que ningún industrial miope quiso fabricar se convirtieron en negocios de varios cientos de millones de dólares por obra y gracia de algún visionario que supo prever las necesidades que crearía el cambio. Los grandes gurúes predican la necesidad de aceptar la convivencia con el cambio. Nos dicen que debemos admitir el cambio no sólo porque significa Progreso sino por algo mucho más drástico: porque se ha vuelto inevitable.

Que es casi lo mismo que decir que se nos ha escapado de las manos. Si nunca definimos realmente al Progreso, menos aún estamos ahora en posición de saber adónde nos está conduciendo esta manía por el cambio y esta idolatría de lo nuevo. Los mismos gurúes que predican la religión del cambio están desesperadamente tratando de elaborar métodos prácticos que nos permitan anticiparlo. Todas las modas administrativas de los últimos años se topan tarde o temprano con el mismo escollo: estamos sumergidos en una verdadera orgía de cambios pero ¿alguien tiene una idea clara de hacia dónde nos llevan?

En realidad, lo único que los grandes teóricos del cambio saben con certeza acerca de nuestro futuro es que será diferente. Y, si es cierto que eso es todo lo que saben, nuestro futuro promete ser bastante triste. Si lo único que sabemos del devenir de nuestra civilización es que cambiará constantemente, lo que en realidad nos ha sucedido es que hemos perdido la capacidad de construir el futuro. Y, si no tenemos una idea – aunque más no sea aproximada – del futuro que estamos construyendo, ¿qué nos hace pensar que estamos autorizados a seguir invocando al Progreso como justificación de nuestros actos; sea lo que fuere que este Progreso significa de todos modos?

Si no podemos imaginar y diseñar un futuro posible, la triste verdad es que ya no tenemos futuro porque estamos en las manos del azar. Deberíamos parar un momento y preguntarnos: ¿Es serio todo esto? ¿Podemos enfrentar el actual milenio con esta aplastante pobreza de ideas y con esta casi increíble esterilidad creativa?

Un necesario alto en el camino

En la mitología de Roma, Ianus era el guardián del portal de acceso a los cielos y el dios de los comienzos y los desenlaces. Los artistas de la época lo representaban con dos rostros: uno mirando hacia el pasado y el otro hacia el futuro. Se lo invocaba al comienzo de cada año y así fue como su nombre dio origen al del primer mes del calendario, Ianuarius, denominación de la cual se deriva nuestro actual Enero.

Estamos no sólo en un nuevo siglo sino, además, en un nuevo milenio. Quizás nos haría bien inspirarnos un poco en el antiguo dios bifronte: mirar hacia el pasado para aprender de nuestra experiencia y luego mirar hacia el futuro sabiendo que puede ser mejor si dejamos de lado muchas de las tonterías que insistimos en seguir cometiendo.

Todo lo que propongo y pretendo es que nos detengamos un poco a reflexionar. A pensar en serio y sin prejuicios sobre algunas cosas. En principio, deberíamos meditar en profundidad tanto sobre los gastados clisés a los que con tan irracional pasión nos aferramos, como sobre el camino que se abre ante nosotros para ser transitado durante los próximos diez siglos. Porque sería hacer ficción pura hablar del futuro sin haber entendido – o al menos tratado de entender – tanto nuestra realidad actual como la verdadera realidad de nuestro pasado. Hablar de lo que podemos hacer sin haber hecho el intento de comprender lo que somos y la forma en que hemos llegado hasta aquí sería como saltar en paracaídas con una venda en los ojos.

Por eso, la propuesta es atrevernos a aceptar la realidad de nuestro presente; atrevernos a tener otra vez un futuro y, de paso, tanto como para despejar el terreno, quizás sería bueno poner bajo la lupa a buena parte de esos clisés que heredamos y que estamos aceptando sin mayor análisis. Tenemos que aprender a hacer dos cosas: a mirar los problemas de frente y a tirar lastre. Tenemos que juntar el coraje intelectual de aceptar el desafío del actual milenio, que no es sino el desafío que nos lanzan nuestras propias posibilidades. Posibilidades que en gran medida nacen de la rica experiencia que el Homo Sapiens ha adquirido a lo largo de su existencia.

Pero, para hacer las cosas bien, muy posiblemente tengamos que tirar por la borda muchos prejuicios. El Mundo no es como lo pintan los dogmas oficiales ni ha sido como lo describen las Historias sectarias. Estamos mirando nuestro mundo a través de una pequeña ventana, y tarde o temprano deberemos admitir que los cristales de esa ventana distorsionan. Por eso, lo aconsejable sería abrirla de una vez por todas. Tanto como para que entre un poco de aire fresco y también para ver con mayor claridad.

Y si la ventana resulta estar atascada, alguien, en algún momento, tendrá que decidirse a romper el vidrio. Al fin y al cabo, el precio de un par de vidrios rotos es poco comparado con el beneficio de recuperar un pasado real y volver a tener un futuro posible.




lunes, 15 de junio de 2026

EL SANTO Y LOS PERROS

 

E

n los Alpes suizos, en el Sur y cerca de la frontera con Italia, arriba y muy cerca de las nubes, a casi 2.500 metros de altura, existe un refugio.

Está allí desde hace más de mil años. Ya estaba por la época en que Roma conquistaba al mundo con sus legiones. Porque detrás del paso guerrero de las águilas del Imperio, a pesar de los horrores del combate y la dureza de las costumbres de aquellos tiempos, también marchó la Ley, el Orden y la Pax Romana. Y ya en aquella época, los hombres que querían estar más cerca de los dioses que los demás levantaron en esas alturas tan cercanas al cielo un templo a Júpiter.

Desde entonces el lugar ha sido un lugar bueno consagrado a un Dios bueno. Porque Júpiter, aún siendo el dios de un pueblo duro, guerrero y combativo,  fue también el dios de los jueces justos y los hombres leales que ese mismo pueblo supo regalarle a la humanidad. De hecho, los romanos piadosos a Júpiter también lo llamaban Iuppiter, Iovis o Diespiter, nombres todos que – al igual que el Zeus de los antiguos griegos – se relacionan con la idea de lo luminoso, lo brillante, lo resplandeciente. Siempre se supo que Júpiter era un dios del cielo.

Justamente por eso, para construir templos en su honor se buscaban los lugares más elevados. La cima del Monte Albano, al sur de la ciudad de Roma, estaba consagrada a Jupiter Latiaris, la deidad de los Hombres del Lacio, aquella confederación de 30 ciudades entre las que Roma había comenzado su trayectoria como apenas una ciudad más entre todas las otras. En Roma misma, la cumbre del Monte Capitolino estaba consagrada a él, con su templo más antiguo y el símbolo del roble sagrado, o encina sagrada; también presente en la tradición del Zeus de los griegos.

Por eso, también, uno de sus títulos más antiguos es “Lucetius”, que significa “el portador de la Luz” y en el lenguaje de los romanos giros tales como “sub Iove” – o “debajo de Júpiter” –significaban algo así como “a cielo abierto”. Por lo tanto, no es de extrañar que este dios bueno fuera también el custodio de muchas otras cosas buenas. En Roma se lo consideraba el guardián de la conciencia, de la fidelidad, del recto accionar y del sentido de las obligaciones. Fue el dios de la palabra empeñada, el dios en cuyo nombre se concertaban acuerdos, alianzas y tratados. Sus sacerdotes celebraban la más antigua y más sagrada forma de matrimonio: la confarreatio. La Eneida de Virgilio todavía nos sigue relatando a Júpiter como el buen dios protector que mantiene a los héroes en el sendero del cumplimiento del Deber para con Dios, la sociedad y la familia. Eso que los antiguos romanos llamaban “pietas” y que los herederos de esa misma tradición hoy llaman Piedad. No en vano de la palabra “Iovis” tenemos hoy la palabra “jovial”; y no en vano tampoco el antiguo Zeus griego devino con el tiempo en el Deus romano, de dónde hoy tenemos la palabra más sagrada de todas: Dios.


Así, tampoco resulta sorprendente que en las alturas de los Alpes, custodiando y protegiendo el camino obligado de los viajeros que cruzaban esas imponentes montañas por el paso que une lo que hoy es Italia y Suiza, los romanos piadosos llamasen
Montis Jovis a una de las cumbres más altas de la región y construyesen allí un templo en honor a Júpiter.

Pero las cosas que construyen los seres humanos a veces tienen destinos extraños. Nada de lo que construimos con las manos es eterno, aún cuando durante muchos siglos – cuando todavía no se habían inventado las cosas descartables – muchos grandes constructores trataron de hacer obras con la mirada puesta en la Eternidad. Aún los constructores de lo perdurable, de haber vivido lo suficiente, habrían llegado a ver las ruinas que hoy desentierran los arqueólogos. Quizás porque lo que construimos con las manos, por más perfecto y duradero que pretendamos hacerlo, al final no es más que un recipiente. Algo que sirve para contener lo esencial; algo así como una corteza o caparazón dentro de la cual podemos encerrar y custodiar lo eterno. Al menos por un tiempo. Y pasado ese tiempo, la estructura exterior, la caparazón, se cae; y sólo queda lo esencial – si es que había dentro de ella algo realmente esencial que mereciera perdurar.

Los romanos pasaron. El Imperio que construyeron se fue desmoronando. En las nevadas cumbres de los Alpes, con el correr de los siglos, el templo del dios bueno construido para proteger a los viajeros también se fue derrumbando. Al final, sólo quedaron sus ruinas desafiando las tormentas de nieve, los aludes y las avalanchas; tan frecuentes por ese paso entre las montañas y probablemente uno de los motivos prácticos principales que también impulsaron la construcción del refugio-templo.

De algún modo, sin embargo, el lugar siguió siendo sagrado. Bajo los reyes sucesores de Carlomagno – ese gran soberano, coronado Emperador del Sacro Imperio Romano por el Papa León III en la noche de Navidad del año 800 y a quien los franceses recuerdan como Charlemagne y los alemanes como Karl der Grosse – unos monjes piadosos mantuvieron el lugar. El Montis Jovis de los romanos de alguna forma se afrancesó un poco, con lo que pasó a ser conocido entre los hombres como el monasterio de Mont-Joux.

La Iglesia del monasterio

Pero los años siguieron transcurriendo, no sin dejar su marca y su rastro en el viejo refugio. Hacia el sigo XI el lugar necesitaba, otra vez, una restauración. Y fue entonces cuando un sacerdote conocido como Bernardo, arcediano de la ciudad italiana de Aosta, decidió darle nueva vida al viejo refugio para proteger a los viajeros, brindarles alimento, alojamiento, y calor, con todo el cariño y la dedicación de que son capaces los buenos cristianos, pero también con toda la vocación de servicio de los continuadores de la Tradición de la Piedad heredada de los Muy Antiguos. 

Porque desde Bernardo de Menthon (o de Aosta, como se prefiera llamarlo), el refugio no solamente brindó amparo y albergue a peregrinos y viajeros. Siguiendo la voluntad y la consigna de Bernardo, los monjes agustinos también oficiaron de guías y de activos participantes en operaciones de rescate. La zona de ese paso por los Alpes se halla cubierta de nieve y hielo durante nueve meses al año. Las tormentas son furiosas y frecuentes. Las avalanchas de nieve, un fenómeno casi habitual. Al principio, un monje descendía acompañando a los viajeros todos los días hasta Bourg Saint Peter y volvía hacia el atardecer con otro contingente mientras uno de sus compañeros hacía lo mismo en el lado italiano. Cuando los viajeros se perdían en la tormenta, con peligro de morir congelados, los monjes iban en su rescate.

Hay muchas historias al respecto. Historias que demuestran algo que varios pensadores y filósofos se han resistido tercamente a admitir: a los seres humanos no siempre nos guía el provecho propio. No siempre actuamos según nuestra mejor conveniencia. No todo lo que hacemos es el producto de un cálculo de costos y beneficios. Muchas veces, muchas personas son capaces de abrir las manos para dar. Sin pedir nada a cambio. El egoísmo y la codicia existen y pueden ser poderosas motivaciones para muchas cosas. Pero también existen la bondad, el cariño, la vocación de servicio, las ganas de hacer las cosas bien y de hacerlas por los demás. Para ayudar, para poner el hombro, para colaborar, para sostener, para proteger. Para cumplir con el mandato de la Piedad.

Bernardo de Menthon se reunió con su Padre Celestial, de quien tan cerca había estado en las altas cumbres de los Alpes, en el mes de junio de 1081. Un siglo más tarde, el culto a su memoria se había extendido por Suiza, Italia y Francia. En 1681 fue santificado y desde entonces es el santo patrono de los habitantes de los Alpes, los escaladores y los esquiadores. Hoy, el refugio subsiste y lleva su nombre: es el Gran San Bernardo y puede ser visitado – y de hecho lo es – por miles de turistas.

Pero la historia no termina aquí. Por un lado, la congregación creada por San Bernardo se ha diseminado por las montañas del mundo entero, estableciendo misiones en Asia Central, en el Tibet, en Birmania y hasta en China. Por el otro lado, al menos desde fines del Siglo XVII, los monjes comenzaron a usar perros. Desde 1750 en adelante los fueron adiestrando especialmente para operaciones de rescate. Conocidos al principio como “mastines alpinos”,  desde 1862 se los llama “sanbernardos” o “sanbernardinos” y existen sinnúmero de leyendas y de pinturas que los retratan.

Son unos animales estupendos. Enormes. Fuertes. Resistentes. Confiables. De carácter cariñoso y amable, pero de corazón sólido y firme como una roca. De pelo blanco y grandes manchas marrones. Hay muchos cuadros que los retratan con el tradicional barrilito colgando del cuello en dónde llevan un poco de aguardiente para calentar el espíritu de los expuestos a morir de frío. Hace unos 230 años atrás, el escritor inglés Oliver Goldsmith ya los describía como “... excepcionalmente inteligentes, de noble estirpe y sorprendentes... provistos de una inteligencia fuera de lo común. Con un olfato fantásticamente agudo, son capaces de descubrir a un hombre cubierto por 3 y hasta 6 metros de nieve. Muchas veces han salvado la vida de pobres peregrinos”.


Y es cierto: registros de casi doscientos años de antigüedad nos cuentan que los monjes de San Bernardo y sus perros han rescatado a más de dos mil personas. ¿A cambio de qué? Mezquina pregunta. A cambio de nada. El hospicio de San Bernardo en los Alpes suizos existe hasta el día de hoy; pero no es un hotel de cinco estrellas. Es apenas un severo y sobrio edificio levantado como un monumento a la bondad de la que es capaz el ser humano aún en medio de un mundo que muchas veces parecería haberse vuelto completamente loco de codicia, egoísmo y ambiciones.

A pesar de que hoy los peregrinos y caminantes han sido reemplazados por turistas que recorren el milenario sendero del paso – ahora asfaltado – en veloces y brillantes automóviles, la misión de los discípulos del Dios bueno no ha cambiado. Sigue siendo la misma de siempre: servir. Hacer el bien. Ayudar. Dar una mano. Poner el hombro. Salvar vidas. Y todo eso a cambio de nada materialmente relevante. Todo eso sólo a cambio de una simple palabra de agradecimiento. A cambio de una sonrisa, un abrazo y un emocionado “gracias”. A cambio de ese extraño calor que sentimos en el pecho cuando sabemos que hemos hecho algo noble. Algo bueno. Algo que valía la pena hacer.

 



Denes Martos
15 de Junio de 2003. – En el día de San Bernardo