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Me hago responsable por lo que digo; no por lo que Usted entiende.
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Los alemanes lo
saben todo sobre la guerra; excepto como ganarla. William Ebenstein.[1] "Camarada, la guerra es siempre una tragedia; pero, como se sabe, la tragedia más grande de todas es perderla. Joseph Goebbels [2] Dedicatoria A los verdaderos héroes de la Segunda Guerra Mundial: los soldados rasos rusos y alemanes. Otto Skorzeny [3] |
A estos terceros a veces se los llama
"revisionistas" y una de las grandes ironías de la Historia es que, por regla
general, terminan odiados por todos.
Es que a nadie "le conviene" la verdad, por regla
general. A los vencedores no les conviene porque la verdad expone sus propios
crímenes que muchísimas veces son los mismos – o casi los mismos, o hasta
peores – que los de quienes figuran como vencidos. Y a éstos tampoco les
conviene porque la verdad rara vez les permite seguir sosteniendo la imagen de
pobres víctimas. De todos modos y como figura en la cita al comienzo, la guerra
es siempre una tragedia pero la tragedia más grande de todas es perderla.
La Segunda Guerra Mundial no es una excepción. La Historia
oficial ha dividido prolijamente a los Buenos de los Malos. Ha establecido, de
manera supuestamente definitiva, quienes tuvieron razón y quienes estuvieron
equivocados; quienes merecieron ganar y quienes solo merecieron la horca y el
oprobio. La Historia ortodoxa y catedrática se estableció con una férrea
voluntad de tener la palabra final y definitiva. Pero hoy, a más de 80
años de finalizada esa guerra, ese relato oficial, terminante y único, ya tiene
tantos agujeros que amenaza con resquebrajarse y colapsar.
Son demasiados los hechos disputables, fáctica, ideológica y
moralmente, que sencillamente no encajan en el relato oficial. Aquí nos
limitaremos a poner en perspectiva solo uno de dichos datos: la relación de la
Alemania de Hitler con la Rusia Soviética de Stalin.
La versión oficial de la guerra en el Este contra la URSS
sostiene que después de firmar el Pacto Ribbentrop-Molotov (23 de agosto de
1939) Hitler y Stalin fueron aliados hasta que, dos años después – en junio de
1941 – Hitler traicionó el acuerdo y atacó a la URSS por sorpresa.
El revisionismo histórico desmanteló esta hipótesis. El
análisis de los documentos existentes, – especialmente algunos de los que se
hicieron públicos después del derrumbe soviético en 1991 – concluye que ni Hitler ni Stalin buscaban la
paz entre 1939 y 1941. En realidad, lo que ambos buscaban fue comprar tiempo.
Hitler quería evitar a toda costa una guerra en dos
frentes como el que había tenido
Alemania durante la Primera Guerra Mundial. A su vez, está comprobado que Stalin
esperaba que las potencias capitalistas occidentales (Francia, Gran Bretaña y
Alemania) se desgastaran mutuamente lo suficiente como para convertir a Europa
entera en un bocado fácil.
Por de pronto,
Hitler no se hizo nunca muchas ilusiones respecto de la Unión Soviética. Gran
parte de su lucha por el poder entre 1921 y 1933 consistió en un enfrentamiento
constante con los comunistas y hay razones bastante sólidas para afirmar que el
anticomunismo de los nacionalsocialistas fue uno de los factores decisivos que
les permitió conquistar simpatías, ganar elecciones y llegar al poder. En
amplios círculos alemanes la sola idea de una posibilidad de caer en una
dominación soviética producía terror.
Consecuentemente,
la batalla de "nazis" y "sozis" [4] durante los años de la lucha por el poder fue sangrienta y, en ocasiones,
mortal. No es ninguna casualidad que Horst Wessel, nada menos que el autor de la marcha oficial del NSDAP (Die Fahne Hoch - La bandera en alto) fuera asesinado por dos comunistas. Y no era para sorprenderse. Lenin había sido muy claro en sostener su tesis de
que el éxito de la Revolución Bolchevique no dependía de Rusia sino de la
conquista de Alemania. Lenin en su informe político del Comité Central, el 7 de
Marzo 1918 al Séptimo Congreso Extraordinario del Partido Comunista Ruso
expresó:
"Es una lección, porque es una verdad absoluta, que sin una
revolución alemana estamos perdidos (...). En todo caso, bajo todas las
circunstancias concebibles, si la revolución alemana no se produce, estamos
perdidos."
[5]
Y antes de eso, en una conversación con G.
Solomon había aclarado que su objetivo en Rusia era solo una etapa porque:
(…) no se trata de Rusia en absoluto. Rusia me importa un pito. Es solo
una fase por la cual tenemos que pasar en nuestro camino hacia la revolución
mundial". [6]
Y no solo Lenin
pensaba así. Trotsky apoyaba exactamente la misma estrategia y eso constituyó
uno de los principales motivos que lo enfrentó con Stalin quien, luego de la
muerte de Lenin, comenzó a imponer su visión del "socialismo en un solo
país" como estrategia de inicio para luego, contando con el poder de una
Rusia desarrollada, fortalecida y convenientemente armada, avanzar sobre Europa
y, dado el caso, sobre el resto del mundo.
El hecho es que la
inteligencia militar alemana conocía perfectamente esta situación y Hitler,
quien durante sus primeros años de lucha política había estado muy cerca del
aparato de inteligencia del ejército, la conocía también y no se hacía ninguna
ilusión con los comunistas. Sabía que una colisión entre una Alemania
nacionalsocialista y una Rusia bolchevique era absolutamente inevitable a la
corta o a la larga.
El Pacto
Ribbentrop-Molotov no fue ningún acuerdo entre potencias deseosas de
fortalecerse promoviendo intereses compartidos. Fue una jugada de póker
político entre dos estados apostando a ver quién engañaba al otro con mayor
ventaja.
Aparte de todos
estos datos hay un hecho al inicio mismo de la guerra que necesariamente debió
haber llamado la atención de Hitler y su Estado Mayor.
Como se sabe, los
alemanes cruzan la frontera occidental de Polonia el 1º de Septiembre de 1939.
Lo que pocas veces se menciona es que los bolcheviques rusos la invaden
cruzando su frontera oriental el 17 de Septiembre, apenas unos 16 días después.
Cuando ambos ejércitos se encuentran no solamente no hay ni siquiera una escaramuza
entre ellos sino que hasta organizaron un desfile conjunto en la localidad de
Brest-Litovsk el 22 de Septiembre de 1939 para sellar la victoria.
No obstante, lo
curioso de esto no es tanto la sincronización de ambos ejércitos y el nunca
mencionado desfile. Lo que llama la atención es que Inglaterra y Francia le
declararon la guerra a Alemania el 3 de Setiembre de 1939 – es decir apenas dos
días después de la invasión alemana – pero se abstuvieron de hacer lo mismo con
Rusia después del 17 de Septiembre a pesar de que Alemania y Rusia eran – al
menos según los papeles – aliados en ese momento.
Si Hitler
necesitaba una confirmación de que Stalin no era de confiar, la no-condena a
Rusia por haber hecho exactamente lo mismo que Alemania le brindó una certeza
absoluta: la guerra contra Rusia no solo era inevitable; en algún momento incluso
se haría necesaria.
Stalin asumía que la guerra en el oeste sería una larga
repetición de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Cuando Polonia cayó
en 5 semanas en 1939, Francia cayó en apenas seis en 1940 y los ingleses
tuvieron que abandonar el continente europeo en Dunkerke, el jefe soviético se
dio cuenta, demasiado tarde, de que había ayudado a crear un monstruo militar muy
poderoso que ahora podía apuntar directamente hacia Moscú.
"El Rompehielos" (Ledokol, 1989) de
Viktor Suvorov [7] es considerado uno de los libros más
polémicos, disruptivos y comercialmente exitosos de la historiografía de la
Segunda Guerra Mundial.
La obra inauguró la llamada "controversia de Suvorov"
al plantear una tesis radicalmente revisionista sobre los orígenes del
conflicto en el Frente Oriental.
La hipótesis de Suvorov sostiene que Stalin planeaba invadir
Alemania y conquistar toda Europa Occidental en el verano de 1941,
tentativamente en julio, bajo la operación encubierta Tormenta.
Según el autor, Stalin utilizó deliberadamente a Alemania
como un "rompehielos" de la revolución comunista. Su plan consistía
en dejar que Hitler destruyera las potencias occidentales y debilitara a
Europa, para luego lanzar una invasión masiva desde el este y presentarse como
el "liberador" del continente. Siguiendo esta lógica, la Operación
Barbarroja de Hitler el 22 de junio de 1941 no fue una agresión imperialista
arbitraria, sino un ataque preventivo de último minuto que se anticipó por
pocas semanas a la ofensiva soviética.
Para defender su postura, Suvorov analiza datos técnicos del
Ejército Rojo recopilados antes de la apertura de los archivos oficiales
postsoviéticos pero muchos de los cuales fueron confirmados luego de 1991,
especialmente la manipulación de la realidad por parte del periodismo soviético
que veremos más adelante.
Suvorov destaca que las tropas soviéticas estaban acumuladas
directamente en las fronteras, sin fortificaciones defensivas profundas, con
los puestos de mando expuestos al fuego de artillería inicial y sin preparación
para pasar el invierno en territorio propio.
Señala el desarrollo masivo de los tanques de la serie BT
diseñados para altas velocidades en autopistas pavimentadas como las de
Alemania, pero inútiles en los caminos de tierra de la URSS, y la existencia de
un millón de paracaidistas entrenados, una fuerza puramente ofensiva.
Otro elemento de juicio que aporta Suvorov son algunos
discursos de Stalin y la forma en que fueron tratados por el régimen. De hecho,
el análisis de los discursos reales de Stalin en 1939 y 1941 es crucial para
entender la geopolítica soviética previa a la invasión alemana, ya que ilustran
la evolución de su estrategia: de un pragmatismo cínico que buscaba el desgaste
de Occidente, a la preparación contrarreloj para una guerra inevitable.
Existen dos discursos clave — uno controvertido y otro
secreto pero confirmado — que definen este periodo.
Cuatro días antes de firmar el Pacto Ribbentrop-Molotov,
Stalin presuntamente pronunció un discurso secreto ante los miembros del
Politburó. Se trata del polémico discurso del 19 de agosto de 1939. Su
autenticidad sigue siendo objeto de debate académico. Fue descubierto en los
archivos franceses en la década de 1990 y, aunque el Kremlin siempre lo tildó
de falsificación, muchos historiadores revisionistas argumentan que refleja
fielmente las intenciones reales de Stalin.
"Si firmamos un
tratado con Francia y Gran Bretaña, Alemania renunciará a Polonia y buscará un
modus vivendi con las potencias occidentales. La guerra se evitará... pero las
cosas serían peligrosas para la URSS.
Si aceptamos la propuesta alemana de un pacto de no agresión, Alemania invadirá
Polonia y la intervención de Francia e Inglaterra será un hecho. Europa
Occidental sufrirá graves desórdenes. En estas condiciones tendremos muchas
posibilidades de mantenernos al margen del conflicto y podremos entrar en la
guerra cuando nos sea ventajoso". [8]
Stalin veía la guerra europea como una oportunidad dorada.
Su objetivo no era salvar la paz, sino provocar un conflicto prolongado entre
las potencias capitalistas y fascistas. Una vez que ambas partes estuvieran
completamente agotadas, la URSS podría intervenir para expandir el sistema
comunista por todo el continente.
El discurso secreto del 5 de mayo de 1941 (ante graduados de
la Academia Militar) es, a diferencia del anterior, 100% oficial y documentado,
aunque se mantuvo bajo estricto secreto en la URSS durante décadas. Stalin
habló ante más de 2,000 graduados del Ejército Rojo en el Gran Palacio del
Kremlin. [9]
En ese discurso Stalin rompe drásticamente con la propaganda
oficial que desde 1939 pintaba a Alemania como una nación amiga. Admitió
abiertamente que la guerra con el Tercer Reich era inminente. Tras las rápidas
victorias alemanas en Francia y los Balcanes, el Ejército Rojo estaba
aterrorizado. Stalin dedicó gran parte del discurso a desinflar el mito de la
"invencibilidad nazi", argumentando que Alemania estaba exhausta, que
su economía dependía del saqueo y que sus tácticas ya eran predecibles.
"Hasta ahora hemos
llevado a cabo una política exterior pacífica y defensiva... Pero ahora que
hemos reconstruido nuestro ejército, lo hemos equipado con tecnología moderna
para el combate y nos hemos vuelto fuertes, debemos pasar de la defensa a la
ofensiva. Al asegurar la defensa de nuestro país, estamos obligados a actuar de
manera ofensiva. Debemos pasar de una política defensiva a una política militar
ofensiva". [10]
La lectura objetiva de estos discursos demuestra el crudo
realismo de Stalin.
En 1939 su prioridad era el aislamiento geopolítico. Utilizó
el pacto con Hitler para ganar territorio protector (Polonia oriental, el
Báltico) y desviar la agresión alemana hacia el oeste.
En 1941, al ver que Francia cayó demasiado rápido y que
Hitler acumulaba tropas en la frontera, Stalin entendió que su plan de "desgaste
mutuo en Occidente" había fracasado. El discurso de mayo no revela un plan
detallado para invadir Europa ese verano, sino una reorientación psicológica
desesperada dirigida a sus generales. Intentaba convencerlos de que, cuando la guerra
estallara, la única forma de salvar a la Unión Soviética sería mediante la
ofensiva militar directa, renunciando a la doctrina de la retirada.
El manejo de la propaganda oficial soviética en el periódico
Pravda [11] tras
el discurso secreto del 5 de mayo de 1941 es uno de los ejercicios de censura y
equilibrismo político más fascinantes de la preguerra en Rusia. Muestra la enorme
desconexión que existía entre las advertencias internas que Stalin daba a sus
generales y el pánico del Kremlin a provocar a Hitler.
Aunque el discurso del 5 de mayo ante los graduados
militares fue un punto de inflexión donde Stalin afirmó que la guerra con
Alemania era inevitable y que el Ejército Rojo debía volverse ofensivo, nada de
esto se publicó en el Pravda. Al día siguiente, el 6 de mayo de 1941, Pravda
publicó una reseña extremadamente breve y genérica en su portada. Solo se
mencionaba que Stalin había asistido a la graduación de la academia militar y
que había pronunciado un discurso sobre la "importancia de la formación de
los cuadros militares" y el fortalecimiento de la disciplina. Stalin sabía
que la red de espionaje alemana informaría de inmediato a Berlín si el
periódico oficial soviético adoptaba un tono hostil o anunciaba una doctrina
ofensiva.
Pero el ejemplo más extremo de la línea editorial del Pravda
ocurrió apenas ocho días antes de la invasión nazi. El 14 de junio de 1941, el
periódico publicó en primera plana un comunicado oficial de la agencia de
noticias del Estado (TASS). Este texto es considerado la cumbre del
apaciguamiento propagandístico soviético.
Por de pronto, el Pravda directamente negó la guerra.
El comunicado tachaba de "rumores absurdos y provocaciones de las
potencias capitalistas occidentales (Gran Bretaña)" las informaciones que
apuntaban a una guerra inminente entre la URSS y Alemania. Además el texto
afirmaba textualmente que "Alemania está cumpliendo de manera tan
estricta las condiciones del Pacto de No Agresión Germano-Soviético como la
propia Unión Soviética", y que el movimiento de tropas alemanas hacia
el este no tenía nada que ver con las relaciones soviético-alemanas.
Stalin ordenó publicar esto en el Pravda como un
mensaje directo a Hitler, intentando forzar un canal de negociación diplomática
de último minuto.
Durante las semanas posteriores al discurso de mayo y hasta
el 22 de junio, el Pravda mantuvo una dualidad desconcertante para la
población soviética. Se ensalzaba la amistad con Alemania. Se publicaban fotos
de trenes de mercancías soviéticos cruzando la frontera con grano para el
Tercer Reich y se criticaba duramente el "imperialismo británico".
Pero en el plano interno y entrelíneas, aunque no se mencionaba a Alemania como
enemiga, el Pravda incrementó de forma masiva los artículos sobre la "preparación
para la defensa de la patria", el heroísmo histórico del pueblo ruso
frente a invasores extranjeros y llamamientos sutiles a la vigilancia
fronteriza.
El 22 de junio de 1941 el relato colapsó. La estrategia de
desinformación masiva en los medios oficiales tuvo consecuencias catastróficas.
Al prohibir al Pravda preparar psicológicamente a la población y a las
tropas para una agresión alemana inminente, el Kremlin provocó que el estallido
de la Operación Barbarroja tomara por sorpresa absoluta a millones de
ciudadanos y soldados.
La mañana del 22 de junio de 1941, cuando las acciones
bélicas ya se habían desencadenado, las imprentas del Pravda todavía
distribuían periódicos que hablaban de la sólida paz y cooperación económica
con el Tercer Reich. El periódico tuvo que ser reestructurado de urgencia en
cuestión de horas para pasar, ahora sí de forma abierta, a la invocación de la "Gran
Guerra Patria" como imagen convocadora para la defensa patriótica de
Rusia.
Esa "Gran Guerra Patria" es lo que la Federación Rusa reivindica al día de hoy como la gran victoria rusa (y no necesariamente soviética) en la Segunda Guerra Mundial y es a lo que Vladimir Putin se refiere cuando dice que "Los que no añoran a la Unión Soviética no tienen corazón... pero los que quisieran reconstruirla no tienen cerebro".
El fin es sabido. Alemania perdió la guerra por toda una
serie de razones que exceden y por mucho el marco de esta nota; pero no la
perdió por una estrategia equivocada de su máximo líder. Hitler supo muy bien lo que hacía y no se
equivocó respecto de Stalin. Lo que sucedió fue que hubo toda una serie de
inconvenientes y errores tácticos que frenaron el avance alemán cuando ya
estaba a las puertas de Moscú. Luego actuó el "General Invierno", el
desastre de Stalingrado y, a partir de allí, ya no hubo forma de parar a la
"aplanadora" rusa en el Este. A la misma se sumaron los ejércitos
británicos ingleses y norteamericanos por el Sur y el Oeste. Alemania, atrapada
otra vez en una guerra entre dos frentes, combatió hasta el final pero no pudo
evitar la derrota.
Stalin, con su astucia georgiana, fue en realidad el único
claro vencedor de la Segunda Guerra Mundial. Churchill y los ingleses ganaron
la guerra pero perdieron su imperio. A Francia le pasó lo mismo. Con el correr de los años tuvo que desprenderse de todas sus colonias en
el Medio Oriente[12], Asia
[13],
la India [14], el
Norte de África [15] y el África Subsahariana[16]. Estados Unidos empleó su táctica de entrar
tarde en la guerra, cuando los contendientes ya se hallaban cansados, tuvo un
papel razonablemente bueno en Europa pero se metió en un tembladeral en la zona
del Asia-Pacífico en donde tuvo que usar dos bombas atómicas para producir la
masacre de Hiroshima y Nagasaki a fin de vencer a Japón y se involucró en la
geopolítica de la zona lo cual le trajo, por añadidura, las sangrientas crisis
de Corea primero y Vietnam después.
Hoy (2026), a 81 años del fin de la guerra, si alguien
preguntara "¿quién perdió la Segunda Guerra Mundial?" la respuesta
obvia sería " Europa". Pero hilando más fino y pensando las cosas
hasta el final, alguien podría responder: "todo Occidente".
Y nadie tendría argumentos válidos para contradecirlo.
Los datos fueron recabados ordenados
y validados utilizando Inteligencia Artificial, la cual no se ha empleado para la evaluación y el
análisis histórico-político de los mismos.
[1]
)- William Ebenstein nació (…) en Jazłowiec, Galitzia, como ciudadano
austrohúngaro. Provenía de una respetada familia judía cuyos antepasados incluían al rabino Jacob Jehoschua Falk.
(...) En 1936, emigró a los
Estados Unidos. (...) Al igual que muchos otros abogados
germano-estadounidenses, se puso al servicio de los EE.UU. durante la Segunda
Guerra Mundial. Trabajó para el servicio de inteligencia estadounidense,
entrenando personal para la ocupación de los países del Eje.
Cf. https://de.wikipedia.org/wiki/William_Ebenstein
(en alemán)
[2]
)- Wilfred von Oven – secretario
referente de prensa en el Ministerio de Prensa y Propaganda alemán – atribuía
la frase a su jefe Joseph Goebbels. Así y todo, el dicho curiosamente también apareció
en el famoso videojuego de estrategia Command & Conquer: Red
Alert 2 (2000). Allí, quien la
pronuncia es el General Aleksandr Romanov, el imaginario jefe de
las fuerzas de la Unión Soviética.
[3]
)- Dedicatoria del libro "La
Guerra Desconocida" de Otto Skorzeny. Disponible en https://lanuevaeditorialvirtual.blogspot.com/2024/04/otto-skorzeny-la-guerra-desconocida.html
[4]
)- Las palabras "nazi" y
"sozi" fueron apócopes muy comunes en la jerga política alemana de la
década de los años 1920, especialmente en Berlín, para designar a los nazionalsozialisten
y a los sozialisten (nacionalsocialistas y socialistas en
alemán) respectivamente.
[5]
)- http://www.marxists.org/archive/lenin/works/1918/7thcong/01.htm
[6]
)- Louis Fischer, Lenin,
Bruguera, Barcelona, 1966, pág. 46
[7] )- Seudónimo de Vladímir Rezun, un exoficial de la inteligencia militar soviética GRU.
[9]
)- https://www.quora.com/Can-you-provide-examples-of-powerful-speeches-given-by-Stalin-and-what-their-content-was
[11]
)- Órgano oficial del Comité
Central del Partido Comunista soviético.
[12]
)- Líbano y Siria: Ambos
protectorados consiguieron su independencia total entre 1943 y 1946.
[13]
)- Vietnam, Laos y Camboya:
Se independizaron formalmente tras los Acuerdos de Ginebra en 1954,
[14]
)- Los enclaves de
Pondicherry, Karaikal, Yanam y Mahé fueron transferidos a la administración de
la India entre 1954 y 1962
[15]
)- Marruecos y Túnez: Francia
les concedió la independencia pacífica en 1956. Tras una cruenta y traumática guerra de
liberación (1954-1962), Argelia logró su total independencia en 1962 mediante
los Acuerdos de Evian.
[16]
)- En 1960 (conocido como el
"Año de África"), Francia disolvió formalmente sus estructuras
coloniales en el continente, otorgando la independencia a más de una docena de
repúblicas actuales, incluidas Senegal, Costa de Marfil, Camerún, Madagascar, Níger
y Mali, entre otras.
[17]
)- Polonia, Rumania,
Bulgaria, Hungría, Albania, Checoslovaquia y la parte oriental de Alemania.
[18]
)- Estonia, Letonia, Lituania,
Moldavia y Partes de Polonia, Finlandia (Carelia) y Alemania (Königsberg, hoy enclave
ruso de Kaliningrado).
La enorme mayoría
de las personas vive su vida sin hacer demasiadas preguntas. La vive
con la atención puesta en sus cosas, en sus problemas, en sus anhelos, en sus
inquietudes. Y vive esa vida como si fuese la única.
En cierto sentido
lo es. La vida de cada individuo biológico es singular, intransferible y, casi
con certeza, irrepetible; pero no es la única vida que existe, ni la única vida
posible. En realidad, la vida de cada uno de nosotros es como una caja dentro
de otra caja, que está contenida otras varias cajas. Y, por la miopía de
nuestros paradigmas cotidianos, no vemos sino los límites de la primera caja
que nos contiene.
En realidad,
estamos metidos dentro de muchas cajas. Formamos parte de grupos humanos, somos
parte de estructuras organizadas, pertenecemos a una familia, a una sociedad, a
una profesión, a una empresa, a un tiempo, a una época, a una civilización, a
una cultura… con su tecnología, su ciencia, sus creencias, sus mitos, sus
hábitos y sus costumbres. La mayoría enorme de las personas ni siquiera tiene
conciencia de que habla un idioma – lo que significa que piensa en ese idioma –
que, de haber nacido en otra parte, bien podría haber sido otro. Con lo que
podría haber sido la misma persona pero de un modo diferente. Porque el idioma
nos condiciona y es una de las tantas cajas que, de algún modo, contiene y
hasta determina en algún grado nuestra forma de pensar.
Nos levantamos,
trabajamos, comemos, viajamos, nos informamos, usamos cosas, compramos cosas,
pensamos, deseamos, amamos, odiamos, dormimos y, al día siguiente, empezamos
todo de nuevo con una especie de presunción tácita de que nuestro Yo es el
centro alrededor del cual gira todo el Universo.
Oficialmente y
según lo que nos han enseñado en la escuela, es cierto que ya no afirmamos que
el Universo gira alrededor de la tierra. Pero seguimos creyendo que todo gira
alrededor de nosotros mismos. Nuestro más profundo inconsciente
sigue siendo geocéntrico. Porque, aunque sepamos que la tierra es la que gira
alrededor del sol, seguimos concibiendo al sol como un viajero del cielo. Por
eso en nuestro lenguaje cotidiano seguimos diciendo que el sol “sale” por el
Este “se pone” por el Oeste.
En realidad,
mientras algunas personas colocan satélites en órbita, millones de otras
personas siguen pensando en las estrellas con la misma infantil candidez que
tuvieron los sumerios hace más de cinco milenios.
Buena parte de
esta actitud se debe a que tenemos Historia pero no somos conscientes de que
formamos parte de ella. Estudiamos Historia como si la misma le hubiera
sucedido a otros. Leemos Manuales de Historia y la enorme mayoría de las veces
nadie tiene ni idea acerca de qué tiene todo eso que ver con nuestra propia
actualidad. Egipto, Grecia, Roma, el Medioevo, son como cuentos de hadas que
narran hechos sucedidos en tiempos indefinidos, en lugares lejanos, a gente
extraña. Ni nos damos cuenta de que esas historias, en muchísimos casos, cuentan
la biografía de nuestros antepasados.
Por otro lado, no
tenemos una Historia. Tenemos varias. Tantas como corrientes de pensamiento,
modas, mitos o ideologías se nos ha ocurrido inventar. Exceptuando un par de
cronologías asépticas, todas las demás obras de Historia difieren entre sí. Las
escritas por los católicos no concuerdan con las que escribieron los marxistas;
las escritas por liberales celebran hechos que denostan los conservadores; los
historiadores liberales nos presentan una Historia distinta a la que
escribieron los tradicionalistas. Los economistas nos hablan de una Historia
diferente a la de los políticos; la de los teólogos no concuerda con la de los
artistas; la de los científicos es incongruente con la de los militares. Cada
secta, cada moda filosófica, cada profesión, cada ideología tiene su propia
Historia acomodada convenientemente a sus necesidades, objetivos y prejuicios.
En sí mismo, en muy última instancia el hecho es humanamente comprensible: todos los vencedores siempre han construido vallas culturales alrededor de su victoria para consolidarla. Lo peligroso es que no queremos darnos cuenta de ello y lo inadmisible es que lo neguemos a la hora de tener que sacar de la Historia real las consecuencias pertinentes. Con eso, al final se verifica lo que decía Huxley: “Quizá la única lección que nos enseña la Historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la Historia”.
Con una visión
así de nuestro devenir, terminamos muchas veces colocando el carro delante de
los caballos. No usamos la experiencia que podría darnos la Historia para
aprender cómo se hacen las cosas, o bien como no deberían hacerse. Procedemos a
la inversa: dejamos correr nuestra fantasía y nuestros deseos para construir
castillos en el aire
Así surge todo un
cúmulo de mitos, leyendas y fantasías en las que creemos firmemente,
ahuyentando nuestras dudas con el argumento que se basan en hechos
"históricamente demostrados". Perdemos de vista que, con tan sólo un
poco de habilidad dialéctica, con tan sólo un poco de arbitrariedad en la
selección de los acontecimientos, con tan sólo un poco de licencia poética,
prácticamente no hay fábula que no pueda presentarse como supuestamente fundada
en hechos históricos.
Hemos construido
de este modo toda una serie de utopías justificadas con mitos. Algunos de ellos
totalmente irreales y otros que no son sino tremendas exageraciones de
fenómenos que en realidad fueron completamente diferentes. El problema con
estas construcciones arbitrarias es que no son leyendas inocentes. Nuestra
mitología no es como fue la de los griegos. No es la expedición poética al
reino de una fantasía poblada de personajes más o menos creíbles pero que nunca
tuvieron la pretensión de ser necesariamente reales. Nuestras mitologías no
son obras con intenciones artísticas sino engendros con ínfulas de verdad
científica construidos sobre bases ilusorias.
Dando por buenos
a estos delirios hemos terminado por creer y aceptar que todo el universo se
basa en ellos. El resultado es que vivimos creyendo que el mundo funciona de
cierta manera cuando, en realidad, lo hace de una forma completamente distinta.
Confundimos expresiones de deseos con afirmaciones de hechos.
Lo peor de todo
es que, cuando aparecen los hechos que deberían hacernos dudar de la validez de
nuestras fantasías, en no pocas ocasiones nos aferramos a la fantasía y nos
negamos a aceptar los hechos. En el fondo, en algún recoveco de nuestro inconsciente,
sabemos sin embargo que el mundo no es como desearíamos que fuese. Pero nuestra
voluntad, impulsada por la fantasía del deseo, responde con un encogimiento de
hombros y usamos nuestra razón para construir argumentos increíblemente
rebuscados a fin de salvar la fantasía a pesar de todo.
Con este método
hemos logrado fundar toda una civilización con una andamiaje cuya mayor parte no
es más que una expresión de deseos. Y tratamos de sostener esos deseos con la
excusa, parcialmente cierta, de que todo desarrollo y todo progreso se
detendría si no nos pusiésemos objetivos lejanos aparentemente imposibles. Por
desgracia, cuando la realidad demuestra que ciertos proyectos son simplemente
estúpidos, en lugar de abandonar la estupidez nos enojamos con la realidad.
Afirmamos que nuestra civilización está basada en una determinada serie de elementos formales cuando la verdad es que se basa en una serie completamente distinta de factores efectivos. Con demasiada frecuencia hay un abismo entre lo real y lo formal; y demasiadas veces o bien lo negamos para no tener que admitirlo, o bien nos ilusionamos con la falacia de afirmar que en el futuro las inconsistencias se resolverán mediante el mismo proceso que las produjo.
Así como no tenemos una noción clara de las estructuras reales de nuestra civilización, tampoco tenemos una visión concreta de nuestras ataduras sociales. Realmente, en una cantidad alarmante de casos, las personas no tienen ni la más mínima noción de cómo está organizada y cómo funciona la sociedad en la que viven. Muchos creen que las personas simplemente se juntan. Muy pocos tienen una idea, aunque más no sea somera, de lo terriblemente complicado que es el funcionamiento de una sociedad de varios millones de individuos. De lo difícil que resulta disponer las cosas de tal forma que cada cual encuentre razonablemente lo que necesita y que cada cual aporte algo para que todos podamos encontrar luego algo que necesitamos.
Vivimos creyendo
que nuestras relaciones personales se dan sobre una base de espontaneidad.
Millones de personas creen que la vida que llevan es "natural", en el
sentido que se configura por sí misma sin que nadie tenga que hacer un esfuerzo
en especial para lograrlo. Y la verdad es completamente diferente.
Tenemos toda una
serie de comportamientos que son típicos de la especie y de la condición
humana. Ése sustrato es el único Orden Natural que rige nuestros comportamientos.
Sobre ese sustrato hemos construido luego, a lo largo de por lo menos 40.000
años, toda una serie de normas morales completamente convencionales, pero que
tienen la gran virtud de funcionar maravillosamente para mantener comunidades
humanas bien organizadas. Lo que sucede es que últimamente estamos pretendiendo
suplantar esa superestructura moral de efectividad demostrada por toda una
serie de fantasías hedonistas orientadas exclusivamente a hacer posible lo
placentero.
Con la idea de
que “si es placentero tiene que estar permitido”, estamos comenzando a perder
hasta a la estructura social básica de nuestra especie. Sin esa base, toda la
superestructura se está degradando y amenaza con desmoronarse merced a un
individualismo egoísta. Muchos se quejan ya de los fenómenos de degeneración
estructural que se observan a simple vista, pero la verdad es que nadie hace
demasiados esfuerzos por revertirlos. De hecho, muchos ya ni saben cuáles son
los esfuerzos que deberían hacer en absoluto.
No entendemos muy
bien cómo estamos organizados para hacer las cosas; pero también entendemos
cada vez menos las cosas que hacemos y usamos.
No sabemos cómo
funcionan los objetos. Nueve de cada diez propietarios de automóviles no
sabrían cómo averiguar el orden de encendido de un auto naftero. Costaría
encontrar un empleado que supiera cómo funciona el ascensor que usa todos los
días. Un ama de casa difícilmente sepa más de su licuadora que, si pulsa el botón, las cuchillas giran.
Vivimos en un mundo práctico sembrado de miles de aparatos diferentes;
dependemos ya de dichos aparatos; nos pasamos la vida juntando el dinero
necesario para comprarlos; trabajamos fabricándolos. Y, en la enorme mayoría de
los casos, los usuarios no saben cómo funcionan.
Lo peor de todo
es que no nos damos cuenta de lo terriblemente dependientes que nos hemos
vuelto de estos objetos. Hemos organizado nuestras vidas dando por sentada su
existencia y ni nos podemos imaginar el caos que se produciría si, de pronto,
nos faltasen o dejasen de funcionar. Si cortáramos por completo la electricidad
en una gran ciudad, en apenas un par de días tendríamos un sangriento caos.
Es que ya estamos
organizados en función de nuestros aparatos y nuestros servicios. Lo que sucede
es que cada vez hacemos más cosas con menos personas, en menos tiempo, y hay
cada vez más personas sobre el planeta. Lo que hoy hace una línea de producción
robotizada, hace apenas diez años atrás lo hacían cientos de operarios. Nos
hemos fabricado sirvientes mecánicos, memorias electrónicas, esclavos de
material plástico y motores eléctricos. De todos ellos, por lo general,
desconocemos prácticamente todo lo que está debajo de la carcasa. Lo único que
sabemos es lo que hacen después de apretar una tecla. Y aun sabiendo lo que
hacen, seguimos ignorando supinamente el cómo lo hacen. ¿Alguno de ustedes sabe
cómo funciona realmente un teléfono celular? ¿Se animarían a armar uno si
alguien les da una caja con todas las piezas sueltas?
Lo que nos pasa
con los objetos nos pasa también y casi en la misma medida con nuestras
estructuras políticas, sociales y económicas: no sabemos muy bien cómo surgen
las decisiones y cómo se distribuyen las responsabilidades. En este sentido,
las opciones electorales son a los hechos lo mismo que las teclas de comando a
los aparatos. Sabemos aproximadamente cual es el comportamiento que se espera
del candidato pero, habiendo emitido, el voto todo lo que sucede después está
completamente fuera de nuestro alcance.
En cuanto a las
instituciones públicas hay un modelo formal, teórico, según el cual se supone
que deberían funcionar. Pero todo el mundo sabe que la realidad es otra. Nadie
tiene una visión clara de cuáles son los principios básicos por los cuales
realmente se rige la actividad pública. Y los que tienen esa visión, o al menos
alguna idea al respecto, se cuidan mucho de abrir la boca ya que decir la
verdad implicaría mandar de paseo una buena cantidad de fantasías
institucionalizadas consideradas sacrosantas. El resultado es que casi nadie
sabe cómo funciona realmente nuestra sociedad y, al no saberlo, tampoco se sabe
qué es lo que hace falta para mantenerla funcionando o – lo que sería harto
deseable – qué deberíamos hacer para que funcione un poco mejor.
Para la enorme
mayoría de la gente, las cosas simplemente suceden. Alguien, en algún lado,
decide cosas que luego aparecen en los titulares. Los periodistas comentan,
todo el mundo opina. Al final, algunas cosas se hacen. Otras no. Otras se hacen
a escondidas. La gran mayoría nunca se entera de quién impulsó la decisión,
quien tomó la iniciativa y con qué criterio la tomó. El tema se agita por unos
días y luego resurge solamente si todo termina en un desastre. Y cuando el
desastre ya es inocultable las responsabilidades se diluyen.
No tenemos idea
de qué tan frágiles son nuestras estructuras. Muchísima gente vive quejándose
de un montón de cosas que andan mal y ni se da cuenta de cuantas cosas andan
razonablemente bien. Menos aún se tiene noción de la enorme cantidad de cosas
que necesitamos todos los días para llevar la vida que llevamos. Hemos perdido
de vista las características y la esencia misma de nuestras relaciones
estructurales y sistémicas. Vivimos en un mundo que, mal que bien, funciona.
Pero la enorme mayoría no sabe por qué funciona ni cómo funciona. Damos por
sentadas demasiadas cosas. Aceptamos como normales y naturales muchísimos
hechos que, en realidad, son terriblemente complicados y dependen de factores
muy críticos que ignoramos casi por completo.
Frente a todo
ello, nos autoengañamos creyendo que podremos mantener el rumbo aferrándonos a
lo que llamamos nuestras ideas. Pero, bien miradas, nuestras grandes ideas son
muchas veces solo caprichosas expresiones de deseos. El mundo no funciona sobre
la base de las ficciones novelescas que cultivamos. El universo que nos rodea,
y del que formamos parte, funciona por relaciones, proporciones,
probabilidades, reglas, leyes, normas y pautas bastante bien establecidas.
Podemos no entenderlas ni conocerlas a todas. Pero si hemos conseguido
evolucionar fue porque, al menos durante miles de años, algunos han tratado de
entender poniendo cuidado de no confundir caprichos humanos con las
posibilidades reales del universo. Últimamente nos hemos vuelto tan soberbios
que hemos comenzado a creer que cualquiera de nuestras extravagancias entra
dentro del ámbito de lo posible.
En muchos rubros
no nos ha ido muy bien que digamos. Y todo parece indicar que, de persistir en
esta tontería, lo único que podemos esperar es que nos irá peor. El confundir
nuestros deseos con nuestras posibilidades reales es, quizás, una de las
características más sobresalientes en nuestra Historia de los últimos cien o
doscientos años.
El fenómeno
tiene, probablemente, su explicación en los grandes logros que innegablemente
hemos conquistado. Perdimos gran parte de nuestra capacidad de asombro
precisamente por lo asombroso de nuestros avances científicos y tecnológicos.
Pero estamos algo así como ebrios de éxito y, como todos los ebrios, no dejamos
estupidez sin cometer. La ebriedad nos ha hecho perder en gran parte la noción
de nuestros propios límites. Y esto no es una cuestión de optimismo o
pesimismo. Mucho menos es una cuestión de descreer de la posibilidad de un gran
futuro con conquistas aún más asombrosas que las conseguidas hasta ahora. La
cuestión es más bien repasar un poco los ámbitos en que hemos podido avanzar
con tanto éxito y compararlos con aquellos otros ámbitos en dónde los avances
han sido muchísimo menos espectaculares. La cuestión, como en toda cuestión de
ebriedad, es no perder el equilibrio.
Con la deliberada
actitud de negar la realidad objetiva tarde o temprano terminaremos metiéndonos
en situaciones imposibles de mantener. La tozuda costumbre de aferrarnos a las
expresiones de deseos declarándolas proyectos efectivamente realizables y
nuestra manía de construir castillos en el aire solo para enojarnos luego
cuando no se sostienen, constituyen actitudes que tienen el fracaso asegurado.
Ya nos pasó con el imperio soviético y seguimos negándonos a admitir que el
socialismo del Siglo XX en primer lugar nunca llegó al comunismo y, en segundo
lugar, nunca fue otra cosa que el liberalismo del Siglo XVIII pensado hasta sus
últimas consecuencias.
Por otra parte,
la falta de una visión integradora de la realidad, la falta de una visión
cultural comprensiva, nos está llevando a una especie de atomización producida
por el desgarramiento de nuestro saber en muchas direcciones distintas sin una
guía orientadora que lo estructure en un todo coherente. Estamos en el mejor
camino de tener mucho conocimiento sin nada de saber.
Nos estamos
volviendo más eficientes en muchas actividades. Eficiencia y excelencia son
metas muy apreciadas en nuestra civilización. Pero la mayoría de nuestros
intelectuales se enoja cuando se entera de que tienen un precio. No es posible
lograr eficiencia ni excelencia si los intentos están contaminados de quimeras.
Hemos generado mil formas de escapismo. Desde los alucinógenos hasta la enorme industria del entretenimiento, todo está dirigido a hacernos olvidar la realidad cotidiana. De hecho, nos pesa horrores esa gris reiteración de actos casi automáticos que constituye la mayor parte de nuestras vidas. Nos fugamos de ese aburrimiento recurriendo a la pantalla del televisor. Y en esa pantalla esperamos ver, en imágenes, el mundo que nos niega la realidad de nuestra propia vida. Así, por televisión, corremos las carreras de las que nunca participaremos; miramos los partidos que nunca jugaremos, admiramos mujeres que jamás conoceremos; miramos paisajes que no visitamos; peleamos las guerras que nunca libramos y los norteamericanos han llegado hasta a ganar en la pantalla las guerras que perdieron en el campo de batalla.
Lo curioso es que
nos refugiamos en esos mundos ilusorios justo en una época que ha abierto la
frontera más inmensa y fantástica de todas las fronteras que ha conocido
nuestra especie. Nos refugiamos en las alucinaciones justo al día siguiente de
haber llegado a la luna. Es como si renunciáramos a nuestra vocación de
conquista justo el día antes de lograr la posibilidad de emprender la más
impresionante conquista de todas. Producimos preocupadísimos trabajos sobre el
problema de la explosión demográfica y, sin solución de continuidad,
protestamos airados por el costo de la investigación espacial argumentando la
cantidad de escuelas que podrían haberse construido por el precio de un
satélite. Nos estamos quedando sin espacio por un lado y, por el otro,
denigramos los esfuerzos que pueden conducirnos a ganar el más fenomenal
espacio que jamás nos hayamos imaginado.
Pero, aun con
toda esta anarquía conceptual; a pesar de nuestras confusiones, dudas y
conflictos, seguimos haciendo cosas, seguimos cambiando, articulando,
modificando y transformando el mundo en el que vivimos. Seguimos enamorados del
Progreso – así con mayúscula – que es uno de los viejos mitos heredados de los intelectuales
de la Revolución Industrial.
El problema es
que, a decir verdad, nunca terminamos de definir con precisión qué debíamos
entender por "Progreso". Últimamente los grandes gurúes de la
economía y de las teorías de la administración ya ni se preocupan por definir
el Progreso. Ahora les basta con hablar de cambio.
El mensaje de todos los nuevos gurúes del management moderno es prácticamente unánime: El mundo cambia. Estamos inmersos en vertiginosos procesos de cambio. Quienes se resistan a él serán barridos de la escena. Quienes consigan alinearse prosperarán. Quienes sean capaces de anticiparse al cambio serán los verdaderos triunfadores del mañana. Empresas gigantescas han ido a la quiebra por no haber sabido detectar el cambio. Programas costosísimos terminaron en el cesto de papeles porque el producto diseñado se había vuelto obsoleto aun antes de salir de la línea de montaje. Productos que ningún industrial miope quiso fabricar se convirtieron en negocios de varios cientos de millones de dólares por obra y gracia de algún visionario que supo prever las necesidades que crearía el cambio. Los grandes gurúes predican la necesidad de aceptar la convivencia con el cambio. Nos dicen que debemos admitir el cambio no sólo porque significa Progreso sino por algo mucho más drástico: porque se ha vuelto inevitable.
Que es casi lo
mismo que decir que se nos ha escapado de las manos. Si nunca definimos
realmente al Progreso, menos aún estamos ahora en posición de saber adónde nos
está conduciendo esta manía por el cambio y esta idolatría de lo nuevo. Los
mismos gurúes que predican la religión del cambio están desesperadamente
tratando de elaborar métodos prácticos que nos permitan anticiparlo. Todas las
modas administrativas de los últimos años se topan tarde o temprano con el
mismo escollo: estamos sumergidos en una verdadera orgía de cambios pero
¿alguien tiene una idea clara de hacia dónde nos llevan?
En realidad, lo
único que los grandes teóricos del cambio saben con certeza acerca de nuestro
futuro es que será diferente. Y, si es cierto que eso es todo lo que saben,
nuestro futuro promete ser bastante triste. Si lo único que sabemos del devenir
de nuestra civilización es que cambiará constantemente, lo que en realidad nos
ha sucedido es que hemos perdido la capacidad de construir el futuro. Y, si no
tenemos una idea – aunque más no sea aproximada – del futuro que estamos
construyendo, ¿qué nos hace pensar que estamos autorizados a seguir invocando
al Progreso como justificación de nuestros actos; sea lo que fuere que este
Progreso significa de todos modos?
Si no podemos imaginar
y diseñar un futuro posible, la triste verdad es que ya no tenemos futuro
porque estamos en las manos del azar. Deberíamos parar un momento y
preguntarnos: ¿Es serio todo esto? ¿Podemos enfrentar el actual milenio con
esta aplastante pobreza de ideas y con esta casi increíble esterilidad
creativa?
En la mitología
de Roma, Ianus era el guardián del portal de acceso a los cielos y el dios de
los comienzos y los desenlaces. Los artistas de la época lo representaban con
dos rostros: uno mirando hacia el pasado y el otro hacia el futuro. Se lo
invocaba al comienzo de cada año y así fue como su nombre dio origen al del
primer mes del calendario, Ianuarius, denominación de la cual se deriva nuestro
actual Enero.
Estamos no sólo
en un nuevo siglo sino, además, en un nuevo milenio. Quizás nos haría bien
inspirarnos un poco en el antiguo dios bifronte: mirar hacia el pasado para
aprender de nuestra experiencia y luego mirar hacia el futuro sabiendo que
puede ser mejor si dejamos de lado muchas de las tonterías que insistimos en
seguir cometiendo.
Todo lo que
propongo y pretendo es que nos detengamos un poco a reflexionar. A pensar en
serio y sin prejuicios sobre algunas cosas. En principio, deberíamos meditar en
profundidad tanto sobre los gastados clisés a los que con tan irracional pasión
nos aferramos, como sobre el camino que se abre ante nosotros para ser
transitado durante los próximos diez siglos. Porque sería hacer ficción pura
hablar del futuro sin haber entendido – o al menos tratado de entender – tanto
nuestra realidad actual como la verdadera realidad de nuestro pasado. Hablar de
lo que podemos hacer sin haber hecho el intento de comprender lo que somos y la
forma en que hemos llegado hasta aquí sería como saltar en paracaídas con una
venda en los ojos.
Por eso, la
propuesta es atrevernos a aceptar la realidad de nuestro presente; atrevernos a
tener otra vez un futuro y, de paso, tanto como para despejar el terreno,
quizás sería bueno poner bajo la lupa a buena parte de esos clisés que
heredamos y que estamos aceptando sin mayor análisis. Tenemos que aprender a
hacer dos cosas: a mirar los problemas de frente y a tirar lastre. Tenemos que
juntar el coraje intelectual de aceptar el desafío del actual milenio, que no
es sino el desafío que nos lanzan nuestras propias posibilidades. Posibilidades
que en gran medida nacen de la rica experiencia que el Homo Sapiens ha
adquirido a lo largo de su existencia.
Pero, para hacer
las cosas bien, muy posiblemente tengamos que tirar por la borda muchos
prejuicios. El Mundo no es como lo pintan los dogmas oficiales ni ha sido como
lo describen las Historias sectarias. Estamos mirando nuestro mundo a través de
una pequeña ventana, y tarde o temprano deberemos admitir que los cristales de
esa ventana distorsionan. Por eso, lo aconsejable sería abrirla de una vez por
todas. Tanto como para que entre un poco de aire fresco y también para ver con
mayor claridad.
Y si la ventana
resulta estar atascada, alguien, en algún momento, tendrá que decidirse a
romper el vidrio. Al fin y al cabo, el precio de un par de vidrios rotos es
poco comparado con el beneficio de recuperar un pasado real y volver a tener un
futuro posible.