lunes, 15 de junio de 2026

EL SANTO Y LOS PERROS

 

E

n los Alpes suizos, en el Sur y cerca de la frontera con Italia, arriba y muy cerca de las nubes, a casi 2.500 metros de altura, existe un refugio.

Está allí desde hace más de mil años. Ya estaba por la época en que Roma conquistaba al mundo con sus legiones. Porque detrás del paso guerrero de las águilas del Imperio, a pesar de los horrores del combate y la dureza de las costumbres de aquellos tiempos, también marchó la Ley, el Orden y la Pax Romana. Y ya en aquella época, los hombres que querían estar más cerca de los dioses que los demás levantaron en esas alturas tan cercanas al cielo un templo a Júpiter.

Desde entonces el lugar ha sido un lugar bueno consagrado a un Dios bueno. Porque Júpiter, aún siendo el dios de un pueblo duro, guerrero y combativo,  fue también el dios de los jueces justos y los hombres leales que ese mismo pueblo supo regalarle a la humanidad. De hecho, los romanos piadosos a Júpiter también lo llamaban Iuppiter, Iovis o Diespiter, nombres todos que – al igual que el Zeus de los antiguos griegos – se relacionan con la idea de lo luminoso, lo brillante, lo resplandeciente. Siempre se supo que Júpiter era un dios del cielo.

Justamente por eso, para construir templos en su honor se buscaban los lugares más elevados. La cima del Monte Albano, al sur de la ciudad de Roma, estaba consagrada a Jupiter Latiaris, la deidad de los Hombres del Lacio, aquella confederación de 30 ciudades entre las que Roma había comenzado su trayectoria como apenas una ciudad más entre todas las otras. En Roma misma, la cumbre del Monte Capitolino estaba consagrada a él, con su templo más antiguo y el símbolo del roble sagrado, o encina sagrada; también presente en la tradición del Zeus de los griegos.

Por eso, también, uno de sus títulos más antiguos es “Lucetius”, que significa “el portador de la Luz” y en el lenguaje de los romanos giros tales como “sub Iove” – o “debajo de Júpiter” –significaban algo así como “a cielo abierto”. Por lo tanto, no es de extrañar que este dios bueno fuera también el custodio de muchas otras cosas buenas. En Roma se lo consideraba el guardián de la conciencia, de la fidelidad, del recto accionar y del sentido de las obligaciones. Fue el dios de la palabra empeñada, el dios en cuyo nombre se concertaban acuerdos, alianzas y tratados. Sus sacerdotes celebraban la más antigua y más sagrada forma de matrimonio: la confarreatio. La Eneida de Virgilio todavía nos sigue relatando a Júpiter como el buen dios protector que mantiene a los héroes en el sendero del cumplimiento del Deber para con Dios, la sociedad y la familia. Eso que los antiguos romanos llamaban “pietas” y que los herederos de esa misma tradición hoy llaman Piedad. No en vano de la palabra “Iovis” tenemos hoy la palabra “jovial”; y no en vano tampoco el antiguo Zeus griego devino con el tiempo en el Deus romano, de dónde hoy tenemos la palabra más sagrada de todas: Dios.


Así, tampoco resulta sorprendente que en las alturas de los Alpes, custodiando y protegiendo el camino obligado de los viajeros que cruzaban esas imponentes montañas por el paso que une lo que hoy es Italia y Suiza, los romanos piadosos llamasen
Montis Jovis a una de las cumbres más altas de la región y construyesen allí un templo en honor a Júpiter.

Pero las cosas que construyen los seres humanos a veces tienen destinos extraños. Nada de lo que construimos con las manos es eterno, aún cuando durante muchos siglos – cuando todavía no se habían inventado las cosas descartables – muchos grandes constructores trataron de hacer obras con la mirada puesta en la Eternidad. Aún los constructores de lo perdurable, de haber vivido lo suficiente, habrían llegado a ver las ruinas que hoy desentierran los arqueólogos. Quizás porque lo que construimos con las manos, por más perfecto y duradero que pretendamos hacerlo, al final no es más que un recipiente. Algo que sirve para contener lo esencial; algo así como una corteza o caparazón dentro de la cual podemos encerrar y custodiar lo eterno. Al menos por un tiempo. Y pasado ese tiempo, la estructura exterior, la caparazón, se cae; y sólo queda lo esencial – si es que había dentro de ella algo realmente esencial que mereciera perdurar.

Los romanos pasaron. El Imperio que construyeron se fue desmoronando. En las nevadas cumbres de los Alpes, con el correr de los siglos, el templo del dios bueno construido para proteger a los viajeros también se fue derrumbando. Al final, sólo quedaron sus ruinas desafiando las tormentas de nieve, los aludes y las avalanchas; tan frecuentes por ese paso entre las montañas y probablemente uno de los motivos prácticos principales que también impulsaron la construcción del refugio-templo.

De algún modo, sin embargo, el lugar siguió siendo sagrado. Bajo los reyes sucesores de Carlomagno – ese gran soberano, coronado Emperador del Sacro Imperio Romano por el Papa León III en la noche de Navidad del año 800 y a quien los franceses recuerdan como Charlemagne y los alemanes como Karl der Grosse – unos monjes piadosos mantuvieron el lugar. El Montis Jovis de los romanos de alguna forma se afrancesó un poco, con lo que pasó a ser conocido entre los hombres como el monasterio de Mont-Joux.

La Iglesia del monasterio

Pero los años siguieron transcurriendo, no sin dejar su marca y su rastro en el viejo refugio. Hacia el sigo XI el lugar necesitaba, otra vez, una restauración. Y fue entonces cuando un sacerdote conocido como Bernardo, arcediano de la ciudad italiana de Aosta, decidió darle nueva vida al viejo refugio para proteger a los viajeros, brindarles alimento, alojamiento, y calor, con todo el cariño y la dedicación de que son capaces los buenos cristianos, pero también con toda la vocación de servicio de los continuadores de la Tradición de la Piedad heredada de los Muy Antiguos. 

Porque desde Bernardo de Menthon (o de Aosta, como se prefiera llamarlo), el refugio no solamente brindó amparo y albergue a peregrinos y viajeros. Siguiendo la voluntad y la consigna de Bernardo, los monjes agustinos también oficiaron de guías y de activos participantes en operaciones de rescate. La zona de ese paso por los Alpes se halla cubierta de nieve y hielo durante nueve meses al año. Las tormentas son furiosas y frecuentes. Las avalanchas de nieve, un fenómeno casi habitual. Al principio, un monje descendía acompañando a los viajeros todos los días hasta Bourg Saint Peter y volvía hacia el atardecer con otro contingente mientras uno de sus compañeros hacía lo mismo en el lado italiano. Cuando los viajeros se perdían en la tormenta, con peligro de morir congelados, los monjes iban en su rescate.

Hay muchas historias al respecto. Historias que demuestran algo que varios pensadores y filósofos se han resistido tercamente a admitir: a los seres humanos no siempre nos guía el provecho propio. No siempre actuamos según nuestra mejor conveniencia. No todo lo que hacemos es el producto de un cálculo de costos y beneficios. Muchas veces, muchas personas son capaces de abrir las manos para dar. Sin pedir nada a cambio. El egoísmo y la codicia existen y pueden ser poderosas motivaciones para muchas cosas. Pero también existen la bondad, el cariño, la vocación de servicio, las ganas de hacer las cosas bien y de hacerlas por los demás. Para ayudar, para poner el hombro, para colaborar, para sostener, para proteger. Para cumplir con el mandato de la Piedad.

Bernardo de Menthon se reunió con su Padre Celestial, de quien tan cerca había estado en las altas cumbres de los Alpes, en el mes de junio de 1081. Un siglo más tarde, el culto a su memoria se había extendido por Suiza, Italia y Francia. En 1681 fue santificado y desde entonces es el santo patrono de los habitantes de los Alpes, los escaladores y los esquiadores. Hoy, el refugio subsiste y lleva su nombre: es el Gran San Bernardo y puede ser visitado – y de hecho lo es – por miles de turistas.

Pero la historia no termina aquí. Por un lado, la congregación creada por San Bernardo se ha diseminado por las montañas del mundo entero, estableciendo misiones en Asia Central, en el Tibet, en Birmania y hasta en China. Por el otro lado, al menos desde fines del Siglo XVII, los monjes comenzaron a usar perros. Desde 1750 en adelante los fueron adiestrando especialmente para operaciones de rescate. Conocidos al principio como “mastines alpinos”,  desde 1862 se los llama “sanbernardos” o “sanbernardinos” y existen sinnúmero de leyendas y de pinturas que los retratan.

Son unos animales estupendos. Enormes. Fuertes. Resistentes. Confiables. De carácter cariñoso y amable, pero de corazón sólido y firme como una roca. De pelo blanco y grandes manchas marrones. Hay muchos cuadros que los retratan con el tradicional barrilito colgando del cuello en dónde llevan un poco de aguardiente para calentar el espíritu de los expuestos a morir de frío. Hace unos 230 años atrás, el escritor inglés Oliver Goldsmith ya los describía como “... excepcionalmente inteligentes, de noble estirpe y sorprendentes... provistos de una inteligencia fuera de lo común. Con un olfato fantásticamente agudo, son capaces de descubrir a un hombre cubierto por 3 y hasta 6 metros de nieve. Muchas veces han salvado la vida de pobres peregrinos”.


Y es cierto: registros de casi doscientos años de antigüedad nos cuentan que los monjes de San Bernardo y sus perros han rescatado a más de dos mil personas. ¿A cambio de qué? Mezquina pregunta. A cambio de nada. El hospicio de San Bernardo en los Alpes suizos existe hasta el día de hoy; pero no es un hotel de cinco estrellas. Es apenas un severo y sobrio edificio levantado como un monumento a la bondad de la que es capaz el ser humano aún en medio de un mundo que muchas veces parecería haberse vuelto completamente loco de codicia, egoísmo y ambiciones.

A pesar de que hoy los peregrinos y caminantes han sido reemplazados por turistas que recorren el milenario sendero del paso – ahora asfaltado – en veloces y brillantes automóviles, la misión de los discípulos del Dios bueno no ha cambiado. Sigue siendo la misma de siempre: servir. Hacer el bien. Ayudar. Dar una mano. Poner el hombro. Salvar vidas. Y todo eso a cambio de nada materialmente relevante. Todo eso sólo a cambio de una simple palabra de agradecimiento. A cambio de una sonrisa, un abrazo y un emocionado “gracias”. A cambio de ese extraño calor que sentimos en el pecho cuando sabemos que hemos hecho algo noble. Algo bueno. Algo que valía la pena hacer.

 



Denes Martos
15 de Junio de 2003. – En el día de San Bernardo

 

 




domingo, 14 de junio de 2026

¿SE EMPIEZA A REVERTIR LA MAREA?

 


Roma, 13 de junio de 2026

Miles de personas en la procesión a favor de la remigración de los migrantes ilegales

Varios miles de personas han llegado a Roma, respondiendo al llamamiento del Comité para la Remigración y la Reconquista, para manifestarse en apoyo del proyecto de ley sobre la remigración. 

Entre los líderes del movimiento se encuentra Luca Marsella, ex portavoz de Casapound Italia. «Nuestra propuesta no menciona la deportación ni las redadas. Ni siquiera queremos una policía al estilo estadounidense, como la Policía Central italiana», declaró. 

«Queremos expulsar a los inmigrantes ilegales. Son ellos quienes violan a nuestras mujeres y atacan a nuestros ancianos. Y como no somos políticamente correctos, también queremos enviar de vuelta a sus países a los inmigrantes regulares: la mayoría no están asimilados ni integrados. 

Queremos hacerlo no sacándolos de sus hogares, sino con incentivos. Les damos dinero no porque estemos locos, sino porque así le ahorraríamos dinero a la selección nacional», añadió Marsella. 

A quienes señalaron que los italianos no quieren o no están dispuestos a realizar ciertos trabajos, como la recolección de tomates en el campo, el portavoz de Casapound respondió: «El problema son los 3 euros por hora. Que les den un salario digno. No hay trabajos que los italianos no quieran hacer, esa es una tontería de la izquierda». 

Y a quienes preguntaron, en ese momento, si estaba a favor del salario mínimo, Marsella contestó: «No. Estoy a favor de salarios dignos, porque eso es lo que está escrito en la Constitución». 


La manifestación se caracterizó por miles de banderas italianas ondeando por las calles del barrio de Prati, en la capital. Se escucharon consignas y cánticos sobre la remigración y la reconquista, pero también contra antifascistas, comunistas y musulmanes.

El himno italiano se cantó varias veces. También se oyeron cánticos en alabanza a Mussolini — «Duce, Duce, Duce» — dirigidos a los Camisas Negras, y algunos saludos romanos. 

La procesión, desde Piazza della Libertà, llegó a Piazza del Risorgimento, siguiendo por Via Cola de Rienzo, según lo acordado.



martes, 14 de abril de 2026

LAS CAUSAS DE LA DERROTA ELECTORAL DE VIKTOR ORBAN EN HUNGRÍA

Existe un criterio  que se opone a la práctica usual norteamericana de concentrarse en las "success stories" o "relatos de éxitos" para tratar de demostrar que "así se hace". Se trata de hacer lo inverso: concentrarse en los errores de un fracaso para no volver a cometerlos. 

La lógica de esta forma de ver las cosas es bien sencilla: los éxitos en la vida bien pueden deberse a circunstancias únicas, a una rara constelación de circunstancias favorables, a una idea genial que atrapa la posibilidad del momento cuando nadie la ve, y hasta al simple golpe de suerte de estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado con justo la propuesta adecuada y ante la persona adecuada que toma las decisiones. Muchos éxitos son únicos y no pueden repetirse.

En cambio los errores suelen ser reiterativos, especialmente si no se los admite y se quiere culpar del fracaso a las circunstancias, a la mala suerte, a la malevolencia de algún otro o cualquier cosa menos admitir la responsabilidad por el error.  Los errores indetectados, sobre todo los originados en las debilidades humanas, se repiten y vuelven una y otra vez a causar desastres. Por eso es que el criterio correcto es reconocer que "las derrotas siempre enseñan más que las victorias".  

Para contribuir, aunque sea en modesta medida, a entender qué pasó en las elecciones del 12 de Abril de 2026 en Hungría vaya aquí un análisis de las principales causas que gobernaron los hechos que condujeron a esta derrota electoral que, en última instancia, es solamente eso: una derrota solo electoral que no es nada imposible revertir con una estrategia adecuada.

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jueves, 12 de marzo de 2026

LA RAZA - CIENCIA Y HECHOS OBJETIVOS

Si una raza no tiene historia,
si no tiene una tradición que valga la pena,
se convierte en un factor insignificante
en el pensamiento del mundo
y corre el peligro de ser exterminada. 
Carter G. Woodson
Historiador afroamericano considerado
el "Padre de la Historia Negra"

"Las razas no existen y son un constructo social" afirmaba Franz Boas (1858-1942) , representante de aquellos antropólogos que pretenden negar lo evidente. Ante la situación de multiculturalidad forzada en Europa y el desastre demográfico de los europeos autóctonos, el debate sobre la cuestión racial es denostado pero raramente analizado en base a la realidad.

En esta conferencia del 28 de Febrero pasado, Pedro Varela Geiss, dando prueba de su coraje y de su integridad moral y filosófica, nos ofrece los argumentos necesarios y válidos para ir poniendo las cosas en su lugar. Porque, en materia de ciencia y de cultura, tenemos que elegir: o bien persistimos en interpretar al cosmos y a la naturaleza según los prejuicios de nuestras caprichosas utopías ideológicas, o bien aceptamos que existe un Orden Natural que impera en el cosmos y, dentro del mismo, una Naturaleza cuyas reglas debemos respetar so pena de caer en una lenta pero continua degeneración que inevitablemente terminará en el derrumbe y la desaparición de todo lo que llamamos cultura y civilización en Occidente. 

Para ver la conferencia haga click en la imagen