|
E |
n los Alpes suizos, en el Sur y cerca de la frontera con Italia, arriba y muy cerca de las nubes, a casi 2.500 metros de altura, existe un refugio.
Está allí desde hace más de mil años. Ya estaba por la época
en que Roma conquistaba al mundo con sus legiones. Porque detrás del paso guerrero
de las águilas del Imperio, a pesar de los horrores del combate y la dureza de
las costumbres de aquellos tiempos, también marchó la Ley, el Orden y la Pax
Romana. Y ya en aquella época, los hombres que querían estar más cerca de
los dioses que los demás levantaron en esas alturas tan cercanas al cielo un
templo a Júpiter.
Desde entonces el lugar ha sido un lugar bueno consagrado a
un Dios bueno. Porque Júpiter, aún siendo el dios de un pueblo duro, guerrero y
combativo, fue también el dios de los
jueces justos y los hombres leales que ese mismo pueblo supo regalarle a la
humanidad. De hecho, los romanos piadosos a Júpiter también lo llamaban Iuppiter,
Iovis o Diespiter, nombres todos que – al igual que el Zeus de los antiguos
griegos – se relacionan con la idea de lo luminoso, lo brillante, lo resplandeciente.
Siempre se supo que Júpiter era un dios del cielo.
Justamente por eso, para construir templos en su honor se
buscaban los lugares más elevados. La cima del Monte Albano, al sur de la
ciudad de Roma, estaba consagrada a Jupiter Latiaris, la deidad de los
Hombres del Lacio, aquella confederación de 30 ciudades entre las que Roma
había comenzado su trayectoria como apenas una ciudad más entre todas las
otras. En Roma misma, la cumbre del Monte Capitolino estaba consagrada a él,
con su templo más antiguo y el símbolo del roble sagrado, o encina sagrada; también
presente en la tradición del Zeus de los griegos.
Por eso, también, uno de sus títulos más antiguos es “Lucetius”, que significa “el portador de la Luz” y en el lenguaje de los romanos giros tales como “sub Iove” – o “debajo de Júpiter” –significaban algo así como “a cielo abierto”. Por lo tanto, no es de extrañar que este dios bueno fuera también el custodio de muchas otras cosas buenas. En Roma se lo consideraba el guardián de la conciencia, de la fidelidad, del recto accionar y del sentido de las obligaciones. Fue el dios de la palabra empeñada, el dios en cuyo nombre se concertaban acuerdos, alianzas y tratados. Sus sacerdotes celebraban la más antigua y más sagrada forma de matrimonio: la confarreatio. La Eneida de Virgilio todavía nos sigue relatando a Júpiter como el buen dios protector que mantiene a los héroes en el sendero del cumplimiento del Deber para con Dios, la sociedad y la familia. Eso que los antiguos romanos llamaban “pietas” y que los herederos de esa misma tradición hoy llaman Piedad. No en vano de la palabra “Iovis” tenemos hoy la palabra “jovial”; y no en vano tampoco el antiguo Zeus griego devino con el tiempo en el Deus romano, de dónde hoy tenemos la palabra más sagrada de todas: Dios.
Así, tampoco resulta sorprendente que en las alturas de los Alpes, custodiando y protegiendo el camino obligado de los viajeros que cruzaban esas imponentes montañas por el paso que une lo que hoy es Italia y Suiza, los romanos piadosos llamasen Montis Jovis a una de las cumbres más altas de la región y construyesen allí un templo en honor a Júpiter.
Pero las cosas que
construyen los seres humanos a veces tienen destinos extraños. Nada de lo que
construimos con las manos es eterno, aún cuando durante muchos siglos – cuando
todavía no se habían inventado las cosas descartables – muchos grandes constructores
trataron de hacer obras con la mirada puesta en la Eternidad. Aún los
constructores de lo perdurable, de haber vivido lo suficiente, habrían llegado
a ver las ruinas que hoy desentierran los arqueólogos. Quizás porque lo que
construimos con las manos, por más perfecto y duradero que pretendamos hacerlo,
al final no es más que un recipiente. Algo que sirve para contener lo esencial;
algo así como una corteza o caparazón dentro de la cual podemos encerrar y custodiar
lo eterno. Al menos por un tiempo. Y pasado ese tiempo, la estructura exterior,
la caparazón, se cae; y sólo queda lo esencial – si es que había dentro de ella
algo realmente esencial que mereciera perdurar.
Los romanos pasaron. El Imperio que construyeron se fue desmoronando. En las nevadas cumbres de los Alpes, con el correr de los siglos, el templo del dios bueno construido para proteger a los viajeros también se fue derrumbando. Al final, sólo quedaron sus ruinas desafiando las tormentas de nieve, los aludes y las avalanchas; tan frecuentes por ese paso entre las montañas y probablemente uno de los motivos prácticos principales que también impulsaron la construcción del refugio-templo.
De algún modo, sin
embargo, el lugar siguió siendo sagrado. Bajo los reyes sucesores de Carlomagno
– ese gran soberano, coronado Emperador del Sacro Imperio Romano por el Papa
León III en la noche de Navidad del año 800 y a quien los franceses recuerdan
como Charlemagne y los alemanes como Karl der Grosse – unos monjes piadosos
mantuvieron el lugar. El Montis Jovis de los romanos de alguna forma se
afrancesó un poco, con lo que pasó a ser conocido entre los hombres como el
monasterio de Mont-Joux.
![]() |
| La Iglesia del monasterio |
Pero los años siguieron transcurriendo, no sin dejar su marca y su rastro en el viejo refugio. Hacia el sigo XI el lugar necesitaba, otra vez, una restauración. Y fue entonces cuando un sacerdote conocido como Bernardo, arcediano de la ciudad italiana de Aosta, decidió darle nueva vida al viejo refugio para proteger a los viajeros, brindarles alimento, alojamiento, y calor, con todo el cariño y la dedicación de que son capaces los buenos cristianos, pero también con toda la vocación de servicio de los continuadores de la Tradición de la Piedad heredada de los Muy Antiguos.
Porque desde Bernardo de Menthon (o de Aosta, como se prefiera llamarlo), el refugio no solamente brindó amparo y albergue a peregrinos y viajeros. Siguiendo la voluntad y la consigna de Bernardo, los monjes agustinos también oficiaron de guías y de activos participantes en operaciones de rescate. La zona de ese paso por los Alpes se halla cubierta de nieve y hielo durante nueve meses al año. Las tormentas son furiosas y frecuentes. Las avalanchas de nieve, un fenómeno casi habitual. Al principio, un monje descendía acompañando a los viajeros todos los días hasta Bourg Saint Peter y volvía hacia el atardecer con otro contingente mientras uno de sus compañeros hacía lo mismo en el lado italiano. Cuando los viajeros se perdían en la tormenta, con peligro de morir congelados, los monjes iban en su rescate.
Hay muchas historias al respecto. Historias que demuestran algo que varios pensadores y filósofos se han resistido tercamente a admitir: a los seres humanos no siempre nos guía el provecho propio. No siempre actuamos según nuestra mejor conveniencia. No todo lo que hacemos es el producto de un cálculo de costos y beneficios. Muchas veces, muchas personas son capaces de abrir las manos para dar. Sin pedir nada a cambio. El egoísmo y la codicia existen y pueden ser poderosas motivaciones para muchas cosas. Pero también existen la bondad, el cariño, la vocación de servicio, las ganas de hacer las cosas bien y de hacerlas por los demás. Para ayudar, para poner el hombro, para colaborar, para sostener, para proteger. Para cumplir con el mandato de la Piedad.
Bernardo de Menthon se reunió con su Padre Celestial, de quien tan cerca había estado en las altas
cumbres de los Alpes, en el mes de junio de 1081. Un siglo más tarde, el culto
a su memoria se había extendido por Suiza, Italia y Francia. En 1681 fue
santificado y desde entonces es el santo patrono de los habitantes de los
Alpes, los escaladores y los esquiadores. Hoy, el refugio subsiste y lleva su
nombre: es el Gran San Bernardo y puede ser visitado – y de hecho lo es – por
miles de turistas.
Pero la historia no
termina aquí. Por un lado, la congregación creada por San Bernardo se ha
diseminado por las montañas del mundo entero, estableciendo misiones en Asia Central,
en el Tibet, en Birmania y hasta en China. Por el otro lado, al menos desde
fines del Siglo XVII, los monjes comenzaron a usar perros. Desde 1750 en
adelante los fueron adiestrando especialmente para operaciones de rescate.
Conocidos al principio como “mastines alpinos”,
desde 1862 se los llama “sanbernardos” o “sanbernardinos” y existen
sinnúmero de leyendas y de pinturas que los retratan.
Son unos animales
estupendos. Enormes. Fuertes. Resistentes. Confiables. De carácter cariñoso y
amable, pero de corazón sólido y firme como una roca. De pelo blanco y grandes
manchas marrones. Hay muchos cuadros que los retratan con el tradicional
barrilito colgando del cuello en dónde llevan un poco de aguardiente para
calentar el espíritu de los expuestos a morir de frío. Hace unos 230 años
atrás, el escritor inglés Oliver Goldsmith ya los describía como “...
excepcionalmente inteligentes, de noble estirpe y sorprendentes... provistos de
una inteligencia fuera de lo común. Con un olfato fantásticamente agudo, son
capaces de descubrir a un hombre cubierto por 3 y hasta 6 metros de nieve.
Muchas veces han salvado la vida de pobres peregrinos”.
Y es cierto: registros de casi doscientos años de antigüedad nos cuentan que los monjes de San Bernardo y sus perros han rescatado a más de dos mil personas. ¿A cambio de qué? Mezquina pregunta. A cambio de nada. El hospicio de San Bernardo en los Alpes suizos existe hasta el día de hoy; pero no es un hotel de cinco estrellas. Es apenas un severo y sobrio edificio levantado como un monumento a la bondad de la que es capaz el ser humano aún en medio de un mundo que muchas veces parecería haberse vuelto completamente loco de codicia, egoísmo y ambiciones.
A pesar de que hoy
los peregrinos y caminantes han sido reemplazados por turistas que recorren el
milenario sendero del paso – ahora asfaltado – en veloces y brillantes
automóviles, la misión de los discípulos del Dios bueno no ha cambiado. Sigue
siendo la misma de siempre: servir. Hacer el bien. Ayudar. Dar una mano. Poner
el hombro. Salvar vidas. Y todo eso a cambio de nada materialmente relevante.
Todo eso sólo a cambio de una simple palabra de agradecimiento. A cambio de una
sonrisa, un abrazo y un emocionado “gracias”. A cambio de ese extraño calor que
sentimos en el pecho cuando sabemos que hemos hecho algo noble. Algo bueno.
Algo que valía la pena hacer.
Denes Martos
15
de Junio de 2003. – En el día de San Bernardo









No hay comentarios.:
Publicar un comentario