Denes Martos
Me hago responsable por lo que digo; no por lo que Usted entiende.
sábado, 18 de julio de 2026
sábado, 4 de julio de 2026
ROMPAMOS ALGUNOS VIDRIOS
Los horizontes limitados
La enorme mayoría
de las personas vive su vida sin hacer demasiadas preguntas. La vive
con la atención puesta en sus cosas, en sus problemas, en sus anhelos, en sus
inquietudes. Y vive esa vida como si fuese la única.
En cierto sentido
lo es. La vida de cada individuo biológico es singular, intransferible y, casi
con certeza, irrepetible; pero no es la única vida que existe, ni la única vida
posible. En realidad, la vida de cada uno de nosotros es como una caja dentro
de otra caja, que está contenida otras varias cajas. Y, por la miopía de
nuestros paradigmas cotidianos, no vemos sino los límites de la primera caja
que nos contiene.
En realidad,
estamos metidos dentro de muchas cajas. Formamos parte de grupos humanos, somos
parte de estructuras organizadas, pertenecemos a una familia, a una sociedad, a
una profesión, a una empresa, a un tiempo, a una época, a una civilización, a
una cultura… con su tecnología, su ciencia, sus creencias, sus mitos, sus
hábitos y sus costumbres. La mayoría enorme de las personas ni siquiera tiene
conciencia de que habla un idioma – lo que significa que piensa en ese idioma –
que, de haber nacido en otra parte, bien podría haber sido otro. Con lo que
podría haber sido la misma persona pero de un modo diferente. Porque el idioma
nos condiciona y es una de las tantas cajas que, de algún modo, contiene y
hasta determina en algún grado nuestra forma de pensar.
Nos levantamos,
trabajamos, comemos, viajamos, nos informamos, usamos cosas, compramos cosas,
pensamos, deseamos, amamos, odiamos, dormimos y, al día siguiente, empezamos
todo de nuevo con una especie de presunción tácita de que nuestro Yo es el
centro alrededor del cual gira todo el Universo.
Oficialmente y
según lo que nos han enseñado en la escuela, es cierto que ya no afirmamos que
el Universo gira alrededor de la tierra. Pero seguimos creyendo que todo gira
alrededor de nosotros mismos. Nuestro más profundo inconsciente
sigue siendo geocéntrico. Porque, aunque sepamos que la tierra es la que gira
alrededor del sol, seguimos concibiendo al sol como un viajero del cielo. Por
eso en nuestro lenguaje cotidiano seguimos diciendo que el sol “sale” por el
Este “se pone” por el Oeste.
En realidad,
mientras algunas personas colocan satélites en órbita, millones de otras
personas siguen pensando en las estrellas con la misma infantil candidez que
tuvieron los sumerios hace más de cinco milenios.
El pasado que distorsionamos.
Buena parte de
esta actitud se debe a que tenemos Historia pero no somos conscientes de que
formamos parte de ella. Estudiamos Historia como si la misma le hubiera
sucedido a otros. Leemos Manuales de Historia y la enorme mayoría de las veces
nadie tiene ni idea acerca de qué tiene todo eso que ver con nuestra propia
actualidad. Egipto, Grecia, Roma, el Medioevo, son como cuentos de hadas que
narran hechos sucedidos en tiempos indefinidos, en lugares lejanos, a gente
extraña. Ni nos damos cuenta de que esas historias, en muchísimos casos, cuentan
la biografía de nuestros antepasados.
Por otro lado, no
tenemos una Historia. Tenemos varias. Tantas como corrientes de pensamiento,
modas, mitos o ideologías se nos ha ocurrido inventar. Exceptuando un par de
cronologías asépticas, todas las demás obras de Historia difieren entre sí. Las
escritas por los católicos no concuerdan con las que escribieron los marxistas;
las escritas por liberales celebran hechos que denostan los conservadores; los
historiadores liberales nos presentan una Historia distinta a la que
escribieron los tradicionalistas. Los economistas nos hablan de una Historia
diferente a la de los políticos; la de los teólogos no concuerda con la de los
artistas; la de los científicos es incongruente con la de los militares. Cada
secta, cada moda filosófica, cada profesión, cada ideología tiene su propia
Historia acomodada convenientemente a sus necesidades, objetivos y prejuicios.
Para colmo, una enorme cantidad de las Historias Oficiales está directamente falsificada. Miramos hacia nuestro pasado a través de un catalejo cuya óptica se halla tallada por los anhelos y los propósitos de quienes han construido nuestro presente. Muchísimas personas no tienen ni idea de la medida en que esas Historias han sido tergiversadas, manipuladas y hasta falsificadas por los vencedores de diferentes guerras y conflictos. Es que los vencedores han usado la Historia para demostrar que sus opiniones son acertadas; la utilizan como prueba de la rectitud de sus intenciones y la imponen como Verdad con mayúscula para fortalecer su poder y justificar sus ambiciones.
En sí mismo, en muy última instancia el hecho es humanamente comprensible: todos los vencedores siempre han construido vallas culturales alrededor de su victoria para consolidarla. Lo peligroso es que no queremos darnos cuenta de ello y lo inadmisible es que lo neguemos a la hora de tener que sacar de la Historia real las consecuencias pertinentes. Con eso, al final se verifica lo que decía Huxley: “Quizá la única lección que nos enseña la Historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la Historia”.
Las utopías que construimos.
Con una visión
así de nuestro devenir, terminamos muchas veces colocando el carro delante de
los caballos. No usamos la experiencia que podría darnos la Historia para
aprender cómo se hacen las cosas, o bien como no deberían hacerse. Procedemos a
la inversa: dejamos correr nuestra fantasía y nuestros deseos para construir
castillos en el aire
Así surge todo un
cúmulo de mitos, leyendas y fantasías en las que creemos firmemente,
ahuyentando nuestras dudas con el argumento que se basan en hechos
"históricamente demostrados". Perdemos de vista que, con tan sólo un
poco de habilidad dialéctica, con tan sólo un poco de arbitrariedad en la
selección de los acontecimientos, con tan sólo un poco de licencia poética,
prácticamente no hay fábula que no pueda presentarse como supuestamente fundada
en hechos históricos.
Hemos construido
de este modo toda una serie de utopías justificadas con mitos. Algunos de ellos
totalmente irreales y otros que no son sino tremendas exageraciones de
fenómenos que en realidad fueron completamente diferentes. El problema con
estas construcciones arbitrarias es que no son leyendas inocentes. Nuestra
mitología no es como fue la de los griegos. No es la expedición poética al
reino de una fantasía poblada de personajes más o menos creíbles pero que nunca
tuvieron la pretensión de ser necesariamente reales. Nuestras mitologías no
son obras con intenciones artísticas sino engendros con ínfulas de verdad
científica construidos sobre bases ilusorias.
Los fundamentos que presuponemos.
Dando por buenos
a estos delirios hemos terminado por creer y aceptar que todo el universo se
basa en ellos. El resultado es que vivimos creyendo que el mundo funciona de
cierta manera cuando, en realidad, lo hace de una forma completamente distinta.
Confundimos expresiones de deseos con afirmaciones de hechos.
Lo peor de todo
es que, cuando aparecen los hechos que deberían hacernos dudar de la validez de
nuestras fantasías, en no pocas ocasiones nos aferramos a la fantasía y nos
negamos a aceptar los hechos. En el fondo, en algún recoveco de nuestro inconsciente,
sabemos sin embargo que el mundo no es como desearíamos que fuese. Pero nuestra
voluntad, impulsada por la fantasía del deseo, responde con un encogimiento de
hombros y usamos nuestra razón para construir argumentos increíblemente
rebuscados a fin de salvar la fantasía a pesar de todo.
Con este método
hemos logrado fundar toda una civilización con una andamiaje cuya mayor parte no
es más que una expresión de deseos. Y tratamos de sostener esos deseos con la
excusa, parcialmente cierta, de que todo desarrollo y todo progreso se
detendría si no nos pusiésemos objetivos lejanos aparentemente imposibles. Por
desgracia, cuando la realidad demuestra que ciertos proyectos son simplemente
estúpidos, en lugar de abandonar la estupidez nos enojamos con la realidad.
Afirmamos que nuestra civilización está basada en una determinada serie de elementos formales cuando la verdad es que se basa en una serie completamente distinta de factores efectivos. Con demasiada frecuencia hay un abismo entre lo real y lo formal; y demasiadas veces o bien lo negamos para no tener que admitirlo, o bien nos ilusionamos con la falacia de afirmar que en el futuro las inconsistencias se resolverán mediante el mismo proceso que las produjo.
Las personas con las que nos relacionamos.
Así como no tenemos una noción clara de las estructuras reales de nuestra civilización, tampoco tenemos una visión concreta de nuestras ataduras sociales. Realmente, en una cantidad alarmante de casos, las personas no tienen ni la más mínima noción de cómo está organizada y cómo funciona la sociedad en la que viven. Muchos creen que las personas simplemente se juntan. Muy pocos tienen una idea, aunque más no sea somera, de lo terriblemente complicado que es el funcionamiento de una sociedad de varios millones de individuos. De lo difícil que resulta disponer las cosas de tal forma que cada cual encuentre razonablemente lo que necesita y que cada cual aporte algo para que todos podamos encontrar luego algo que necesitamos.
Vivimos creyendo
que nuestras relaciones personales se dan sobre una base de espontaneidad.
Millones de personas creen que la vida que llevan es "natural", en el
sentido que se configura por sí misma sin que nadie tenga que hacer un esfuerzo
en especial para lograrlo. Y la verdad es completamente diferente.
Tenemos toda una
serie de comportamientos que son típicos de la especie y de la condición
humana. Ése sustrato es el único Orden Natural que rige nuestros comportamientos.
Sobre ese sustrato hemos construido luego, a lo largo de por lo menos 40.000
años, toda una serie de normas morales completamente convencionales, pero que
tienen la gran virtud de funcionar maravillosamente para mantener comunidades
humanas bien organizadas. Lo que sucede es que últimamente estamos pretendiendo
suplantar esa superestructura moral de efectividad demostrada por toda una
serie de fantasías hedonistas orientadas exclusivamente a hacer posible lo
placentero.
Con la idea de
que “si es placentero tiene que estar permitido”, estamos comenzando a perder
hasta a la estructura social básica de nuestra especie. Sin esa base, toda la
superestructura se está degradando y amenaza con desmoronarse merced a un
individualismo egoísta. Muchos se quejan ya de los fenómenos de degeneración
estructural que se observan a simple vista, pero la verdad es que nadie hace
demasiados esfuerzos por revertirlos. De hecho, muchos ya ni saben cuáles son
los esfuerzos que deberían hacer en absoluto.
Las cosas que usamos.
No entendemos muy
bien cómo estamos organizados para hacer las cosas; pero también entendemos
cada vez menos las cosas que hacemos y usamos.
No sabemos cómo
funcionan los objetos. Nueve de cada diez propietarios de automóviles no
sabrían cómo averiguar el orden de encendido de un auto naftero. Costaría
encontrar un empleado que supiera cómo funciona el ascensor que usa todos los
días. Un ama de casa difícilmente sepa más de su licuadora que, si pulsa el botón, las cuchillas giran.
Vivimos en un mundo práctico sembrado de miles de aparatos diferentes;
dependemos ya de dichos aparatos; nos pasamos la vida juntando el dinero
necesario para comprarlos; trabajamos fabricándolos. Y, en la enorme mayoría de
los casos, los usuarios no saben cómo funcionan.
Lo peor de todo
es que no nos damos cuenta de lo terriblemente dependientes que nos hemos
vuelto de estos objetos. Hemos organizado nuestras vidas dando por sentada su
existencia y ni nos podemos imaginar el caos que se produciría si, de pronto,
nos faltasen o dejasen de funcionar. Si cortáramos por completo la electricidad
en una gran ciudad, en apenas un par de días tendríamos un sangriento caos.
Es que ya estamos
organizados en función de nuestros aparatos y nuestros servicios. Lo que sucede
es que cada vez hacemos más cosas con menos personas, en menos tiempo, y hay
cada vez más personas sobre el planeta. Lo que hoy hace una línea de producción
robotizada, hace apenas diez años atrás lo hacían cientos de operarios. Nos
hemos fabricado sirvientes mecánicos, memorias electrónicas, esclavos de
material plástico y motores eléctricos. De todos ellos, por lo general,
desconocemos prácticamente todo lo que está debajo de la carcasa. Lo único que
sabemos es lo que hacen después de apretar una tecla. Y aun sabiendo lo que
hacen, seguimos ignorando supinamente el cómo lo hacen. ¿Alguno de ustedes sabe
cómo funciona realmente un teléfono celular? ¿Se animarían a armar uno si
alguien les da una caja con todas las piezas sueltas?
Las decisiones que dejamos tomar.
Lo que nos pasa
con los objetos nos pasa también y casi en la misma medida con nuestras
estructuras políticas, sociales y económicas: no sabemos muy bien cómo surgen
las decisiones y cómo se distribuyen las responsabilidades. En este sentido,
las opciones electorales son a los hechos lo mismo que las teclas de comando a
los aparatos. Sabemos aproximadamente cual es el comportamiento que se espera
del candidato pero, habiendo emitido, el voto todo lo que sucede después está
completamente fuera de nuestro alcance.
En cuanto a las
instituciones públicas hay un modelo formal, teórico, según el cual se supone
que deberían funcionar. Pero todo el mundo sabe que la realidad es otra. Nadie
tiene una visión clara de cuáles son los principios básicos por los cuales
realmente se rige la actividad pública. Y los que tienen esa visión, o al menos
alguna idea al respecto, se cuidan mucho de abrir la boca ya que decir la
verdad implicaría mandar de paseo una buena cantidad de fantasías
institucionalizadas consideradas sacrosantas. El resultado es que casi nadie
sabe cómo funciona realmente nuestra sociedad y, al no saberlo, tampoco se sabe
qué es lo que hace falta para mantenerla funcionando o – lo que sería harto
deseable – qué deberíamos hacer para que funcione un poco mejor.
Para la enorme
mayoría de la gente, las cosas simplemente suceden. Alguien, en algún lado,
decide cosas que luego aparecen en los titulares. Los periodistas comentan,
todo el mundo opina. Al final, algunas cosas se hacen. Otras no. Otras se hacen
a escondidas. La gran mayoría nunca se entera de quién impulsó la decisión,
quien tomó la iniciativa y con qué criterio la tomó. El tema se agita por unos
días y luego resurge solamente si todo termina en un desastre. Y cuando el
desastre ya es inocultable las responsabilidades se diluyen.
No tenemos idea
de qué tan frágiles son nuestras estructuras. Muchísima gente vive quejándose
de un montón de cosas que andan mal y ni se da cuenta de cuantas cosas andan
razonablemente bien. Menos aún se tiene noción de la enorme cantidad de cosas
que necesitamos todos los días para llevar la vida que llevamos. Hemos perdido
de vista las características y la esencia misma de nuestras relaciones
estructurales y sistémicas. Vivimos en un mundo que, mal que bien, funciona.
Pero la enorme mayoría no sabe por qué funciona ni cómo funciona. Damos por
sentadas demasiadas cosas. Aceptamos como normales y naturales muchísimos
hechos que, en realidad, son terriblemente complicados y dependen de factores
muy críticos que ignoramos casi por completo.
Las ideas que afirmamos.
Frente a todo
ello, nos autoengañamos creyendo que podremos mantener el rumbo aferrándonos a
lo que llamamos nuestras ideas. Pero, bien miradas, nuestras grandes ideas son
muchas veces solo caprichosas expresiones de deseos. El mundo no funciona sobre
la base de las ficciones novelescas que cultivamos. El universo que nos rodea,
y del que formamos parte, funciona por relaciones, proporciones,
probabilidades, reglas, leyes, normas y pautas bastante bien establecidas.
Podemos no entenderlas ni conocerlas a todas. Pero si hemos conseguido
evolucionar fue porque, al menos durante miles de años, algunos han tratado de
entender poniendo cuidado de no confundir caprichos humanos con las
posibilidades reales del universo. Últimamente nos hemos vuelto tan soberbios
que hemos comenzado a creer que cualquiera de nuestras extravagancias entra
dentro del ámbito de lo posible.
En muchos rubros
no nos ha ido muy bien que digamos. Y todo parece indicar que, de persistir en
esta tontería, lo único que podemos esperar es que nos irá peor. El confundir
nuestros deseos con nuestras posibilidades reales es, quizás, una de las
características más sobresalientes en nuestra Historia de los últimos cien o
doscientos años.
El fenómeno
tiene, probablemente, su explicación en los grandes logros que innegablemente
hemos conquistado. Perdimos gran parte de nuestra capacidad de asombro
precisamente por lo asombroso de nuestros avances científicos y tecnológicos.
Pero estamos algo así como ebrios de éxito y, como todos los ebrios, no dejamos
estupidez sin cometer. La ebriedad nos ha hecho perder en gran parte la noción
de nuestros propios límites. Y esto no es una cuestión de optimismo o
pesimismo. Mucho menos es una cuestión de descreer de la posibilidad de un gran
futuro con conquistas aún más asombrosas que las conseguidas hasta ahora. La
cuestión es más bien repasar un poco los ámbitos en que hemos podido avanzar
con tanto éxito y compararlos con aquellos otros ámbitos en dónde los avances
han sido muchísimo menos espectaculares. La cuestión, como en toda cuestión de
ebriedad, es no perder el equilibrio.
El futuro que nos espera.
Con la deliberada
actitud de negar la realidad objetiva tarde o temprano terminaremos metiéndonos
en situaciones imposibles de mantener. La tozuda costumbre de aferrarnos a las
expresiones de deseos declarándolas proyectos efectivamente realizables y
nuestra manía de construir castillos en el aire solo para enojarnos luego
cuando no se sostienen, constituyen actitudes que tienen el fracaso asegurado.
Ya nos pasó con el imperio soviético y seguimos negándonos a admitir que el
socialismo del Siglo XX en primer lugar nunca llegó al comunismo y, en segundo
lugar, nunca fue otra cosa que el liberalismo del Siglo XVIII pensado hasta sus
últimas consecuencias.
Por otra parte,
la falta de una visión integradora de la realidad, la falta de una visión
cultural comprensiva, nos está llevando a una especie de atomización producida
por el desgarramiento de nuestro saber en muchas direcciones distintas sin una
guía orientadora que lo estructure en un todo coherente. Estamos en el mejor
camino de tener mucho conocimiento sin nada de saber.
Nos estamos
volviendo más eficientes en muchas actividades. Eficiencia y excelencia son
metas muy apreciadas en nuestra civilización. Pero la mayoría de nuestros
intelectuales se enoja cuando se entera de que tienen un precio. No es posible
lograr eficiencia ni excelencia si los intentos están contaminados de quimeras.
Hemos generado mil formas de escapismo. Desde los alucinógenos hasta la enorme industria del entretenimiento, todo está dirigido a hacernos olvidar la realidad cotidiana. De hecho, nos pesa horrores esa gris reiteración de actos casi automáticos que constituye la mayor parte de nuestras vidas. Nos fugamos de ese aburrimiento recurriendo a la pantalla del televisor. Y en esa pantalla esperamos ver, en imágenes, el mundo que nos niega la realidad de nuestra propia vida. Así, por televisión, corremos las carreras de las que nunca participaremos; miramos los partidos que nunca jugaremos, admiramos mujeres que jamás conoceremos; miramos paisajes que no visitamos; peleamos las guerras que nunca libramos y los norteamericanos han llegado hasta a ganar en la pantalla las guerras que perdieron en el campo de batalla.
Lo curioso es que
nos refugiamos en esos mundos ilusorios justo en una época que ha abierto la
frontera más inmensa y fantástica de todas las fronteras que ha conocido
nuestra especie. Nos refugiamos en las alucinaciones justo al día siguiente de
haber llegado a la luna. Es como si renunciáramos a nuestra vocación de
conquista justo el día antes de lograr la posibilidad de emprender la más
impresionante conquista de todas. Producimos preocupadísimos trabajos sobre el
problema de la explosión demográfica y, sin solución de continuidad,
protestamos airados por el costo de la investigación espacial argumentando la
cantidad de escuelas que podrían haberse construido por el precio de un
satélite. Nos estamos quedando sin espacio por un lado y, por el otro,
denigramos los esfuerzos que pueden conducirnos a ganar el más fenomenal
espacio que jamás nos hayamos imaginado.
La pasión por el cambio
Pero, aun con
toda esta anarquía conceptual; a pesar de nuestras confusiones, dudas y
conflictos, seguimos haciendo cosas, seguimos cambiando, articulando,
modificando y transformando el mundo en el que vivimos. Seguimos enamorados del
Progreso – así con mayúscula – que es uno de los viejos mitos heredados de los intelectuales
de la Revolución Industrial.
El problema es
que, a decir verdad, nunca terminamos de definir con precisión qué debíamos
entender por "Progreso". Últimamente los grandes gurúes de la
economía y de las teorías de la administración ya ni se preocupan por definir
el Progreso. Ahora les basta con hablar de cambio.
El mensaje de todos los nuevos gurúes del management moderno es prácticamente unánime: El mundo cambia. Estamos inmersos en vertiginosos procesos de cambio. Quienes se resistan a él serán barridos de la escena. Quienes consigan alinearse prosperarán. Quienes sean capaces de anticiparse al cambio serán los verdaderos triunfadores del mañana. Empresas gigantescas han ido a la quiebra por no haber sabido detectar el cambio. Programas costosísimos terminaron en el cesto de papeles porque el producto diseñado se había vuelto obsoleto aun antes de salir de la línea de montaje. Productos que ningún industrial miope quiso fabricar se convirtieron en negocios de varios cientos de millones de dólares por obra y gracia de algún visionario que supo prever las necesidades que crearía el cambio. Los grandes gurúes predican la necesidad de aceptar la convivencia con el cambio. Nos dicen que debemos admitir el cambio no sólo porque significa Progreso sino por algo mucho más drástico: porque se ha vuelto inevitable.
Que es casi lo
mismo que decir que se nos ha escapado de las manos. Si nunca definimos
realmente al Progreso, menos aún estamos ahora en posición de saber adónde nos
está conduciendo esta manía por el cambio y esta idolatría de lo nuevo. Los
mismos gurúes que predican la religión del cambio están desesperadamente
tratando de elaborar métodos prácticos que nos permitan anticiparlo. Todas las
modas administrativas de los últimos años se topan tarde o temprano con el
mismo escollo: estamos sumergidos en una verdadera orgía de cambios pero
¿alguien tiene una idea clara de hacia dónde nos llevan?
En realidad, lo
único que los grandes teóricos del cambio saben con certeza acerca de nuestro
futuro es que será diferente. Y, si es cierto que eso es todo lo que saben,
nuestro futuro promete ser bastante triste. Si lo único que sabemos del devenir
de nuestra civilización es que cambiará constantemente, lo que en realidad nos
ha sucedido es que hemos perdido la capacidad de construir el futuro. Y, si no
tenemos una idea – aunque más no sea aproximada – del futuro que estamos
construyendo, ¿qué nos hace pensar que estamos autorizados a seguir invocando
al Progreso como justificación de nuestros actos; sea lo que fuere que este
Progreso significa de todos modos?
Si no podemos imaginar
y diseñar un futuro posible, la triste verdad es que ya no tenemos futuro
porque estamos en las manos del azar. Deberíamos parar un momento y
preguntarnos: ¿Es serio todo esto? ¿Podemos enfrentar el actual milenio con
esta aplastante pobreza de ideas y con esta casi increíble esterilidad
creativa?
Un necesario alto en el camino
En la mitología
de Roma, Ianus era el guardián del portal de acceso a los cielos y el dios de
los comienzos y los desenlaces. Los artistas de la época lo representaban con
dos rostros: uno mirando hacia el pasado y el otro hacia el futuro. Se lo
invocaba al comienzo de cada año y así fue como su nombre dio origen al del
primer mes del calendario, Ianuarius, denominación de la cual se deriva nuestro
actual Enero.
Estamos no sólo
en un nuevo siglo sino, además, en un nuevo milenio. Quizás nos haría bien
inspirarnos un poco en el antiguo dios bifronte: mirar hacia el pasado para
aprender de nuestra experiencia y luego mirar hacia el futuro sabiendo que
puede ser mejor si dejamos de lado muchas de las tonterías que insistimos en
seguir cometiendo.
Todo lo que
propongo y pretendo es que nos detengamos un poco a reflexionar. A pensar en
serio y sin prejuicios sobre algunas cosas. En principio, deberíamos meditar en
profundidad tanto sobre los gastados clisés a los que con tan irracional pasión
nos aferramos, como sobre el camino que se abre ante nosotros para ser
transitado durante los próximos diez siglos. Porque sería hacer ficción pura
hablar del futuro sin haber entendido – o al menos tratado de entender – tanto
nuestra realidad actual como la verdadera realidad de nuestro pasado. Hablar de
lo que podemos hacer sin haber hecho el intento de comprender lo que somos y la
forma en que hemos llegado hasta aquí sería como saltar en paracaídas con una
venda en los ojos.
Por eso, la
propuesta es atrevernos a aceptar la realidad de nuestro presente; atrevernos a
tener otra vez un futuro y, de paso, tanto como para despejar el terreno,
quizás sería bueno poner bajo la lupa a buena parte de esos clisés que
heredamos y que estamos aceptando sin mayor análisis. Tenemos que aprender a
hacer dos cosas: a mirar los problemas de frente y a tirar lastre. Tenemos que
juntar el coraje intelectual de aceptar el desafío del actual milenio, que no
es sino el desafío que nos lanzan nuestras propias posibilidades. Posibilidades
que en gran medida nacen de la rica experiencia que el Homo Sapiens ha
adquirido a lo largo de su existencia.
Pero, para hacer
las cosas bien, muy posiblemente tengamos que tirar por la borda muchos
prejuicios. El Mundo no es como lo pintan los dogmas oficiales ni ha sido como
lo describen las Historias sectarias. Estamos mirando nuestro mundo a través de
una pequeña ventana, y tarde o temprano deberemos admitir que los cristales de
esa ventana distorsionan. Por eso, lo aconsejable sería abrirla de una vez por
todas. Tanto como para que entre un poco de aire fresco y también para ver con
mayor claridad.
Y si la ventana
resulta estar atascada, alguien, en algún momento, tendrá que decidirse a
romper el vidrio. Al fin y al cabo, el precio de un par de vidrios rotos es
poco comparado con el beneficio de recuperar un pasado real y volver a tener un
futuro posible.
lunes, 15 de junio de 2026
EL SANTO Y LOS PERROS
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E |
n los Alpes suizos, en el Sur y cerca de la frontera con Italia, arriba y muy cerca de las nubes, a casi 2.500 metros de altura, existe un refugio.
Está allí desde hace más de mil años. Ya estaba por la época
en que Roma conquistaba al mundo con sus legiones. Porque detrás del paso guerrero
de las águilas del Imperio, a pesar de los horrores del combate y la dureza de
las costumbres de aquellos tiempos, también marchó la Ley, el Orden y la Pax
Romana. Y ya en aquella época, los hombres que querían estar más cerca de
los dioses que los demás levantaron en esas alturas tan cercanas al cielo un
templo a Júpiter.
Desde entonces el lugar ha sido un lugar bueno consagrado a
un Dios bueno. Porque Júpiter, aún siendo el dios de un pueblo duro, guerrero y
combativo, fue también el dios de los
jueces justos y los hombres leales que ese mismo pueblo supo regalarle a la
humanidad. De hecho, los romanos piadosos a Júpiter también lo llamaban Iuppiter,
Iovis o Diespiter, nombres todos que – al igual que el Zeus de los antiguos
griegos – se relacionan con la idea de lo luminoso, lo brillante, lo resplandeciente.
Siempre se supo que Júpiter era un dios del cielo.
Justamente por eso, para construir templos en su honor se
buscaban los lugares más elevados. La cima del Monte Albano, al sur de la
ciudad de Roma, estaba consagrada a Jupiter Latiaris, la deidad de los
Hombres del Lacio, aquella confederación de 30 ciudades entre las que Roma
había comenzado su trayectoria como apenas una ciudad más entre todas las
otras. En Roma misma, la cumbre del Monte Capitolino estaba consagrada a él,
con su templo más antiguo y el símbolo del roble sagrado, o encina sagrada; también
presente en la tradición del Zeus de los griegos.
Por eso, también, uno de sus títulos más antiguos es “Lucetius”, que significa “el portador de la Luz” y en el lenguaje de los romanos giros tales como “sub Iove” – o “debajo de Júpiter” –significaban algo así como “a cielo abierto”. Por lo tanto, no es de extrañar que este dios bueno fuera también el custodio de muchas otras cosas buenas. En Roma se lo consideraba el guardián de la conciencia, de la fidelidad, del recto accionar y del sentido de las obligaciones. Fue el dios de la palabra empeñada, el dios en cuyo nombre se concertaban acuerdos, alianzas y tratados. Sus sacerdotes celebraban la más antigua y más sagrada forma de matrimonio: la confarreatio. La Eneida de Virgilio todavía nos sigue relatando a Júpiter como el buen dios protector que mantiene a los héroes en el sendero del cumplimiento del Deber para con Dios, la sociedad y la familia. Eso que los antiguos romanos llamaban “pietas” y que los herederos de esa misma tradición hoy llaman Piedad. No en vano de la palabra “Iovis” tenemos hoy la palabra “jovial”; y no en vano tampoco el antiguo Zeus griego devino con el tiempo en el Deus romano, de dónde hoy tenemos la palabra más sagrada de todas: Dios.
Así, tampoco resulta sorprendente que en las alturas de los Alpes, custodiando y protegiendo el camino obligado de los viajeros que cruzaban esas imponentes montañas por el paso que une lo que hoy es Italia y Suiza, los romanos piadosos llamasen Montis Jovis a una de las cumbres más altas de la región y construyesen allí un templo en honor a Júpiter.
Pero las cosas que
construyen los seres humanos a veces tienen destinos extraños. Nada de lo que
construimos con las manos es eterno, aún cuando durante muchos siglos – cuando
todavía no se habían inventado las cosas descartables – muchos grandes constructores
trataron de hacer obras con la mirada puesta en la Eternidad. Aún los
constructores de lo perdurable, de haber vivido lo suficiente, habrían llegado
a ver las ruinas que hoy desentierran los arqueólogos. Quizás porque lo que
construimos con las manos, por más perfecto y duradero que pretendamos hacerlo,
al final no es más que un recipiente. Algo que sirve para contener lo esencial;
algo así como una corteza o caparazón dentro de la cual podemos encerrar y custodiar
lo eterno. Al menos por un tiempo. Y pasado ese tiempo, la estructura exterior,
la caparazón, se cae; y sólo queda lo esencial – si es que había dentro de ella
algo realmente esencial que mereciera perdurar.
Los romanos pasaron. El Imperio que construyeron se fue desmoronando. En las nevadas cumbres de los Alpes, con el correr de los siglos, el templo del dios bueno construido para proteger a los viajeros también se fue derrumbando. Al final, sólo quedaron sus ruinas desafiando las tormentas de nieve, los aludes y las avalanchas; tan frecuentes por ese paso entre las montañas y probablemente uno de los motivos prácticos principales que también impulsaron la construcción del refugio-templo.
De algún modo, sin
embargo, el lugar siguió siendo sagrado. Bajo los reyes sucesores de Carlomagno
– ese gran soberano, coronado Emperador del Sacro Imperio Romano por el Papa
León III en la noche de Navidad del año 800 y a quien los franceses recuerdan
como Charlemagne y los alemanes como Karl der Grosse – unos monjes piadosos
mantuvieron el lugar. El Montis Jovis de los romanos de alguna forma se
afrancesó un poco, con lo que pasó a ser conocido entre los hombres como el
monasterio de Mont-Joux.
![]() |
| La Iglesia del monasterio |
Pero los años siguieron transcurriendo, no sin dejar su marca y su rastro en el viejo refugio. Hacia el sigo XI el lugar necesitaba, otra vez, una restauración. Y fue entonces cuando un sacerdote conocido como Bernardo, arcediano de la ciudad italiana de Aosta, decidió darle nueva vida al viejo refugio para proteger a los viajeros, brindarles alimento, alojamiento, y calor, con todo el cariño y la dedicación de que son capaces los buenos cristianos, pero también con toda la vocación de servicio de los continuadores de la Tradición de la Piedad heredada de los Muy Antiguos.
Porque desde Bernardo de Menthon (o de Aosta, como se prefiera llamarlo), el refugio no solamente brindó amparo y albergue a peregrinos y viajeros. Siguiendo la voluntad y la consigna de Bernardo, los monjes agustinos también oficiaron de guías y de activos participantes en operaciones de rescate. La zona de ese paso por los Alpes se halla cubierta de nieve y hielo durante nueve meses al año. Las tormentas son furiosas y frecuentes. Las avalanchas de nieve, un fenómeno casi habitual. Al principio, un monje descendía acompañando a los viajeros todos los días hasta Bourg Saint Peter y volvía hacia el atardecer con otro contingente mientras uno de sus compañeros hacía lo mismo en el lado italiano. Cuando los viajeros se perdían en la tormenta, con peligro de morir congelados, los monjes iban en su rescate.
Hay muchas historias al respecto. Historias que demuestran algo que varios pensadores y filósofos se han resistido tercamente a admitir: a los seres humanos no siempre nos guía el provecho propio. No siempre actuamos según nuestra mejor conveniencia. No todo lo que hacemos es el producto de un cálculo de costos y beneficios. Muchas veces, muchas personas son capaces de abrir las manos para dar. Sin pedir nada a cambio. El egoísmo y la codicia existen y pueden ser poderosas motivaciones para muchas cosas. Pero también existen la bondad, el cariño, la vocación de servicio, las ganas de hacer las cosas bien y de hacerlas por los demás. Para ayudar, para poner el hombro, para colaborar, para sostener, para proteger. Para cumplir con el mandato de la Piedad.
Bernardo de Menthon se reunió con su Padre Celestial, de quien tan cerca había estado en las altas
cumbres de los Alpes, en el mes de junio de 1081. Un siglo más tarde, el culto
a su memoria se había extendido por Suiza, Italia y Francia. En 1681 fue
santificado y desde entonces es el santo patrono de los habitantes de los
Alpes, los escaladores y los esquiadores. Hoy, el refugio subsiste y lleva su
nombre: es el Gran San Bernardo y puede ser visitado – y de hecho lo es – por
miles de turistas.
Pero la historia no
termina aquí. Por un lado, la congregación creada por San Bernardo se ha
diseminado por las montañas del mundo entero, estableciendo misiones en Asia Central,
en el Tibet, en Birmania y hasta en China. Por el otro lado, al menos desde
fines del Siglo XVII, los monjes comenzaron a usar perros. Desde 1750 en
adelante los fueron adiestrando especialmente para operaciones de rescate.
Conocidos al principio como “mastines alpinos”,
desde 1862 se los llama “sanbernardos” o “sanbernardinos” y existen
sinnúmero de leyendas y de pinturas que los retratan.
Son unos animales
estupendos. Enormes. Fuertes. Resistentes. Confiables. De carácter cariñoso y
amable, pero de corazón sólido y firme como una roca. De pelo blanco y grandes
manchas marrones. Hay muchos cuadros que los retratan con el tradicional
barrilito colgando del cuello en dónde llevan un poco de aguardiente para
calentar el espíritu de los expuestos a morir de frío. Hace unos 230 años
atrás, el escritor inglés Oliver Goldsmith ya los describía como “...
excepcionalmente inteligentes, de noble estirpe y sorprendentes... provistos de
una inteligencia fuera de lo común. Con un olfato fantásticamente agudo, son
capaces de descubrir a un hombre cubierto por 3 y hasta 6 metros de nieve.
Muchas veces han salvado la vida de pobres peregrinos”.
Y es cierto: registros de casi doscientos años de antigüedad nos cuentan que los monjes de San Bernardo y sus perros han rescatado a más de dos mil personas. ¿A cambio de qué? Mezquina pregunta. A cambio de nada. El hospicio de San Bernardo en los Alpes suizos existe hasta el día de hoy; pero no es un hotel de cinco estrellas. Es apenas un severo y sobrio edificio levantado como un monumento a la bondad de la que es capaz el ser humano aún en medio de un mundo que muchas veces parecería haberse vuelto completamente loco de codicia, egoísmo y ambiciones.
A pesar de que hoy
los peregrinos y caminantes han sido reemplazados por turistas que recorren el
milenario sendero del paso – ahora asfaltado – en veloces y brillantes
automóviles, la misión de los discípulos del Dios bueno no ha cambiado. Sigue
siendo la misma de siempre: servir. Hacer el bien. Ayudar. Dar una mano. Poner
el hombro. Salvar vidas. Y todo eso a cambio de nada materialmente relevante.
Todo eso sólo a cambio de una simple palabra de agradecimiento. A cambio de una
sonrisa, un abrazo y un emocionado “gracias”. A cambio de ese extraño calor que
sentimos en el pecho cuando sabemos que hemos hecho algo noble. Algo bueno.
Algo que valía la pena hacer.
Denes Martos
15
de Junio de 2003. – En el día de San Bernardo
domingo, 14 de junio de 2026
¿SE EMPIEZA A REVERTIR LA MAREA?
Miles de personas en la procesión a favor de la remigración de los migrantes ilegales
Varios miles de personas han llegado a Roma, respondiendo al llamamiento del Comité para la Remigración y la Reconquista, para manifestarse en apoyo del proyecto de ley sobre la remigración.
Entre los líderes del movimiento se encuentra Luca Marsella, ex portavoz de Casapound Italia. «Nuestra propuesta no menciona la deportación ni las redadas. Ni siquiera queremos una policía al estilo estadounidense, como la Policía Central italiana», declaró.
«Queremos expulsar a los inmigrantes ilegales. Son ellos quienes violan a nuestras mujeres y atacan a nuestros ancianos. Y como no somos políticamente correctos, también queremos enviar de vuelta a sus países a los inmigrantes regulares: la mayoría no están asimilados ni integrados.Queremos hacerlo no sacándolos de sus hogares, sino con incentivos. Les damos dinero no porque estemos locos, sino porque así le ahorraríamos dinero a la selección nacional», añadió Marsella.
A quienes señalaron que los italianos no quieren o no están dispuestos a realizar ciertos trabajos, como la recolección de tomates en el campo, el portavoz de Casapound respondió: «El problema son los 3 euros por hora. Que les den un salario digno. No hay trabajos que los italianos no quieran hacer, esa es una tontería de la izquierda».
Y a quienes preguntaron, en ese momento, si estaba a favor del salario mínimo, Marsella contestó: «No. Estoy a favor de salarios dignos, porque eso es lo que está escrito en la Constitución».
La manifestación se caracterizó por miles de banderas italianas ondeando por las calles del barrio de Prati, en la capital. Se escucharon consignas y cánticos sobre la remigración y la reconquista, pero también contra antifascistas, comunistas y musulmanes.
El himno italiano se cantó varias veces. También se oyeron cánticos en alabanza a Mussolini — «Duce, Duce, Duce» — dirigidos a los Camisas Negras, y algunos saludos romanos.
La procesión, desde Piazza della Libertà, llegó a Piazza del Risorgimento, siguiendo por Via Cola de Rienzo, según lo acordado.
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