Los horizontes limitados
La enorme mayoría
de las personas vive su vida sin hacer demasiadas preguntas. La vive
con la atención puesta en sus cosas, en sus problemas, en sus anhelos, en sus
inquietudes. Y vive esa vida como si fuese la única.
En cierto sentido
lo es. La vida de cada individuo biológico es singular, intransferible y, casi
con certeza, irrepetible; pero no es la única vida que existe, ni la única vida
posible. En realidad, la vida de cada uno de nosotros es como una caja dentro
de otra caja, que está contenida otras varias cajas. Y, por la miopía de
nuestros paradigmas cotidianos, no vemos sino los límites de la primera caja
que nos contiene.
En realidad,
estamos metidos dentro de muchas cajas. Formamos parte de grupos humanos, somos
parte de estructuras organizadas, pertenecemos a una familia, a una sociedad, a
una profesión, a una empresa, a un tiempo, a una época, a una civilización, a
una cultura… con su tecnología, su ciencia, sus creencias, sus mitos, sus
hábitos y sus costumbres. La mayoría enorme de las personas ni siquiera tiene
conciencia de que habla un idioma – lo que significa que piensa en ese idioma –
que, de haber nacido en otra parte, bien podría haber sido otro. Con lo que
podría haber sido la misma persona pero de un modo diferente. Porque el idioma
nos condiciona y es una de las tantas cajas que, de algún modo, contiene y
hasta determina en algún grado nuestra forma de pensar.
Nos levantamos,
trabajamos, comemos, viajamos, nos informamos, usamos cosas, compramos cosas,
pensamos, deseamos, amamos, odiamos, dormimos y, al día siguiente, empezamos
todo de nuevo con una especie de presunción tácita de que nuestro Yo es el
centro alrededor del cual gira todo el Universo.
Oficialmente y
según lo que nos han enseñado en la escuela, es cierto que ya no afirmamos que
el Universo gira alrededor de la tierra. Pero seguimos creyendo que todo gira
alrededor de nosotros mismos. Nuestro más profundo inconsciente
sigue siendo geocéntrico. Porque, aunque sepamos que la tierra es la que gira
alrededor del sol, seguimos concibiendo al sol como un viajero del cielo. Por
eso en nuestro lenguaje cotidiano seguimos diciendo que el sol “sale” por el
Este “se pone” por el Oeste.
En realidad,
mientras algunas personas colocan satélites en órbita, millones de otras
personas siguen pensando en las estrellas con la misma infantil candidez que
tuvieron los sumerios hace más de cinco milenios.
El pasado que distorsionamos.
Buena parte de
esta actitud se debe a que tenemos Historia pero no somos conscientes de que
formamos parte de ella. Estudiamos Historia como si la misma le hubiera
sucedido a otros. Leemos Manuales de Historia y la enorme mayoría de las veces
nadie tiene ni idea acerca de qué tiene todo eso que ver con nuestra propia
actualidad. Egipto, Grecia, Roma, el Medioevo, son como cuentos de hadas que
narran hechos sucedidos en tiempos indefinidos, en lugares lejanos, a gente
extraña. Ni nos damos cuenta de que esas historias, en muchísimos casos, cuentan
la biografía de nuestros antepasados.
Por otro lado, no
tenemos una Historia. Tenemos varias. Tantas como corrientes de pensamiento,
modas, mitos o ideologías se nos ha ocurrido inventar. Exceptuando un par de
cronologías asépticas, todas las demás obras de Historia difieren entre sí. Las
escritas por los católicos no concuerdan con las que escribieron los marxistas;
las escritas por liberales celebran hechos que denostan los conservadores; los
historiadores liberales nos presentan una Historia distinta a la que
escribieron los tradicionalistas. Los economistas nos hablan de una Historia
diferente a la de los políticos; la de los teólogos no concuerda con la de los
artistas; la de los científicos es incongruente con la de los militares. Cada
secta, cada moda filosófica, cada profesión, cada ideología tiene su propia
Historia acomodada convenientemente a sus necesidades, objetivos y prejuicios.
Para colmo, una enorme cantidad de las Historias Oficiales está directamente falsificada. Miramos hacia nuestro pasado a través de un catalejo cuya óptica se halla tallada por los anhelos y los propósitos de quienes han construido nuestro presente. Muchísimas personas no tienen ni idea de la medida en que esas Historias han sido tergiversadas, manipuladas y hasta falsificadas por los vencedores de diferentes guerras y conflictos. Es que los vencedores han usado la Historia para demostrar que sus opiniones son acertadas; la utilizan como prueba de la rectitud de sus intenciones y la imponen como Verdad con mayúscula para fortalecer su poder y justificar sus ambiciones.
En sí mismo, en muy última instancia el hecho es humanamente comprensible: todos los vencedores siempre han construido vallas culturales alrededor de su victoria para consolidarla. Lo peligroso es que no queremos darnos cuenta de ello y lo inadmisible es que lo neguemos a la hora de tener que sacar de la Historia real las consecuencias pertinentes. Con eso, al final se verifica lo que decía Huxley: “Quizá la única lección que nos enseña la Historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la Historia”.
Las utopías que construimos.
Con una visión
así de nuestro devenir, terminamos muchas veces colocando el carro delante de
los caballos. No usamos la experiencia que podría darnos la Historia para
aprender cómo se hacen las cosas, o bien como no deberían hacerse. Procedemos a
la inversa: dejamos correr nuestra fantasía y nuestros deseos para construir
castillos en el aire
Así surge todo un
cúmulo de mitos, leyendas y fantasías en las que creemos firmemente,
ahuyentando nuestras dudas con el argumento que se basan en hechos
"históricamente demostrados". Perdemos de vista que, con tan sólo un
poco de habilidad dialéctica, con tan sólo un poco de arbitrariedad en la
selección de los acontecimientos, con tan sólo un poco de licencia poética,
prácticamente no hay fábula que no pueda presentarse como supuestamente fundada
en hechos históricos.
Hemos construido
de este modo toda una serie de utopías justificadas con mitos. Algunos de ellos
totalmente irreales y otros que no son sino tremendas exageraciones de
fenómenos que en realidad fueron completamente diferentes. El problema con
estas construcciones arbitrarias es que no son leyendas inocentes. Nuestra
mitología no es como fue la de los griegos. No es la expedición poética al
reino de una fantasía poblada de personajes más o menos creíbles pero que nunca
tuvieron la pretensión de ser necesariamente reales. Nuestras mitologías no
son obras con intenciones artísticas sino engendros con ínfulas de verdad
científica construidos sobre bases ilusorias.
Los fundamentos que presuponemos.
Dando por buenos
a estos delirios hemos terminado por creer y aceptar que todo el universo se
basa en ellos. El resultado es que vivimos creyendo que el mundo funciona de
cierta manera cuando, en realidad, lo hace de una forma completamente distinta.
Confundimos expresiones de deseos con afirmaciones de hechos.
Lo peor de todo
es que, cuando aparecen los hechos que deberían hacernos dudar de la validez de
nuestras fantasías, en no pocas ocasiones nos aferramos a la fantasía y nos
negamos a aceptar los hechos. En el fondo, en algún recoveco de nuestro inconsciente,
sabemos sin embargo que el mundo no es como desearíamos que fuese. Pero nuestra
voluntad, impulsada por la fantasía del deseo, responde con un encogimiento de
hombros y usamos nuestra razón para construir argumentos increíblemente
rebuscados a fin de salvar la fantasía a pesar de todo.
Con este método
hemos logrado fundar toda una civilización con una andamiaje cuya mayor parte no
es más que una expresión de deseos. Y tratamos de sostener esos deseos con la
excusa, parcialmente cierta, de que todo desarrollo y todo progreso se
detendría si no nos pusiésemos objetivos lejanos aparentemente imposibles. Por
desgracia, cuando la realidad demuestra que ciertos proyectos son simplemente
estúpidos, en lugar de abandonar la estupidez nos enojamos con la realidad.
Afirmamos que nuestra civilización está basada en una determinada serie de elementos formales cuando la verdad es que se basa en una serie completamente distinta de factores efectivos. Con demasiada frecuencia hay un abismo entre lo real y lo formal; y demasiadas veces o bien lo negamos para no tener que admitirlo, o bien nos ilusionamos con la falacia de afirmar que en el futuro las inconsistencias se resolverán mediante el mismo proceso que las produjo.
Las personas con las que nos relacionamos.
Así como no tenemos una noción clara de las estructuras reales de nuestra civilización, tampoco tenemos una visión concreta de nuestras ataduras sociales. Realmente, en una cantidad alarmante de casos, las personas no tienen ni la más mínima noción de cómo está organizada y cómo funciona la sociedad en la que viven. Muchos creen que las personas simplemente se juntan. Muy pocos tienen una idea, aunque más no sea somera, de lo terriblemente complicado que es el funcionamiento de una sociedad de varios millones de individuos. De lo difícil que resulta disponer las cosas de tal forma que cada cual encuentre razonablemente lo que necesita y que cada cual aporte algo para que todos podamos encontrar luego algo que necesitamos.
Vivimos creyendo
que nuestras relaciones personales se dan sobre una base de espontaneidad.
Millones de personas creen que la vida que llevan es "natural", en el
sentido que se configura por sí misma sin que nadie tenga que hacer un esfuerzo
en especial para lograrlo. Y la verdad es completamente diferente.
Tenemos toda una
serie de comportamientos que son típicos de la especie y de la condición
humana. Ése sustrato es el único Orden Natural que rige nuestros comportamientos.
Sobre ese sustrato hemos construido luego, a lo largo de por lo menos 40.000
años, toda una serie de normas morales completamente convencionales, pero que
tienen la gran virtud de funcionar maravillosamente para mantener comunidades
humanas bien organizadas. Lo que sucede es que últimamente estamos pretendiendo
suplantar esa superestructura moral de efectividad demostrada por toda una
serie de fantasías hedonistas orientadas exclusivamente a hacer posible lo
placentero.
Con la idea de
que “si es placentero tiene que estar permitido”, estamos comenzando a perder
hasta a la estructura social básica de nuestra especie. Sin esa base, toda la
superestructura se está degradando y amenaza con desmoronarse merced a un
individualismo egoísta. Muchos se quejan ya de los fenómenos de degeneración
estructural que se observan a simple vista, pero la verdad es que nadie hace
demasiados esfuerzos por revertirlos. De hecho, muchos ya ni saben cuáles son
los esfuerzos que deberían hacer en absoluto.
Las cosas que usamos.
No entendemos muy
bien cómo estamos organizados para hacer las cosas; pero también entendemos
cada vez menos las cosas que hacemos y usamos.
No sabemos cómo
funcionan los objetos. Nueve de cada diez propietarios de automóviles no
sabrían cómo averiguar el orden de encendido de un auto naftero. Costaría
encontrar un empleado que supiera cómo funciona el ascensor que usa todos los
días. Un ama de casa difícilmente sepa más de su licuadora que, si pulsa el botón, las cuchillas giran.
Vivimos en un mundo práctico sembrado de miles de aparatos diferentes;
dependemos ya de dichos aparatos; nos pasamos la vida juntando el dinero
necesario para comprarlos; trabajamos fabricándolos. Y, en la enorme mayoría de
los casos, los usuarios no saben cómo funcionan.
Lo peor de todo
es que no nos damos cuenta de lo terriblemente dependientes que nos hemos
vuelto de estos objetos. Hemos organizado nuestras vidas dando por sentada su
existencia y ni nos podemos imaginar el caos que se produciría si, de pronto,
nos faltasen o dejasen de funcionar. Si cortáramos por completo la electricidad
en una gran ciudad, en apenas un par de días tendríamos un sangriento caos.
Es que ya estamos
organizados en función de nuestros aparatos y nuestros servicios. Lo que sucede
es que cada vez hacemos más cosas con menos personas, en menos tiempo, y hay
cada vez más personas sobre el planeta. Lo que hoy hace una línea de producción
robotizada, hace apenas diez años atrás lo hacían cientos de operarios. Nos
hemos fabricado sirvientes mecánicos, memorias electrónicas, esclavos de
material plástico y motores eléctricos. De todos ellos, por lo general,
desconocemos prácticamente todo lo que está debajo de la carcasa. Lo único que
sabemos es lo que hacen después de apretar una tecla. Y aun sabiendo lo que
hacen, seguimos ignorando supinamente el cómo lo hacen. ¿Alguno de ustedes sabe
cómo funciona realmente un teléfono celular? ¿Se animarían a armar uno si
alguien les da una caja con todas las piezas sueltas?
Las decisiones que dejamos tomar.
Lo que nos pasa
con los objetos nos pasa también y casi en la misma medida con nuestras
estructuras políticas, sociales y económicas: no sabemos muy bien cómo surgen
las decisiones y cómo se distribuyen las responsabilidades. En este sentido,
las opciones electorales son a los hechos lo mismo que las teclas de comando a
los aparatos. Sabemos aproximadamente cual es el comportamiento que se espera
del candidato pero, habiendo emitido, el voto todo lo que sucede después está
completamente fuera de nuestro alcance.
En cuanto a las
instituciones públicas hay un modelo formal, teórico, según el cual se supone
que deberían funcionar. Pero todo el mundo sabe que la realidad es otra. Nadie
tiene una visión clara de cuáles son los principios básicos por los cuales
realmente se rige la actividad pública. Y los que tienen esa visión, o al menos
alguna idea al respecto, se cuidan mucho de abrir la boca ya que decir la
verdad implicaría mandar de paseo una buena cantidad de fantasías
institucionalizadas consideradas sacrosantas. El resultado es que casi nadie
sabe cómo funciona realmente nuestra sociedad y, al no saberlo, tampoco se sabe
qué es lo que hace falta para mantenerla funcionando o – lo que sería harto
deseable – qué deberíamos hacer para que funcione un poco mejor.
Para la enorme
mayoría de la gente, las cosas simplemente suceden. Alguien, en algún lado,
decide cosas que luego aparecen en los titulares. Los periodistas comentan,
todo el mundo opina. Al final, algunas cosas se hacen. Otras no. Otras se hacen
a escondidas. La gran mayoría nunca se entera de quién impulsó la decisión,
quien tomó la iniciativa y con qué criterio la tomó. El tema se agita por unos
días y luego resurge solamente si todo termina en un desastre. Y cuando el
desastre ya es inocultable las responsabilidades se diluyen.
No tenemos idea
de qué tan frágiles son nuestras estructuras. Muchísima gente vive quejándose
de un montón de cosas que andan mal y ni se da cuenta de cuantas cosas andan
razonablemente bien. Menos aún se tiene noción de la enorme cantidad de cosas
que necesitamos todos los días para llevar la vida que llevamos. Hemos perdido
de vista las características y la esencia misma de nuestras relaciones
estructurales y sistémicas. Vivimos en un mundo que, mal que bien, funciona.
Pero la enorme mayoría no sabe por qué funciona ni cómo funciona. Damos por
sentadas demasiadas cosas. Aceptamos como normales y naturales muchísimos
hechos que, en realidad, son terriblemente complicados y dependen de factores
muy críticos que ignoramos casi por completo.
Las ideas que afirmamos.
Frente a todo
ello, nos autoengañamos creyendo que podremos mantener el rumbo aferrándonos a
lo que llamamos nuestras ideas. Pero, bien miradas, nuestras grandes ideas son
muchas veces solo caprichosas expresiones de deseos. El mundo no funciona sobre
la base de las ficciones novelescas que cultivamos. El universo que nos rodea,
y del que formamos parte, funciona por relaciones, proporciones,
probabilidades, reglas, leyes, normas y pautas bastante bien establecidas.
Podemos no entenderlas ni conocerlas a todas. Pero si hemos conseguido
evolucionar fue porque, al menos durante miles de años, algunos han tratado de
entender poniendo cuidado de no confundir caprichos humanos con las
posibilidades reales del universo. Últimamente nos hemos vuelto tan soberbios
que hemos comenzado a creer que cualquiera de nuestras extravagancias entra
dentro del ámbito de lo posible.
En muchos rubros
no nos ha ido muy bien que digamos. Y todo parece indicar que, de persistir en
esta tontería, lo único que podemos esperar es que nos irá peor. El confundir
nuestros deseos con nuestras posibilidades reales es, quizás, una de las
características más sobresalientes en nuestra Historia de los últimos cien o
doscientos años.
El fenómeno
tiene, probablemente, su explicación en los grandes logros que innegablemente
hemos conquistado. Perdimos gran parte de nuestra capacidad de asombro
precisamente por lo asombroso de nuestros avances científicos y tecnológicos.
Pero estamos algo así como ebrios de éxito y, como todos los ebrios, no dejamos
estupidez sin cometer. La ebriedad nos ha hecho perder en gran parte la noción
de nuestros propios límites. Y esto no es una cuestión de optimismo o
pesimismo. Mucho menos es una cuestión de descreer de la posibilidad de un gran
futuro con conquistas aún más asombrosas que las conseguidas hasta ahora. La
cuestión es más bien repasar un poco los ámbitos en que hemos podido avanzar
con tanto éxito y compararlos con aquellos otros ámbitos en dónde los avances
han sido muchísimo menos espectaculares. La cuestión, como en toda cuestión de
ebriedad, es no perder el equilibrio.
El futuro que nos espera.
Con la deliberada
actitud de negar la realidad objetiva tarde o temprano terminaremos metiéndonos
en situaciones imposibles de mantener. La tozuda costumbre de aferrarnos a las
expresiones de deseos declarándolas proyectos efectivamente realizables y
nuestra manía de construir castillos en el aire solo para enojarnos luego
cuando no se sostienen, constituyen actitudes que tienen el fracaso asegurado.
Ya nos pasó con el imperio soviético y seguimos negándonos a admitir que el
socialismo del Siglo XX en primer lugar nunca llegó al comunismo y, en segundo
lugar, nunca fue otra cosa que el liberalismo del Siglo XVIII pensado hasta sus
últimas consecuencias.
Por otra parte,
la falta de una visión integradora de la realidad, la falta de una visión
cultural comprensiva, nos está llevando a una especie de atomización producida
por el desgarramiento de nuestro saber en muchas direcciones distintas sin una
guía orientadora que lo estructure en un todo coherente. Estamos en el mejor
camino de tener mucho conocimiento sin nada de saber.
Nos estamos
volviendo más eficientes en muchas actividades. Eficiencia y excelencia son
metas muy apreciadas en nuestra civilización. Pero la mayoría de nuestros
intelectuales se enoja cuando se entera de que tienen un precio. No es posible
lograr eficiencia ni excelencia si los intentos están contaminados de quimeras.
Hemos generado mil formas de escapismo. Desde los alucinógenos hasta la enorme industria del entretenimiento, todo está dirigido a hacernos olvidar la realidad cotidiana. De hecho, nos pesa horrores esa gris reiteración de actos casi automáticos que constituye la mayor parte de nuestras vidas. Nos fugamos de ese aburrimiento recurriendo a la pantalla del televisor. Y en esa pantalla esperamos ver, en imágenes, el mundo que nos niega la realidad de nuestra propia vida. Así, por televisión, corremos las carreras de las que nunca participaremos; miramos los partidos que nunca jugaremos, admiramos mujeres que jamás conoceremos; miramos paisajes que no visitamos; peleamos las guerras que nunca libramos y los norteamericanos han llegado hasta a ganar en la pantalla las guerras que perdieron en el campo de batalla.
Lo curioso es que
nos refugiamos en esos mundos ilusorios justo en una época que ha abierto la
frontera más inmensa y fantástica de todas las fronteras que ha conocido
nuestra especie. Nos refugiamos en las alucinaciones justo al día siguiente de
haber llegado a la luna. Es como si renunciáramos a nuestra vocación de
conquista justo el día antes de lograr la posibilidad de emprender la más
impresionante conquista de todas. Producimos preocupadísimos trabajos sobre el
problema de la explosión demográfica y, sin solución de continuidad,
protestamos airados por el costo de la investigación espacial argumentando la
cantidad de escuelas que podrían haberse construido por el precio de un
satélite. Nos estamos quedando sin espacio por un lado y, por el otro,
denigramos los esfuerzos que pueden conducirnos a ganar el más fenomenal
espacio que jamás nos hayamos imaginado.
La pasión por el cambio
Pero, aun con
toda esta anarquía conceptual; a pesar de nuestras confusiones, dudas y
conflictos, seguimos haciendo cosas, seguimos cambiando, articulando,
modificando y transformando el mundo en el que vivimos. Seguimos enamorados del
Progreso – así con mayúscula – que es uno de los viejos mitos heredados de los intelectuales
de la Revolución Industrial.
El problema es
que, a decir verdad, nunca terminamos de definir con precisión qué debíamos
entender por "Progreso". Últimamente los grandes gurúes de la
economía y de las teorías de la administración ya ni se preocupan por definir
el Progreso. Ahora les basta con hablar de cambio.
El mensaje de todos los nuevos gurúes del management moderno es prácticamente unánime: El mundo cambia. Estamos inmersos en vertiginosos procesos de cambio. Quienes se resistan a él serán barridos de la escena. Quienes consigan alinearse prosperarán. Quienes sean capaces de anticiparse al cambio serán los verdaderos triunfadores del mañana. Empresas gigantescas han ido a la quiebra por no haber sabido detectar el cambio. Programas costosísimos terminaron en el cesto de papeles porque el producto diseñado se había vuelto obsoleto aun antes de salir de la línea de montaje. Productos que ningún industrial miope quiso fabricar se convirtieron en negocios de varios cientos de millones de dólares por obra y gracia de algún visionario que supo prever las necesidades que crearía el cambio. Los grandes gurúes predican la necesidad de aceptar la convivencia con el cambio. Nos dicen que debemos admitir el cambio no sólo porque significa Progreso sino por algo mucho más drástico: porque se ha vuelto inevitable.
Que es casi lo
mismo que decir que se nos ha escapado de las manos. Si nunca definimos
realmente al Progreso, menos aún estamos ahora en posición de saber adónde nos
está conduciendo esta manía por el cambio y esta idolatría de lo nuevo. Los
mismos gurúes que predican la religión del cambio están desesperadamente
tratando de elaborar métodos prácticos que nos permitan anticiparlo. Todas las
modas administrativas de los últimos años se topan tarde o temprano con el
mismo escollo: estamos sumergidos en una verdadera orgía de cambios pero
¿alguien tiene una idea clara de hacia dónde nos llevan?
En realidad, lo
único que los grandes teóricos del cambio saben con certeza acerca de nuestro
futuro es que será diferente. Y, si es cierto que eso es todo lo que saben,
nuestro futuro promete ser bastante triste. Si lo único que sabemos del devenir
de nuestra civilización es que cambiará constantemente, lo que en realidad nos
ha sucedido es que hemos perdido la capacidad de construir el futuro. Y, si no
tenemos una idea – aunque más no sea aproximada – del futuro que estamos
construyendo, ¿qué nos hace pensar que estamos autorizados a seguir invocando
al Progreso como justificación de nuestros actos; sea lo que fuere que este
Progreso significa de todos modos?
Si no podemos imaginar
y diseñar un futuro posible, la triste verdad es que ya no tenemos futuro
porque estamos en las manos del azar. Deberíamos parar un momento y
preguntarnos: ¿Es serio todo esto? ¿Podemos enfrentar el actual milenio con
esta aplastante pobreza de ideas y con esta casi increíble esterilidad
creativa?
Un necesario alto en el camino
En la mitología
de Roma, Ianus era el guardián del portal de acceso a los cielos y el dios de
los comienzos y los desenlaces. Los artistas de la época lo representaban con
dos rostros: uno mirando hacia el pasado y el otro hacia el futuro. Se lo
invocaba al comienzo de cada año y así fue como su nombre dio origen al del
primer mes del calendario, Ianuarius, denominación de la cual se deriva nuestro
actual Enero.
Estamos no sólo
en un nuevo siglo sino, además, en un nuevo milenio. Quizás nos haría bien
inspirarnos un poco en el antiguo dios bifronte: mirar hacia el pasado para
aprender de nuestra experiencia y luego mirar hacia el futuro sabiendo que
puede ser mejor si dejamos de lado muchas de las tonterías que insistimos en
seguir cometiendo.
Todo lo que
propongo y pretendo es que nos detengamos un poco a reflexionar. A pensar en
serio y sin prejuicios sobre algunas cosas. En principio, deberíamos meditar en
profundidad tanto sobre los gastados clisés a los que con tan irracional pasión
nos aferramos, como sobre el camino que se abre ante nosotros para ser
transitado durante los próximos diez siglos. Porque sería hacer ficción pura
hablar del futuro sin haber entendido – o al menos tratado de entender – tanto
nuestra realidad actual como la verdadera realidad de nuestro pasado. Hablar de
lo que podemos hacer sin haber hecho el intento de comprender lo que somos y la
forma en que hemos llegado hasta aquí sería como saltar en paracaídas con una
venda en los ojos.
Por eso, la
propuesta es atrevernos a aceptar la realidad de nuestro presente; atrevernos a
tener otra vez un futuro y, de paso, tanto como para despejar el terreno,
quizás sería bueno poner bajo la lupa a buena parte de esos clisés que
heredamos y que estamos aceptando sin mayor análisis. Tenemos que aprender a
hacer dos cosas: a mirar los problemas de frente y a tirar lastre. Tenemos que
juntar el coraje intelectual de aceptar el desafío del actual milenio, que no
es sino el desafío que nos lanzan nuestras propias posibilidades. Posibilidades
que en gran medida nacen de la rica experiencia que el Homo Sapiens ha
adquirido a lo largo de su existencia.
Pero, para hacer
las cosas bien, muy posiblemente tengamos que tirar por la borda muchos
prejuicios. El Mundo no es como lo pintan los dogmas oficiales ni ha sido como
lo describen las Historias sectarias. Estamos mirando nuestro mundo a través de
una pequeña ventana, y tarde o temprano deberemos admitir que los cristales de
esa ventana distorsionan. Por eso, lo aconsejable sería abrirla de una vez por
todas. Tanto como para que entre un poco de aire fresco y también para ver con
mayor claridad.
Y si la ventana
resulta estar atascada, alguien, en algún momento, tendrá que decidirse a
romper el vidrio. Al fin y al cabo, el precio de un par de vidrios rotos es
poco comparado con el beneficio de recuperar un pasado real y volver a tener un
futuro posible.
.png)






.png)