sábado, 4 de julio de 2026

ROMPAMOS ALGUNOS VIDRIOS

El ayer ya se fue.
El mañana todavía no llegó.
Pero tenemos el hoy.
Por lo tanto: ¡empecemos!
Madre Teresa de Calcuta

Los horizontes limitados

La enorme mayoría de las personas vive su vida sin hacer demasiadas preguntas. La vive con la atención puesta en sus cosas, en sus problemas, en sus anhelos, en sus inquietudes. Y vive esa vida como si fuese la única.

En cierto sentido lo es. La vida de cada individuo biológico es singular, intransferible y, casi con certeza, irrepetible; pero no es la única vida que existe, ni la única vida posible. En realidad, la vida de cada uno de nosotros es como una caja dentro de otra caja, que está contenida otras varias cajas. Y, por la miopía de nuestros paradigmas cotidianos, no vemos sino los límites de la primera caja que nos contiene.

En realidad, estamos metidos dentro de muchas cajas. Formamos parte de grupos humanos, somos parte de estructuras organizadas, pertenecemos a una familia, a una sociedad, a una profesión, a una empresa, a un tiempo, a una época, a una civilización, a una cultura… con su tecnología, su ciencia, sus creencias, sus mitos, sus hábitos y sus costumbres. La mayoría enorme de las personas ni siquiera tiene conciencia de que habla un idioma – lo que significa que piensa en ese idioma – que, de haber nacido en otra parte, bien podría haber sido otro. Con lo que podría haber sido la misma persona pero de un modo diferente. Porque el idioma nos condiciona y es una de las tantas cajas que, de algún modo, contiene y hasta determina en algún grado nuestra forma de pensar.

Nos levantamos, trabajamos, comemos, viajamos, nos informamos, usamos cosas, compramos cosas, pensamos, deseamos, amamos, odiamos, dormimos y, al día siguiente, empezamos todo de nuevo con una especie de presunción tácita de que nuestro Yo es el centro alrededor del cual gira todo el Universo.

Oficialmente y según lo que nos han enseñado en la escuela, es cierto que ya no afirmamos que el Universo gira alrededor de la tierra. Pero seguimos creyendo que todo gira alrededor de nosotros mismos. Nuestro más profundo inconsciente sigue siendo geocéntrico. Porque, aunque sepamos que la tierra es la que gira alrededor del sol, seguimos concibiendo al sol como un viajero del cielo. Por eso en nuestro lenguaje cotidiano seguimos diciendo que el sol “sale” por el Este “se pone” por el Oeste.

En realidad, mientras algunas personas colocan satélites en órbita, millones de otras personas siguen pensando en las estrellas con la misma infantil candidez que tuvieron los sumerios hace más de cinco milenios.

El pasado que distorsionamos.

Buena parte de esta actitud se debe a que tenemos Historia pero no somos conscientes de que formamos parte de ella. Estudiamos Historia como si la misma le hubiera sucedido a otros. Leemos Manuales de Historia y la enorme mayoría de las veces nadie tiene ni idea acerca de qué tiene todo eso que ver con nuestra propia actualidad. Egipto, Grecia, Roma, el Medioevo, son como cuentos de hadas que narran hechos sucedidos en tiempos indefinidos, en lugares lejanos, a gente extraña. Ni nos damos cuenta de que esas historias, en muchísimos casos, cuentan la biografía de nuestros antepasados.

Por otro lado, no tenemos una Historia. Tenemos varias. Tantas como corrientes de pensamiento, modas, mitos o ideologías se nos ha ocurrido inventar. Exceptuando un par de cronologías asépticas, todas las demás obras de Historia difieren entre sí. Las escritas por los católicos no concuerdan con las que escribieron los marxistas; las escritas por liberales celebran hechos que denostan los conservadores; los historiadores liberales nos presentan una Historia distinta a la que escribieron los tradicionalistas. Los economistas nos hablan de una Historia diferente a la de los políticos; la de los teólogos no concuerda con la de los artistas; la de los científicos es incongruente con la de los militares. Cada secta, cada moda filosófica, cada profesión, cada ideología tiene su propia Historia acomodada convenientemente a sus necesidades, objetivos y prejuicios. 


Para colmo, una enorme cantidad de las Historias Oficiales está directamente falsificada. Miramos hacia nuestro pasado a través de un catalejo cuya óptica se halla tallada por los anhelos y los propósitos de quienes han construido nuestro presente. Muchísimas personas no tienen ni idea de la medida en que esas Historias han sido tergiversadas, manipuladas y hasta falsificadas por los vencedores de diferentes guerras y conflictos. Es que los vencedores han usado la Historia para demostrar que sus opiniones son acertadas; la utilizan como prueba de la rectitud de sus intenciones y la imponen como Verdad con mayúscula para fortalecer su poder y justificar sus ambiciones.

En sí mismo, en muy última instancia el hecho es humanamente comprensible: todos los vencedores siempre han construido  vallas culturales alrededor de su victoria para consolidarla.  Lo peligroso es que no queremos darnos cuenta de ello y lo inadmisible es que lo neguemos a la hora de tener que sacar de la Historia real las consecuencias pertinentes. Con eso, al final se verifica lo que decía Huxley: “Quizá la única lección que nos enseña la Historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la Historia”.

Las utopías que construimos.

Con una visión así de nuestro devenir, terminamos muchas veces colocando el carro delante de los caballos. No usamos la experiencia que podría darnos la Historia para aprender cómo se hacen las cosas, o bien como no deberían hacerse. Procedemos a la inversa: dejamos correr nuestra fantasía y nuestros deseos para construir castillos en el aire

Así surge todo un cúmulo de mitos, leyendas y fantasías en las que creemos firmemente, ahuyentando nuestras dudas con el argumento que se basan en hechos "históricamente demostrados". Perdemos de vista que, con tan sólo un poco de habilidad dialéctica, con tan sólo un poco de arbitrariedad en la selección de los acontecimientos, con tan sólo un poco de licencia poética, prácticamente no hay fábula que no pueda presentarse como supuestamente fundada en hechos históricos.

Hemos construido de este modo toda una serie de utopías justificadas con mitos. Algunos de ellos totalmente irreales y otros que no son sino tremendas exageraciones de fenómenos que en realidad fueron completamente diferentes. El problema con estas construcciones arbitrarias es que no son leyendas inocentes. Nuestra mitología no es como fue la de los griegos. No es la expedición poética al reino de una fantasía poblada de personajes más o menos creíbles pero que nunca tuvieron la pretensión de ser necesariamente reales. Nuestras mitologías no son obras con intenciones artísticas sino engendros con ínfulas de verdad científica construidos sobre bases ilusorias.

Los fundamentos que presuponemos.

Dando por buenos a estos delirios hemos terminado por creer y aceptar que todo el universo se basa en ellos. El resultado es que vivimos creyendo que el mundo funciona de cierta manera cuando, en realidad, lo hace de una forma completamente distinta. Confundimos expresiones de deseos con afirmaciones de hechos.

Lo peor de todo es que, cuando aparecen los hechos que deberían hacernos dudar de la validez de nuestras fantasías, en no pocas ocasiones nos aferramos a la fantasía y nos negamos a aceptar los hechos. En el fondo, en algún recoveco de nuestro inconsciente, sabemos sin embargo que el mundo no es como desearíamos que fuese. Pero nuestra voluntad, impulsada por la fantasía del deseo, responde con un encogimiento de hombros y usamos nuestra razón para construir argumentos increíblemente rebuscados a fin de salvar la fantasía a pesar de todo.

Con este método hemos logrado fundar toda una civilización con una andamiaje cuya mayor parte no es más que una expresión de deseos. Y tratamos de sostener esos deseos con la excusa, parcialmente cierta, de que todo desarrollo y todo progreso se detendría si no nos pusiésemos objetivos lejanos aparentemente imposibles. Por desgracia, cuando la realidad demuestra que ciertos proyectos son simplemente estúpidos, en lugar de abandonar la estupidez nos enojamos con la realidad.

Afirmamos que nuestra civilización está basada en una determinada serie de elementos formales cuando la verdad es que se basa en una serie completamente distinta de factores efectivos. Con demasiada frecuencia hay un abismo entre lo real y lo formal; y demasiadas veces o bien lo negamos para no tener que admitirlo, o bien nos ilusionamos con la falacia de afirmar que en el futuro las inconsistencias se resolverán mediante el mismo proceso que las produjo.

Las personas con las que nos relacionamos.

Así como no tenemos una noción clara de las estructuras reales de nuestra civilización, tampoco tenemos una visión concreta de nuestras ataduras sociales. Realmente, en una cantidad alarmante de casos, las personas no tienen ni la más mínima noción de cómo está organizada y cómo funciona la sociedad en la que viven. Muchos creen que las personas simplemente se juntan. Muy pocos tienen una idea, aunque más no sea somera, de lo terriblemente complicado que es el funcionamiento de una sociedad de varios millones de individuos. De lo difícil que resulta disponer las cosas de tal forma que cada cual encuentre razonablemente lo que necesita y que cada cual aporte algo para que todos podamos encontrar luego algo que necesitamos.

Vivimos creyendo que nuestras relaciones personales se dan sobre una base de espontaneidad. Millones de personas creen que la vida que llevan es "natural", en el sentido que se configura por sí misma sin que nadie tenga que hacer un esfuerzo en especial para lograrlo. Y la verdad es completamente diferente.

Tenemos toda una serie de comportamientos que son típicos de la especie y de la condición humana. Ése sustrato es el único Orden Natural que rige nuestros comportamientos. Sobre ese sustrato hemos construido luego, a lo largo de por lo menos 40.000 años, toda una serie de normas morales completamente convencionales, pero que tienen la gran virtud de funcionar maravillosamente para mantener comunidades humanas bien organizadas. Lo que sucede es que últimamente estamos pretendiendo suplantar esa superestructura moral de efectividad demostrada por toda una serie de fantasías hedonistas orientadas exclusivamente a hacer posible lo placentero.

Con la idea de que “si es placentero tiene que estar permitido”, estamos comenzando a perder hasta a la estructura social básica de nuestra especie. Sin esa base, toda la superestructura se está degradando y amenaza con desmoronarse merced a un individualismo egoísta. Muchos se quejan ya de los fenómenos de degeneración estructural que se observan a simple vista, pero la verdad es que nadie hace demasiados esfuerzos por revertirlos. De hecho, muchos ya ni saben cuáles son los esfuerzos que deberían hacer en absoluto.

Las cosas que usamos.

No entendemos muy bien cómo estamos organizados para hacer las cosas; pero también entendemos cada vez menos las cosas que hacemos y usamos.

No sabemos cómo funcionan los objetos. Nueve de cada diez propietarios de automóviles no sabrían cómo averiguar el orden de encendido de un auto naftero. Costaría encontrar un empleado que supiera cómo funciona el ascensor que usa todos los días. Un ama de casa difícilmente sepa más de su licuadora que,  si pulsa el botón, las cuchillas giran. Vivimos en un mundo práctico sembrado de miles de aparatos diferentes; dependemos ya de dichos aparatos; nos pasamos la vida juntando el dinero necesario para comprarlos; trabajamos fabricándolos. Y, en la enorme mayoría de los casos, los usuarios no saben cómo funcionan.

Lo peor de todo es que no nos damos cuenta de lo terriblemente dependientes que nos hemos vuelto de estos objetos. Hemos organizado nuestras vidas dando por sentada su existencia y ni nos podemos imaginar el caos que se produciría si, de pronto, nos faltasen o dejasen de funcionar. Si cortáramos por completo la electricidad en una gran ciudad, en apenas un par de días tendríamos un sangriento caos.

Es que ya estamos organizados en función de nuestros aparatos y nuestros servicios. Lo que sucede es que cada vez hacemos más cosas con menos personas, en menos tiempo, y hay cada vez más personas sobre el planeta. Lo que hoy hace una línea de producción robotizada, hace apenas diez años atrás lo hacían cientos de operarios. Nos hemos fabricado sirvientes mecánicos, memorias electrónicas, esclavos de material plástico y motores eléctricos. De todos ellos, por lo general, desconocemos prácticamente todo lo que está debajo de la carcasa. Lo único que sabemos es lo que hacen después de apretar una tecla. Y aun sabiendo lo que hacen, seguimos ignorando supinamente el cómo lo hacen. ¿Alguno de ustedes sabe cómo funciona realmente un teléfono celular? ¿Se animarían a armar uno si alguien les da una caja con todas las piezas sueltas?

Las decisiones que dejamos tomar.

Lo que nos pasa con los objetos nos pasa también y casi en la misma medida con nuestras estructuras políticas, sociales y económicas: no sabemos muy bien cómo surgen las decisiones y cómo se distribuyen las responsabilidades. En este sentido, las opciones electorales son a los hechos lo mismo que las teclas de comando a los aparatos. Sabemos aproximadamente cual es el comportamiento que se espera del candidato pero, habiendo emitido, el voto todo lo que sucede después está completamente fuera de nuestro alcance.

En cuanto a las instituciones públicas hay un modelo formal, teórico, según el cual se supone que deberían funcionar. Pero todo el mundo sabe que la realidad es otra. Nadie tiene una visión clara de cuáles son los principios básicos por los cuales realmente se rige la actividad pública. Y los que tienen esa visión, o al menos alguna idea al respecto, se cuidan mucho de abrir la boca ya que decir la verdad implicaría mandar de paseo una buena cantidad de fantasías institucionalizadas consideradas sacrosantas. El resultado es que casi nadie sabe cómo funciona realmente nuestra sociedad y, al no saberlo, tampoco se sabe qué es lo que hace falta para mantenerla funcionando o – lo que sería harto deseable – qué deberíamos hacer para que funcione un poco mejor.

Para la enorme mayoría de la gente, las cosas simplemente suceden. Alguien, en algún lado, decide cosas que luego aparecen en los titulares. Los periodistas comentan, todo el mundo opina. Al final, algunas cosas se hacen. Otras no. Otras se hacen a escondidas. La gran mayoría nunca se entera de quién impulsó la decisión, quien tomó la iniciativa y con qué criterio la tomó. El tema se agita por unos días y luego resurge solamente si todo termina en un desastre. Y cuando el desastre ya es inocultable las responsabilidades se diluyen.

Con la moral en general y con la moral pública en particular sucede que el tema adquiere envergadura solamente a la hora de acusar a los demás. Es cierto que sería estúpido cometer la ingenuidad de pretender que los corruptos se acusen a sí mismos. Pero no menos cierto es que las acusaciones de corrupción se imputan a personas que, en una cantidad muy grande de casos, no hicieron más que proceder según comportamientos quizás inconfesables pero absolutamente habituales. Cuando no se pueden delimitar responsabilidades, es todo un sistema el que está corrupto. Por eso es que rara vez hay culpables condenados.

No tenemos idea de qué tan frágiles son nuestras estructuras. Muchísima gente vive quejándose de un montón de cosas que andan mal y ni se da cuenta de cuantas cosas andan razonablemente bien. Menos aún se tiene noción de la enorme cantidad de cosas que necesitamos todos los días para llevar la vida que llevamos. Hemos perdido de vista las características y la esencia misma de nuestras relaciones estructurales y sistémicas. Vivimos en un mundo que, mal que bien, funciona. Pero la enorme mayoría no sabe por qué funciona ni cómo funciona. Damos por sentadas demasiadas cosas. Aceptamos como normales y naturales muchísimos hechos que, en realidad, son terriblemente complicados y dependen de factores muy críticos que ignoramos casi por completo.

Las ideas que afirmamos.

Frente a todo ello, nos autoengañamos creyendo que podremos mantener el rumbo aferrándonos a lo que llamamos nuestras ideas. Pero, bien miradas, nuestras grandes ideas son muchas veces solo caprichosas expresiones de deseos. El mundo no funciona sobre la base de las ficciones novelescas que cultivamos. El universo que nos rodea, y del que formamos parte, funciona por relaciones, proporciones, probabilidades, reglas, leyes, normas y pautas bastante bien establecidas. Podemos no entenderlas ni conocerlas a todas. Pero si hemos conseguido evolucionar fue porque, al menos durante miles de años, algunos han tratado de entender poniendo cuidado de no confundir caprichos humanos con las posibilidades reales del universo. Últimamente nos hemos vuelto tan soberbios que hemos comenzado a creer que cualquiera de nuestras extravagancias entra dentro del ámbito de lo posible.

En muchos rubros no nos ha ido muy bien que digamos. Y todo parece indicar que, de persistir en esta tontería, lo único que podemos esperar es que nos irá peor. El confundir nuestros deseos con nuestras posibilidades reales es, quizás, una de las características más sobresalientes en nuestra Historia de los últimos cien o doscientos años.

El fenómeno tiene, probablemente, su explicación en los grandes logros que innegablemente hemos conquistado. Perdimos gran parte de nuestra capacidad de asombro precisamente por lo asombroso de nuestros avances científicos y tecnológicos. Pero estamos algo así como ebrios de éxito y, como todos los ebrios, no dejamos estupidez sin cometer. La ebriedad nos ha hecho perder en gran parte la noción de nuestros propios límites. Y esto no es una cuestión de optimismo o pesimismo. Mucho menos es una cuestión de descreer de la posibilidad de un gran futuro con conquistas aún más asombrosas que las conseguidas hasta ahora. La cuestión es más bien repasar un poco los ámbitos en que hemos podido avanzar con tanto éxito y compararlos con aquellos otros ámbitos en dónde los avances han sido muchísimo menos espectaculares. La cuestión, como en toda cuestión de ebriedad, es no perder el equilibrio.

El futuro que nos espera.

Con la deliberada actitud de negar la realidad objetiva tarde o temprano terminaremos metiéndonos en situaciones imposibles de mantener. La tozuda costumbre de aferrarnos a las expresiones de deseos declarándolas proyectos efectivamente realizables y nuestra manía de construir castillos en el aire solo para enojarnos luego cuando no se sostienen, constituyen actitudes que tienen el fracaso asegurado. Ya nos pasó con el imperio soviético y seguimos negándonos a admitir que el socialismo del Siglo XX en primer lugar nunca llegó al comunismo y, en segundo lugar, nunca fue otra cosa que el liberalismo del Siglo XVIII pensado hasta sus últimas consecuencias.

Por otra parte, la falta de una visión integradora de la realidad, la falta de una visión cultural comprensiva, nos está llevando a una especie de atomización producida por el desgarramiento de nuestro saber en muchas direcciones distintas sin una guía orientadora que lo estructure en un todo coherente. Estamos en el mejor camino de tener mucho conocimiento sin nada de saber.

Nos estamos volviendo más eficientes en muchas actividades. Eficiencia y excelencia son metas muy apreciadas en nuestra civilización. Pero la mayoría de nuestros intelectuales se enoja cuando se entera de que tienen un precio. No es posible lograr eficiencia ni excelencia si los intentos están contaminados de quimeras.

Hemos generado mil formas de escapismo. Desde los alucinógenos hasta la enorme industria del entretenimiento, todo está dirigido a hacernos olvidar la realidad cotidiana. De hecho, nos pesa horrores esa gris reiteración de actos casi automáticos que constituye la mayor parte de nuestras vidas. Nos fugamos de ese aburrimiento recurriendo a la pantalla del televisor. Y en esa pantalla esperamos ver, en imágenes, el mundo que nos niega la realidad de nuestra propia vida. Así, por televisión, corremos las carreras de las que nunca participaremos; miramos los partidos que nunca jugaremos, admiramos mujeres que jamás conoceremos; miramos paisajes que no visitamos; peleamos las guerras que nunca libramos y los norteamericanos han llegado hasta a ganar en la pantalla las guerras que perdieron en el campo de batalla.

Lo curioso es que nos refugiamos en esos mundos ilusorios justo en una época que ha abierto la frontera más inmensa y fantástica de todas las fronteras que ha conocido nuestra especie. Nos refugiamos en las alucinaciones justo al día siguiente de haber llegado a la luna. Es como si renunciáramos a nuestra vocación de conquista justo el día antes de lograr la posibilidad de emprender la más impresionante conquista de todas. Producimos preocupadísimos trabajos sobre el problema de la explosión demográfica y, sin solución de continuidad, protestamos airados por el costo de la investigación espacial argumentando la cantidad de escuelas que podrían haberse construido por el precio de un satélite. Nos estamos quedando sin espacio por un lado y, por el otro, denigramos los esfuerzos que pueden conducirnos a ganar el más fenomenal espacio que jamás nos hayamos imaginado.

La pasión por el cambio

Pero, aun con toda esta anarquía conceptual; a pesar de nuestras confusiones, dudas y conflictos, seguimos haciendo cosas, seguimos cambiando, articulando, modificando y transformando el mundo en el que vivimos. Seguimos enamorados del Progreso – así con mayúscula – que es uno de los viejos mitos heredados de los intelectuales de la Revolución Industrial.

El problema es que, a decir verdad, nunca terminamos de definir con precisión qué debíamos entender por "Progreso". Últimamente los grandes gurúes de la economía y de las teorías de la administración ya ni se preocupan por definir el Progreso. Ahora les basta con hablar de cambio.

El mensaje de todos los nuevos gurúes del management moderno es prácticamente unánime: El mundo cambia. Estamos inmersos en vertiginosos procesos de cambio. Quienes se resistan a él serán barridos de la escena. Quienes consigan alinearse prosperarán. Quienes sean capaces de anticiparse al cambio serán los verdaderos triunfadores del mañana. Empresas gigantescas han ido a la quiebra por no haber sabido detectar el cambio. Programas costosísimos terminaron en el cesto de papeles porque el producto diseñado se había vuelto obsoleto aun antes de salir de la línea de montaje. Productos que ningún industrial miope quiso fabricar se convirtieron en negocios de varios cientos de millones de dólares por obra y gracia de algún visionario que supo prever las necesidades que crearía el cambio. Los grandes gurúes predican la necesidad de aceptar la convivencia con el cambio. Nos dicen que debemos admitir el cambio no sólo porque significa Progreso sino por algo mucho más drástico: porque se ha vuelto inevitable.

Que es casi lo mismo que decir que se nos ha escapado de las manos. Si nunca definimos realmente al Progreso, menos aún estamos ahora en posición de saber adónde nos está conduciendo esta manía por el cambio y esta idolatría de lo nuevo. Los mismos gurúes que predican la religión del cambio están desesperadamente tratando de elaborar métodos prácticos que nos permitan anticiparlo. Todas las modas administrativas de los últimos años se topan tarde o temprano con el mismo escollo: estamos sumergidos en una verdadera orgía de cambios pero ¿alguien tiene una idea clara de hacia dónde nos llevan?

En realidad, lo único que los grandes teóricos del cambio saben con certeza acerca de nuestro futuro es que será diferente. Y, si es cierto que eso es todo lo que saben, nuestro futuro promete ser bastante triste. Si lo único que sabemos del devenir de nuestra civilización es que cambiará constantemente, lo que en realidad nos ha sucedido es que hemos perdido la capacidad de construir el futuro. Y, si no tenemos una idea – aunque más no sea aproximada – del futuro que estamos construyendo, ¿qué nos hace pensar que estamos autorizados a seguir invocando al Progreso como justificación de nuestros actos; sea lo que fuere que este Progreso significa de todos modos?

Si no podemos imaginar y diseñar un futuro posible, la triste verdad es que ya no tenemos futuro porque estamos en las manos del azar. Deberíamos parar un momento y preguntarnos: ¿Es serio todo esto? ¿Podemos enfrentar el actual milenio con esta aplastante pobreza de ideas y con esta casi increíble esterilidad creativa?

Un necesario alto en el camino

En la mitología de Roma, Ianus era el guardián del portal de acceso a los cielos y el dios de los comienzos y los desenlaces. Los artistas de la época lo representaban con dos rostros: uno mirando hacia el pasado y el otro hacia el futuro. Se lo invocaba al comienzo de cada año y así fue como su nombre dio origen al del primer mes del calendario, Ianuarius, denominación de la cual se deriva nuestro actual Enero.

Estamos no sólo en un nuevo siglo sino, además, en un nuevo milenio. Quizás nos haría bien inspirarnos un poco en el antiguo dios bifronte: mirar hacia el pasado para aprender de nuestra experiencia y luego mirar hacia el futuro sabiendo que puede ser mejor si dejamos de lado muchas de las tonterías que insistimos en seguir cometiendo.

Todo lo que propongo y pretendo es que nos detengamos un poco a reflexionar. A pensar en serio y sin prejuicios sobre algunas cosas. En principio, deberíamos meditar en profundidad tanto sobre los gastados clisés a los que con tan irracional pasión nos aferramos, como sobre el camino que se abre ante nosotros para ser transitado durante los próximos diez siglos. Porque sería hacer ficción pura hablar del futuro sin haber entendido – o al menos tratado de entender – tanto nuestra realidad actual como la verdadera realidad de nuestro pasado. Hablar de lo que podemos hacer sin haber hecho el intento de comprender lo que somos y la forma en que hemos llegado hasta aquí sería como saltar en paracaídas con una venda en los ojos.

Por eso, la propuesta es atrevernos a aceptar la realidad de nuestro presente; atrevernos a tener otra vez un futuro y, de paso, tanto como para despejar el terreno, quizás sería bueno poner bajo la lupa a buena parte de esos clisés que heredamos y que estamos aceptando sin mayor análisis. Tenemos que aprender a hacer dos cosas: a mirar los problemas de frente y a tirar lastre. Tenemos que juntar el coraje intelectual de aceptar el desafío del actual milenio, que no es sino el desafío que nos lanzan nuestras propias posibilidades. Posibilidades que en gran medida nacen de la rica experiencia que el Homo Sapiens ha adquirido a lo largo de su existencia.

Pero, para hacer las cosas bien, muy posiblemente tengamos que tirar por la borda muchos prejuicios. El Mundo no es como lo pintan los dogmas oficiales ni ha sido como lo describen las Historias sectarias. Estamos mirando nuestro mundo a través de una pequeña ventana, y tarde o temprano deberemos admitir que los cristales de esa ventana distorsionan. Por eso, lo aconsejable sería abrirla de una vez por todas. Tanto como para que entre un poco de aire fresco y también para ver con mayor claridad.

Y si la ventana resulta estar atascada, alguien, en algún momento, tendrá que decidirse a romper el vidrio. Al fin y al cabo, el precio de un par de vidrios rotos es poco comparado con el beneficio de recuperar un pasado real y volver a tener un futuro posible.




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